El silencio también puede contar una historia. En Nir Oz, uno de los kibutz más golpeados por el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, ya no se escuchan los disparos ni las explosiones que marcaron aquella mañana. Sin embargo, las casas incendiadas, los refugios perforados por las balas y las fotografías de quienes fueron asesinados o secuestrados siguen convirtiendo cada rincón en un recordatorio permanente de lo ocurrido.
Apenas 1,6 kilómetros separan este lugar de la Franja de Gaza.
Allí, frente al mismo acceso por el que ingresaron los atacantes, Roni Kaplan, vocero en español de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y oficial de la reserva, reconstruyó en una cobertura especial en Israel para NewsDigitales cómo vivió el inicio de una guerra que transformó la realidad israelí y volvió a colocar a Medio Oriente en el centro de la agenda mundial.
Durante varios minutos habla de mapas, distancias, posiciones militares y cronologías.
Hasta que hace una pausa.
Mira hacia el comedor comunitario del kibutz y recuerda una imagen que, asegura, nunca pudo olvidar.
“Yo personalmente conté 47 cuerpos.”

Kaplan explica que la mañana del 7 de octubre había 386 personas dentro de Nir Oz. Vivían allí familias israelíes, trabajadores extranjeros -principalmente provenientes de Tailandia y Nepal- y visitantes que habían llegado para compartir las festividades judías.
Según su reconstrucción, el ataque comenzó a las 6.29, cuando miles de cohetes fueron lanzados desde Gaza mientras grupos armados de Hamás atravesaban distintos sectores de la frontera.
En pocos minutos ingresaron al kibutz por varios puntos utilizando camionetas, motocicletas y caminos rurales.
Con el correr de las horas, afirma, más de 500 atacantes llegaron a moverse dentro de la comunidad.
El resultado fue devastador.
117 personas fueron asesinadas o secuestradas, entre ellas niños, adultos mayores y familias completas.
“Conté 47 cuerpos ese mismo día”, repite mientras señala el edificio donde muchas de las víctimas fueron encontradas.
Hoy, recorrer Nir Oz es caminar entre viviendas destruidas, autos calcinados y carteles con los rostros de quienes todavía forman parte de la memoria de la comunidad.

El ataque también cambió su propia vida.
Kaplan cuenta que, aunque desarrolla una actividad civil, volvió a incorporarse a las Fuerzas de Defensa de Israel como parte del sistema de reserva inmediatamente después del 7 de octubre.
Desde entonces, asegura haber cumplido más de 600 días de servicio.
“En Israel convivimos con dos vidas: la civil y la militar”, explica.
Ese modelo, vigente desde la creación del Estado en 1948, permite que miles de ciudadanos regresen al Ejército cuando el país enfrenta una situación de emergencia.
Mientras avanza el recorrido, Kaplan intenta responder una pregunta que todavía divide a la sociedad israelí.
¿Cómo pudo ocurrir un ataque de semejante magnitud? Desde su mirada, hubo tres factores principales.
El primero fue la profunda crisis política interna que atravesaba Israel, marcada por años de elecciones consecutivas y el enfrentamiento alrededor de la reforma judicial. El segundo, el proceso de acercamiento diplomático entre Israel y varios países árabes, especialmente Arabia Saudita.
Kaplan sostiene que Hamás e Irán interpretaron esa posible normalización como una amenaza estratégica y aceleraron sus planes.
El tercer elemento, asegura, fue un error de evaluación.
Durante años predominó la idea de que Hamás estaba contenido gracias a la apertura de cruces fronterizos, el ingreso de ayuda y mercaderías, y los permisos laborales para miles de habitantes de Gaza.
El ataque del 7 de octubre, sostiene, destruyó esa hipótesis.
Meses después, las propias investigaciones internas de las Fuerzas de Defensa de Israel reconocieron fallas importantes en los sistemas de inteligencia, preparación y respuesta durante las primeras horas del ataque.

Kaplan también defendió la actuación militar israelí en Gaza. Explicó que las operaciones de las Fuerzas de Defensa de Israel se apoyan en tres principios: necesidad militar, distinción entre civiles y combatientes, y proporcionalidad.
Según su explicación, Hamás utilizó durante años infraestructura civil para almacenar armas, ocultar combatientes y dirigir operaciones, lo que, desde la posición israelí, modificó la condición de algunos objetivos militares.
Las afirmaciones de Kaplan reflejan la posición oficial del Estado de Israel. Al mismo tiempo, organismos internacionales, agencias de Naciones Unidas y organizaciones de derechos humanos mantienen fuertes cuestionamientos sobre el impacto humanitario de la ofensiva en Gaza y continúan investigando posibles violaciones al derecho internacional.
El propio Kaplan reconoce el costo humano del conflicto. “Hay muchos civiles muertos en Gaza y es una tragedia”, afirma.

Desde el último punto del recorrido, Gaza parece estar al alcance de la vista. Solo una cerca separa ambos territorios.
Kaplan señala distintos sectores de la frontera mientras explica que, a su entender, la guerra todavía no terminó y que Hamás mantiene capacidad para continuar atacando a Israel si logra rearmarse.
El paisaje, sin embargo, transmite algo distinto. Las casas destruidas conviven con trabajos de reconstrucción. Los campos volvieron a sembrarse. Los memoriales recuerdan a quienes fueron asesinados o secuestrados. Y las familias que regresaron intentan recuperar una vida que cambió para siempre aquella mañana.

Antes de despedirse, Kaplan vuelve sobre la frase que resume toda la recorrida. No habla de estrategias ni de operaciones militares. Habla de un recuerdo. “Yo personalmente conté 47 cuerpos.”
En Nir Oz, a pocos metros de Gaza, esa imagen sigue siendo la forma más contundente de explicar por qué el 7 de octubre de 2023 continúa marcando la historia reciente de Israel y el desarrollo de un conflicto cuyo desenlace aún permanece abierto.