Hace 74 años, en las aguas frías de Helsinki, dos argentinos hicieron historia. Los remeros Tranquilo Cappozzo y Eduardo Guerrero, con un bote que había llegado dañado y con más fe que certezas, llegaron a la final olímpica de doble par sin timonel, un hecho sin precedentes para el deporte nacional.
Cappozzo, nacido en Estados Unidos y criado en Tigre, era un hombre curtido por la experiencia de las Olimpiadas de Londres 1948. Guerrero, joven de la localidad de Salto, tenía la frescura de haber sido campeón argentino en 1950 y la ambición intacta. El destino quiso que se conocieran en un Sudamericano y descubrieran que juntos podían remar más fuerte que como singlistas.
El viaje a Finlandia fue una prueba de resistencia antes de la competencia. El bote se rompió en el traslado, la salud se resintió en el vuelo, y hasta la delegación soviética les tendió una mano para reparar la embarcación: un carpintero arregló las roturas, lo lijó y se los dejó listo para la competencia, sin saber que ellos serían los rivales más duros en la final.
La carrera decisiva se corrió en el fiordo de Meilahti. Con un tiempo de 7m32s2/10, los argentinos dejaron atrás a la URSS, Francia, Checoslovaquia y Uruguay. La bandera celeste y blanca flameó en lo más alto en el remo olímpico y la dupla se trajo a casa la primera medalla de oro en este deporte.
El regreso al país fue una fiesta popular. Juan Domingo Perón y Eva Duarte los recibieron en la Casa Rosada, pero más allá de la política, la gente los abrazó como héroes que habían demostrado que con coraje se podía desafiar a las potencias.
La historia posterior no fue sencilla. Tras el golpe de 1955, quedaron marginados y no pudieron competir en Melbourne 1956. La gloria olímpica fue también el inicio de un camino lleno de obstáculos, donde la política se cruzó con el deporte sin premiar con presupuesto el esfuerzo deportivo.
A pesar de las fotos oficiales y el orgullo gubernamental, la recepción no se tradujo en un apoyo económico o estructural a largo plazo. Décadas más tarde, Eduardo Guerrero recordó con amargura aquel episodio en una entrevista con el diario Clarín: "Después del recibimiento de Perón y Evita, no pasó nada... A nosotros ni la hora, ni siquiera nos convocaron para entrenar a los equipos de remo".

Más de cinco décadas después de esa proeza, la Argentina volvió a saborear un oro olímpico en deportes de conjunto en los históricos Juegos de Atenas 2004, donde primero el fútbol comandado por Carlos Tevez y luego el básquet liderado por Manu Ginóbili repitieron la hazaña de subirse al podio más alto. Aquellas gestas, tan celebradas, tienen un antecedente lejano en Cappozzo y Guerrero, que demostraron que el país podía ganar en disciplinas donde la tradición no era tan fuerte.
La memoria colectiva suele ser selectiva, pero cada aniversario es una oportunidad para rescatar historias que marcaron un camino. Hoy, el deporte colectivo es una marca registrada de la Argentina en cada disciplina: fútbol, básquet, remo, polo, rugby y hasta el tenis cuando se juega en la Copa Davis, demuestran que el argentino unido es invencible.
Tanto Tranquilo Cappozzo como Eduardo Guerrero fueron distinguidos con el Diploma al Mérito en la disciplina de Remo, situándose oficialmente entre los mejores exponentes de la historia de ese deporte en el país.
Compartieron esa prestigiosa nómina de premiados de 1980 junto a otras leyendas del remo nacional como Alberto Demiddi (campeón mundial en 1970 y doble medallista olímpico), Ricardo Ibarra y Antonio Giorgio, quienes se consolidaron a lo largo de la historia entre los remeros más importantes que tuvo la República Argentina.

En esta efeméride, el legado de Cappozzo y Guerrero sigue vivo. Su triunfo no fue solo una medalla: fue la prueba de que la pasión y la perseverancia pueden torcer la historia. Hoy, cada vez que se recuerda Helsinki, se recuerda también la fuerza de dos hombres que remaron contra todo.