La oposición salvadoreña comenzó su carrera hacia las elecciones de febrero de 2027 con dos candidaturas que difícilmente pueden presentarse como una renovación. ARENA eligió a la exdiputada Mayteé Iraheta, mientras el FMLN postuló al médico y dirigente sindical Rafael Aguirre para enfrentar al presidente Nayib Bukele.
La designación de nuevos nombres no resuelve el principal problema de ambas organizaciones: su pérdida de representación política. ARENA, que gobernó El Salvador entre 1989 y 2009, conserva apenas dos diputados. El FMLN, que controló la Presidencia entre 2009 y 2019, quedó directamente fuera de la Asamblea Legislativa después de las elecciones de 2024.
Iraheta tiene experiencia legislativa y encabeza la primera fórmula presidencial de ARENA integrada completamente por mujeres. Aguirre, por su parte, intenta trasladar su trayectoria sindical y médica al escenario nacional. Sin embargo, las credenciales individuales no compensan el deterioro territorial, parlamentario y electoral de los partidos que representan.
Bukele llega desde una posición radicalmente diferente. Nuevas Ideas lo ratificó junto con el vicepresidente Félix Ulloa, después de haber conseguido una victoria aplastante en 2024. Su respaldo continúa vinculado principalmente con la reducción de la violencia y con una política de seguridad que alteró la vida cotidiana de un país anteriormente sometido al control territorial de las pandillas.

La reforma constitucional de julio de 2025 eliminó la segunda vuelta, amplió el mandato presidencial a seis años y habilitó la reelección indefinida. Con el nuevo sistema, gana directamente el candidato que obtenga más votos, sin necesidad de superar el 50 %. En ese escenario, presentar candidaturas separadas divide todavía más el voto contrario al oficialismo y reduce las posibilidades de una competencia real.

ARENA y el FMLN llegan así a 2027 como representantes de un sistema partidario que los salvadoreños ya castigaron en las urnas. Mientras Bukele ofrece continuidad en seguridad y capacidad de ejecución, sus adversarios aparecen encerrados en organizaciones debilitadas, sin representación suficiente y sin una estrategia común. La oposición no inicia la campaña como una alternativa de poder, sino como la expresión de dos estructuras que todavía no encuentran cómo recuperarse de su derrota histórica.