Gabriel Bovi abrió su librería en 1992, cuando Internet todavía no formaba parte de la vida cotidiana y comprar un libro implicaba, en muchos casos, entrar a un local, conversar con un librero y dejarse orientar.
Treinta y cuatro años después, continúa detrás del mostrador, atravesando transformaciones tecnológicas, crisis económicas y cambios en los hábitos de consumo.
Su historia personal se cruza ahora con una discusión que volvió a instalarse en la Argentina: el intento del Gobierno de modificar o derogar la Ley 25.542, conocida como Ley de Defensa de la Actividad Librera o de Precio Único del Libro.
En diálogo con NewsDigitales, Gabriel subraya que la norma es una herramienta que permite sostener una red de librerías independientes y preservar la diversidad de títulos disponibles.
Para el Gobierno, en cambio, la regulación limita la competencia y dificulta que los consumidores accedan a libros más baratos.
En esa diferencia aparece uno de los debates centrales: si el precio único protege al ecosistema cultural o si termina encareciendo los libros.

La historia de Gabriel con los libros comenzó mucho antes de abrir su propio comercio. “Siempre fui lector, por ende los libros eran habituales en casa”, cuenta.
En 1992 decidió transformar esa relación con la lectura en un trabajo. La oportunidad surgió a partir de su amistad con Ariel, hijo del dueño de las librerías El Aleph. Durante los primeros once años, ambos fueron socios.
La librería se llama "Ficciones, casa de libros". Está en Wilde, Avellaneda. Desde entonces, atravesó casi todos los escenarios económicos y políticos de la Argentina reciente. “En casi 34 años hemos pasado de todo”, resume.
Pero cuando habla de lo que más valora de su recorrido, no menciona solamente la supervivencia de un negocio. Habla del vínculo construido con los lectores: “Lo que más se rescata es el trato con los clientes. Saberte el librero de la zona te llena de orgullo”.
Hay una escena que para él resume ese recorrido: chicos que años atrás entraban a buscar libros para colorear y que hoy regresan como adultos para comprar libros destinados a sus propios hijos. Es una cadena que, para Gabriel, explica por qué una librería es algo más que un comercio.

El negocio cambió, al igual que la forma de leer y comprar. El crecimiento del mundo virtual modificó los hábitos de consumo y puso a las librerías frente a competidores que no necesitan una vidriera ni un local a la calle.
Sin embargo, sostiene que el libro como objeto mantiene una fortaleza particular: “El libro como objeto es difícil de reemplazar, por eso se sostiene a pesar del crecimiento del mundo virtual”.
La preocupación aparece, en cambio, cuando observa el vínculo de los chicos con la lectura. Desde su experiencia cotidiana, detecta una menor llegada de libros a los más pequeños y dificultades que exceden la capacidad de comprensión de un texto: “Formar un niño lector es un trabajo que pocos padres están dispuestos a hacer”.
“Con el paso del tiempo vemos que muchos pibes no solo no tienen interpretación de lo que leen, sino que no llegan a comprender el significado de alguna conversación trivial en el local”, agrega.
Por eso, considera que existe una necesidad propia de la época: “Creemos firmemente que es un imperativo de la época apartar a los chicos de las pantallas, por todas las cosas malas que sabemos que les ocurren y para evitar aquellas que aún no imaginamos”.

