Hay acontecimientos que obligan a un gobierno a hablar en un idioma que nunca eligió. La clasificación de la Argentina a la final del Mundial colocó al oficialismo frente a una cultura nacional que desborda su vocabulario político, contradice algunos de sus alineamientos internacionales y le exige organizar una experiencia colectiva difícil de conciliar con la sensibilidad libertaria.
El problema comenzó antes del partido contra Inglaterra. Las autoridades de seguridad habían advertido que los hinchas argentinos no podrían ingresar al estadio con banderas, camisetas o mensajes vinculados con las Islas Malvinas. La intención era reducir la semifinal a un espectáculo deportivo y evitar cualquier roce político entre las parcialidades. El intento duró hasta el final del partido. Los propios jugadores desplegaron sobre el césped una bandera con la frase “Las Malvinas son argentinas” y la imagen recorrió el mundo.
Desde ese momento, el Gobierno quedó obligado a correr detrás de una discusión que había querido impedir. Inglaterra reclamó una investigación de la FIFA, los medios británicos convirtieron el gesto en una controversia diplomática y la Casa Blanca terminó defendiendo el derecho de los jugadores a expresarse en territorio estadounidense. La Cancillería difundió además una protesta por los movimientos de un buque militar británico en el Atlántico Sur. En pocas horas, el partido que debía mantenerse apartado de la política produjo una nueva discusión internacional sobre la soberanía argentina.
Javier Milei intentó ordenar el episodio con una fórmula sencilla: “Un partido de fútbol es un partido de fútbol”. Al mismo tiempo, reconoció que el reclamo por Malvinas forma parte del sentimiento de los argentinos y consideró legítima la expresión de los jugadores. La dificultad estaba contenida en sus propias declaraciones. El Presidente necesitaba separar dos asuntos que la sociedad acababa de reunir con una naturalidad contundente.
Argentina e Inglaterra activan una memoria histórica donde conviven Maradona, la guerra, los soldados, la ocupación británica y una rivalidad deportiva cargada de significados. Todo eso apareció sin que ningún partido político tuviera que organizarlo. La política surgió de la propia cultura nacional y expuso los límites de cualquier estrategia destinada a administrar los símbolos desde arriba.
La incomodidad alcanza directamente a la identidad libertaria. Milei construyó buena parte de su proyección internacional a través de su admiración por Estados Unidos, su vínculo personal con Donald Trump y sus elogios a Margaret Thatcher. El oficialismo buscó presentar ese alineamiento como el ingreso de la Argentina al mundo occidental, libre y capitalista. La semifinal devolvió una escena distinta: millones de argentinos celebrando una victoria contra Inglaterra, los jugadores levantando una bandera de Malvinas y el Gobierno obligado a reafirmar una causa nacional con foco en la resistencia contra el primer mundo que desdibuja el centro del relato internacional libertario.
El episodio también demuestra que la relación con Trump tendrá que ofrecer algo más que fotografías, discursos compartidos y afinidad ideológica. El respaldo de la Casa Blanca a la libertad de expresión de los jugadores le permitió a la administración argentina atravesar el primer momento de la controversia. El conflicto de fondo sigue abierto. Estados Unidos conserva una alianza estratégica con el Reino Unido y el gobierno de Milei sostiene que su cercanía con Washington puede producir avances diplomáticos para la Argentina. La cuestión Malvinas representa la prueba más exigente para esa promesa.
La final agregará otra imagen incómoda. Trump estará en el estadio junto con distintas autoridades internacionales, mientras Milei permanecerá en la residencia de Olivos alegando una cábala futbolística. El principal aliado internacional del Presidente presenciará el acontecimiento argentino más importante de los últimos años y el mandatario argentino lo verá por televisión. La decisión puede resultar comprensible dentro de los rituales del fútbol, aunque también revela la dificultad del Gobierno para ubicarse frente a una celebración que no controla. Mientras tanto el Chiqui Tapia suma reconocimiento y cámara.
El jueves, mientras todavía se discutía la bandera de Malvinas, el oficialismo sufrió otro tropiezo. El Senado debió postergar el tratamiento de la ley de inviolabilidad de la propiedad privada porque el Gobierno no consiguió los votos para flexibilizar los límites a la compra de tierras rurales por parte de extranjeros. Los aliados rechazaron el capítulo y la sesión terminó convertida en un nuevo enfrentamiento entre Patricia Bullrich y Victoria Villarruel.
