El Ministerio de Seguridad aprobó un nuevo protocolo destinado a evaluar el bienestar de los canes pertenecientes a las fuerzas policiales y de seguridad federales de todo el país.
La medida, establecida mediante la Resolución 709/2026, busca transformar en indicadores concretos cuestiones como la alimentación, las condiciones de los caniles, la atención veterinaria, la salud física, el comportamiento y hasta el estado emocional de los animales antes y después de cumplir tareas operativas.
La resolución fue firmada por la ministra de Seguridad Nacional, Alejandra Monteoliva, y establece que el protocolo será de aplicación en todo el territorio argentino. El documento incorpora un sistema de relevamiento que contempla tanto a los perros alojados de manera permanente en unidades cinotécnicas como a aquellos desplegados temporalmente para operativos o servicios especiales.
La propuesta no se limita a revisar si los animales tienen comida, agua o un lugar donde dormir. El esquema busca medir científicamente distintas dimensiones del bienestar y comparar, incluso, cómo se encuentra un perro antes de realizar una tarea de apoyo profesional y cómo queda después de terminarla.

El documento toma como eje diferentes principios de bienestar animal y los traduce en indicadores que pueden ser observados y registrados.
Entre ellos aparecen la alimentación, el alojamiento, la salud y el comportamiento apropiado. A partir de estos criterios, el relevamiento intenta determinar si los animales tienen condiciones adecuadas tanto desde el punto de vista físico como emocional.
El protocolo prevé evaluaciones a nivel de la sección, del canil, de cada individuo y, en particular, frente al servicio operativo.
Esto significa que no se observará únicamente al perro aislado de su contexto. También se analizará el lugar donde vive, los recursos disponibles y las condiciones generales de la unidad cinotécnica.
Uno de los primeros controles se concentra en algo tan básico como la alimentación.
A nivel de cada canil, los evaluadores deberán verificar si existe un comedero apto y limpio, si el animal cuenta con agua limpia y fresca y si dispone de un bebedero adecuado y limpio.
También se mide el espacio disponible. El protocolo establece que deberán registrarse las dimensiones del recinto, la cantidad de animales alojados y su peso, además de verificar si existen sectores diferenciados para descanso y recreación. El objetivo es determinar si el espacio resulta suficiente para los perros que lo ocupan.
La cuestión climática también entra en la evaluación. El canil debe permitir que el animal se proteja del sol, el viento, la lluvia y otras inclemencias. A su vez, se registra si el perro puede elegir entre ubicarse al sol o a la sombra para regular su confort térmico.
El protocolo propone un seguimiento bastante amplio de la salud.
A nivel de la sección se deberá verificar si existe un plan sanitario completo, si fue cumplido durante el último año, la disponibilidad de insumos veterinarios, la existencia de un área específica de atención y si la unidad cuenta con un profesional veterinario propio.
También se deberán registrar antecedentes de enfermedades infectocontagiosas y eventuales factores de riesgo sanitario, incluyendo problemas vinculados con falta de insumos, personal, deficiencias edilicias, contaminación, plagas u otros factores ambientales.
Incluso se incorpora un indicador de mortalidad: se deberá calcular el porcentaje de decesos de cachorros y adultos provocados por enfermedad o lesión durante el último año.
Cuando el análisis baja del nivel general al animal individual, aparecen controles mucho más específicos.
El evaluador deberá determinar la condición corporal del perro y clasificarla como “delgado”, “adecuado” o “sobrepeso”. También se comprobará si está limpio y seco y se observará su piel para detectar heridas, alopecia, lamido o ectoparásitos.
La movilidad también tiene una escala concreta. Un perro sin claudicación recibe una valoración; otro que presenta una cojera pero puede caminar recibe otra; y se distingue el caso de una claudicación severa que lo deja parcial o totalmente incapacitado. Además, se registra expresamente si existen signos de dolor.
OPERATIVO "SE LES ACABÓ LA JODA"
— Ministerio de Seguridad Nacional (@MinSeguridad_Ar) July 24, 2026
Antes de llegar a la fiesta, llegamos nosotros.
A través de una investigación del DFI de la PFA, desarticulamos tres puntos de venta de drogas sintéticas en Rosario. Secuestramos MDMA, metanfetamina, tussi y detuvimos a dos narcos.
En esta… pic.twitter.com/n7FNS34oCU
Uno de los aspectos más particulares del protocolo es que el bienestar no queda reducido a cuestiones veterinarias.
Los evaluadores deberán observar el estado emocional del animal y registrar señales asociadas al miedo, la estabilidad o determinadas conductas anormales. El documento aclara que el objetivo no es simplemente determinar si el perro es sociable, sino establecer cuál es su estado emocional en el momento de la evaluación.
Para realizar esa observación, el evaluador puede ubicarse a unos dos metros del canil y observar al animal sin influir deliberadamente sobre su comportamiento.
El protocolo también contempla que algunas conductas puedan desaparecer ante la presencia de una persona extraña. En esos casos, se prevé recurrir al personal de la sección que esté capacitado para identificar esas manifestaciones.

El comportamiento social recibe un capítulo propio. El vínculo con el guía o entrenador es uno de los indicadores. También se analiza la reacción frente a personas desconocidas y frente a otros perros.
En el caso del contacto con humanos desconocidos, la escala contempla desde un animal relajado y estable hasta comportamientos asociados al miedo o a la agresión defensiva u ofensiva.
El protocolo establece, además, una advertencia concreta: ante el menor signo de amenaza, miedo o agresividad que genere dudas sobre la estabilidad del animal, la identificación mediante microchip deberá ser realizada por personal de la propia sección. La prioridad, indica el documento, es la seguridad del evaluador.
La reacción frente a otros canes se analiza colocando a otro ejemplar a una distancia de entre tres y cinco metros, conducido por una persona idónea.
El bienestar también incluye cuánto y cómo se utiliza a los perros. El relevamiento contempla la cantidad de días por semana en que cada can realiza actividades recreativas, entrenamiento y tareas operativas de apoyo profesional.
También se registra si existen actividades compartidas entre animales, con el objetivo de conocer las posibilidades que tienen de expresar comportamientos propios de la especie y de socializar con otros ejemplares.
El protocolo incluso releva cuántos operadores o adiestradores conducen a cada perro y si alguno de los animales se aloja en la vivienda de su operador.
Una de las novedades más relevantes del esquema es la evaluación “frente al servicio”.
La lógica es sencilla: medir al perro antes de que realice una tarea y volver a evaluarlo una vez finalizada.
Antes del servicio se analizan aspectos como el estado físico y el vínculo con el humano. Tanto antes como después se controlan cuestiones como la higiene, las lesiones, la piel, posibles signos de dolor y el estado emocional.
El objetivo es poder determinar si una determinada actividad de apoyo profesional tuvo impacto sobre el bienestar físico o emocional del animal.
Una vez concluido el servicio, se vuelven a tomar los mismos indicadores. De esa comparación deberían surgir datos sobre el efecto que tuvo la tarea realizada.