La Ley 25.542 establece un sistema de precio único para los libros. Su lógica es sencilla: el editor o importador fija el precio de venta al público y ese valor debe ser respetado en los distintos comercios del país.
Así, un mismo título debería venderse al mismo precio en una librería independiente, una cadena o cualquier otro comercio habilitado.
La norma busca evitar que los grandes jugadores del mercado utilicen su volumen de ventas y su capacidad de negociación para ofrecer determinados libros a precios muy inferiores y atraer consumidores, generando una ventaja difícil de igualar para las librerías pequeñas.
Para Gabriel, esa diferencia es decisiva: “El precio único, para nosotros PVP (precio de venta al público), lo fija la editorial que saca el libro. La utilidad que recibe la librería es el descuento con el que compra. Normalmente es de un 35/40%”.
En ese sentido, interpreta el intento de derogación como parte de un proceso de concentración comercial: “Para nosotros el impulso de la derogación de la Ley del Libro tiene un sponsor, como la mayoría de las iniciativas de este gobierno. Muy pocos beneficiarios hay con la mencionada derogación. Básicamente las plataformas y, especialmente Mercado Libre”.
Su temor es que una desregulación permita que los grandes actores utilicen los títulos más vendidos como una herramienta para atraer compradores, incluso resignando margen de ganancia.
“Todos vendemos los libros de Gabriel Rolón al mismo precio. Pero si una cadena, Mercado Libre o algún supermercado lo vende por debajo del costo, a ellos no les significa nada, porque les sirve de publicidad, en cambio para las librerías independientes significa, en muchos casos, hacer caja”, ejemplifica.
Por otro lado, señala el caso de Inglaterra a fines de los años 90, cuando la expansión de Amazon modificó el mercado. Según su relato, con el tiempo cerraron más de mil librerías y el precio del libro no bajó, sino que el mercado terminó concentrándose en menos manos.

La mirada oficial parte de una premisa diferente. Federico Sturzenegger defendió la derogación desde la perspectiva de la libertad de precios y del beneficio directo para los consumidores. Su interpretación es que la normativa impide que los comercios realicen descuentos sobre los libros.
“La ley que proponemos derogar solo prohíbe que se ofrezcan descuentos sobre los libros”, planteó. En esa misma línea, cuestionó que una norma pueda impedir que un libro sea vendido más barato: “Me pregunto en qué planeta, de qué universo, podría uno oponerse a que los libros lleguen más baratos a los consumidores”.
El funcionario de Javier Milei también planteó que no resulta coherente hablar de defensa de la cultura cuando una regulación, según su interpretación, termina encareciendo el acceso a los libros: “Me pregunto cómo puede ser que alguien piense que se defiende la cultura con libros inaccesibles”.
Una vez más me encuentro en las antípodas del pensamiento de @luisnovaresio que habla de crueldad por querer derogar la Ley 25.542. Me pregunto si Luis habrá leído lo que dice la ley. Me imagino que no, porque la ley que proponemos derogar solo prohíbe que se ofrezcan descuentos… https://t.co/VlIHBgc8ae
— Fede Sturzenegger (@fedesturze) July 25, 2026
Gabriel rechaza la idea de que un precio uniforme necesariamente perjudique a los lectores.
Su argumento es que los grandes espacios comerciales y las plataformas tienden a concentrarse en los títulos de mayor demanda. Las librerías independientes, en cambio, pueden cumplir una función de selección y recomendación que amplía la oferta disponible.
“Las librerías independientes, con sus saberes, con las curadurías sobre los catálogos, ayudan a la bibliodiversidad”, sostiene.
“Así podemos encontrar en nuestros locales, libros para todos los gustos, de todas las índoles y de una gran cantidad de autores que merecen ser conocidos”, explica.
Y define su tarea de una manera que excede la venta: “Somos el vínculo entre los nuevos autores y los lectores que quieren leer cosas nuevas”.
El debate sobre la ley llega, además, en un momento particularmente delicado para las librerías independientes.
Gabriel asegura que las ventas vienen cayendo desde hace varios años y que el retroceso interanual se ubica actualmente entre el 10% y el 15%.
La relación con la situación económica, sostiene, es directa: “Cuando el mercado interno anda bien, tenemos ventas sostenidas”.
“En estos días, vendemos hasta el día veinte, aproximadamente, y después tenemos que aguantar”, cuenta, y reconoce: “Fijate que nosotros vendemos algo que está en los últimos lugares de las listas de prioridades”.
Y completa: “Las arterias comerciales están en crisis, y lograr que el público siga eligiendo asistir personalmente a la librería es un trabajo casi artesanal. Ese es el diferencial que tiene el librero, que choca de bruces con la nueva normativa que quieren aplicar”.