La coincidencia tiene una potencia política evidente. Mientras la Selección proclamaba que las islas son argentinas, el Gobierno intentaba avanzar con una norma que reduce las restricciones sobre la propiedad extranjera del territorio. El oficialismo puede argumentar que la iniciativa busca atraer inversiones, defender la propiedad privada y aumentar la producción. La discusión activada por el Mundial recordó que para buena parte de la sociedad la tierra también forma parte de una idea común de soberanía.
El libertarismo organiza su pensamiento alrededor del individuo y de su propiedad. La experiencia mundialista introduce otros bienes: la camiseta, la bandera, el territorio, la memoria, las plazas y las calles. Ninguno pertenece enteramente a una persona. Su valor surge de que millones los reconocen como propios al mismo tiempo. La Selección representa una propiedad colectiva que no puede comprarse, venderse ni distribuirse mediante el mercado.
La final de este domingo ampliará esa tensión. Un triunfo argentino obligaría al Gobierno a organizar probablemente la mayor movilización popular de toda su gestión. Miles de personas saldrían espontáneamente de sus casas, ocuparían avenidas, plazas, monumentos y centros urbanos de todo el país. La celebración sería gratuita, desordenada, horizontal y multitudinaria. Tendría poco que ver con el orden productivo, el cálculo económico y la conducta individual que promueve el discurso oficial.
La gratuidad resulta central. La fiesta de la Selección sucede en un espacio compartido, sin entradas, sin derecho de admisión y sin una empresa capaz de decidir quién participa. Durante algunas horas, las calles se convierten en un lugar de encuentro entre personas que probablemente tengan posiciones políticas, ingresos y formas de vida completamente diferentes. La comunidad aparece antes que el mercado.
Esa misma fiesta necesita al Estado. Alguien tendrá que cerrar las calles, organizar el tránsito, reforzar hospitales, garantizar el transporte, cuidar a la multitud y establecer un recorrido para los jugadores. La Casa Rosada espera conocer qué decidirá la AFA, mientras la Ciudad prepara un operativo con alrededor de mil policías en el Obelisco. También se analiza el regreso del plantel, un posible paso por Balcarce 50 y las condiciones laborales del día siguiente.
Cada alternativa contiene un problema político. Declarar un feriado implicaría reconocer que una celebración colectiva puede interrumpir la productividad. Mantener una jornada normal podría colocar al Gobierno lejos del clima social. Recibir a la Selección en la Casa Rosada acercaría al oficialismo a una tradición histórica de balcones y multitudes. Evitar la recepción dejaría al principal edificio público del país fuera de la fiesta nacional.
La seguridad plantea el desafío más delicado. Los festejos posteriores al partido contra Inglaterra terminaron con incidentes, detenidos, heridos y escenas de represión en distintas ciudades. El operativo para la final será considerablemente mayor. El Gobierno deberá demostrar que puede garantizar el orden sin convertir a la multitud en un enemigo y sin trasladar mecánicamente a una celebración deportiva la lógica utilizada frente a las protestas sociales.
La relación del oficialismo con la calle estuvo marcada por el vallado, la prevención y la sospecha. Un triunfo argentino produciría una ocupación masiva del espacio público legitimada por casi toda la sociedad. Los mismos cuerpos que habitualmente son observados como una amenaza al orden aparecerían abrazados, cantando y celebrando. Reprimir esa fiesta tendría un costo inmenso. Permitirla y cuidarla requerirá aceptar que la calle también puede ser un lugar de pertenencia colectiva.
Milei afirmó que ningún dirigente debería apropiarse de un eventual campeonato y ofreció la Casa Rosada sin funcionarios. El gesto busca evitar una utilización partidaria del equipo y contiene una lectura política acertada: la Selección construyó su vínculo con la sociedad por fuera del Gobierno. Pero la abstención completa también resulta imposible. Administrar el espacio público, disponer recursos, garantizar la seguridad y decidir qué hacer con la sede presidencial son decisiones políticas.
La Argentina llega a la final estimulando una parte de su cultura que el libertarismo nunca terminó de comprender. Es una cultura hecha de amistad, picardía, memoria, símbolos comunes y una confianza persistente en la producción colectiva. Inglaterra apareció como la potencia que reclama orden y reglamentos mientras conserva un territorio argentino. La Selección respondió con la osadía necesaria para ganar un partido que parecía perdido y con una bandera que ningún funcionario se había animado a levantar.
Este domingo el Gobierno deberá convivir con una Argentina que no se reúne para comprar, trabajar o competir individualmente. Se reúne por una camiseta, ocupa gratuitamente las calles y vuelve a reconocerse como nación. Para un oficialismo que lleva años intentando reemplazar la comunidad por el mercado, pocas escenas podrían resultar más incómodas.