por Eduardo Sánchez
Kristalina Georgieva llegó al país en su primera visita oficial como directora gerente del Fondo Monetario Internacional.
Más allá de haber dado un respaldo explícito al programa económico que lleva adelante el Gobierno argentino, su visita permitió ver cuáles son las variables que el Fondo mira a la hora de evaluar el éxito del programa.
Pero la pregunta es otra: ¿esos indicadores alcanzan para explicar la realidad cotidiana de los argentinos?

Para el FMI, la Argentina debe cumplir diferentes metas: la evolución de la inflación, el equilibrio fiscal, la acumulación de reservas y la capacidad de pago de la deuda externa. Pero una familia evalúa su economía por cuánto le rinde el salario, qué puede comprar en el supermercado y si necesita o no endeudarse para cubrir sus gastos mensuales.
Cuando bajamos las variables macroeconómicas a la vida cotidiana, la foto es diferente de la que describen tanto el Gobierno como el FMI.
Mientras ambos elogian algunos indicadores macroeconómicos, la recuperación económica está lejos de consolidarse en la mayoría de los hogares.
La economía puede mirarse desde una planilla de Excel o desde el changuito del supermercado. El problema aparece cuando ambas cuentan historias diferentes.
Para hacer una comparación homogénea, observamos qué pasó con las ventas de los primeros cinco meses de cada año desde 2017. Los datos de 2026 muestran el nivel más bajo de toda la serie. Esto significa que, pese a la desaceleración de la inflación, el consumo de los hogares todavía no logra recuperarse.

Esa situación también puede observarse al desagregar el comportamiento del consumo. La verdulería y frutería, las carnes y los productos de panadería se encuentran entre los rubros que más cayeron en ventas entre abril y mayo.
El índice interanual refleja una baja del 6,2%. Es decir, ni siquiera la mejora mensual del 3,8% alcanzó para revertir la tendencia de caída que muestran las cadenas de supermercados.

La caída de las ventas impacta de lleno en la mesa de los argentinos. Detrás de cada punto que cae el consumo hay mucho más que una estadística: hay decisiones de compra que se postergan, alimentos que se reemplazan por otros más baratos o gastos que directamente dejan de hacerse. Y eso no es un dato menor.
En este contexto, vale preguntarse qué explica esta caída del consumo. La respuesta aparece todos los meses, cuando llega el momento de cobrar el sueldo.
El poder adquisitivo de los salarios registrados cayó 8,7% en términos reales desde noviembre de 2023.

La situación cambia cuando se observa únicamente a los trabajadores registrados del sector privado, cuyos salarios se ubican en mayo 3,6% por debajo de noviembre de 2023. En el sector público, en cambio, la pérdida alcanza casi el 18%.
La caída del poder adquisitivo tiene además otra consecuencia: el aumento de la morosidad de las familias. Luego de 19 meses consecutivos de incrementos, el indicador pasó del 2,5% al 12,3%.
Los últimos datos del Banco Central muestran que el 73% del saldo irregular corresponde a tarjetas de crédito y préstamos personales. Si además se incorporan las deudas tomadas a través de billeteras virtuales, la morosidad asciende al 15,5%.
En otras palabras, cada vez más hogares tienen dificultades para sostener sus gastos cotidianos y, al mismo tiempo, encuentran más problemas para cumplir con las obligaciones que ya habían asumido.

La visita de Kristalina Georgieva deja una discusión que va mucho más allá del respaldo al programa económico o del cumplimiento de metas fiscales y monetarias.
Obliga a preguntarnos cuáles son los indicadores que realmente sirven para evaluar el éxito de una política económica. Mientras el Fondo observa la inflación, las reservas, el equilibrio fiscal y la capacidad de pago, millones de argentinos siguen midiendo la economía de otra manera: por cuánto les rinde el salario, qué pueden consumir y cuánto les cuesta llegar a fin de mes.
Eduardo Sánchez, Analista económico del CEPA