04/08/2026 - Edición Nº1274

Política

De José C. Paz a CABA

Gana $460.000 como cartonera, sufrió insultos y lloró por una niña: "Ahora cuesta"

04/08/2026 | Karen tiene 27 años y toda su familia se dedica al mundo de los cartones. Siente orgullo por su laburo pero reconoce dos sueños en mente.



A las seis de la mañana, cuando buena parte de la ciudad todavía duerme, Karen ya está en movimiento. Tiene 27 años, vive en José C. Paz y todos los días emprende un largo viaje para llegar hasta la zona de Chacarita, donde trabaja como cartonera.

El recorrido comienza temprano, porque a las 8 tiene que estar lista para iniciar una jornada que no tiene un horario preciso de finalización, cuenta a NewsDigitales.

Hace tres años y medio que se dedica al reciclado urbano. La historia, sin embargo, empezó mucho antes. Sus padres y buena parte de su familia trabajan como cartoneros desde hace casi dos décadas.

Para ella, entonces, no se trata solamente de un empleo: es una actividad que conoce desde chica y que hoy representa una parte fundamental de la economía de su hogar.

Karen forma parte del MTE Amanecer de los Cartoneros, una organización que nuclea a miles de trabajadores del reciclado urbano y que sostiene distintas rutas de recolección en la Ciudad de Buenos Aires. En ese entramado, ella encontró una forma de trabajar y conseguir un ingreso que le permita sostener a sus hijos.

La tarea es dura. El esfuerzo físico, las horas de viaje, la incertidumbre sobre la cantidad de material que podrá juntar y la necesidad de cumplir con determinados requisitos forman parte de una rutina que comienza mucho antes de que aparezca el primer carro.

Me gusta mi trabajo. Seguiría porque amo mi trabajo y es el sustento de mi familia todos los días. Es el plato de comida de mis hijos”, resume.

Karen con su mamá y hermana: todas, cartoneras

De José C. Paz a Chacarita: un viaje que empieza a las 6

La distancia entre su casa y el lugar donde trabaja es uno de los primeros obstáculos de cada jornada.

Karen sale a las 6 de la mañana para tomar el tren y llegar aproximadamente a las 8 a Chacarita. Pero la organización de su trabajo le impone ahora una exigencia adicional: debe registrar su presencia dentro de una franja horaria determinada.

“Ahora nos pusieron un horario para poder firmar de 8 a 8:30 de la mañana”, cuenta.

Yo, si llego a llegar tarde, no me dejan firmar. Me tengo que volver a mi casa y me descuentan el día, que más o menos nos pagan 15 mil por jornada”, relata, y agrega: “Imagínate todo el esfuerzo que hago todos los días para que a mis hijos no les falte nada en mi casa”.

La obligación de juntar 50 kilos por día

Dentro del esquema de trabajo, Karen cuenta que recibe un ingreso fijo de aproximadamente $460.000 mensuales, al que se suma lo obtenido por quincena mediante el material recolectado.

Pero también existe una condición que, según explica, vuelve más compleja la tarea cotidiana: alcanzar una determinada cantidad de material: “El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires nos exige tener 50 kilos por día; si no, no te pasan el día”.

El problema aparece especialmente en las jornadas de retiro domiciliario. Karen explica que muchas veces los trabajadores concurren a casas donde los vecinos separan residuos reciclables, pero la cantidad disponible no alcanza para cumplir con el objetivo: “A veces es imposible juntar esa cantidad porque nosotros hacemos retiros de las casas y en las casas no se junta mucho material; o sea, no sacan mucho reciclado”.

Cuando el reciclaje no alcanza para llegar a fin de mes

Karen reconoce que la situación económica se volvió cada vez más complicada. “Cuando yo arranqué con esto, ganaba bastante bien por quincena y después fue bajando bastante el material. Ahora cuesta más salir a flote”, cuenta.

El problema no termina en su propio ingreso. En su casa también trabaja su marido, que sale a “bagayar” por Capital Federal y reúne objetos que luego intenta vender durante los fines de semana en una feria.

Económicamente nos sirve para muchas cosas. La realidad es que hoy no alcanza la plata. Está todo difícil”, explica.

La escena muestra una economía familiar construida a partir de diferentes actividades, con dos adultos que salen a buscar ingresos y una prioridad que aparece repetidamente en el relato: que a sus hijos no les falte lo básico.

Karen con su hermana, también cartonera

Entre los insultos y la discriminación

Hay una parte de la rutina que no tiene que ver con los kilos de cartón, las botellas o los recorridos. Es la relación con quienes la encuentran todos los días mientras trabaja.

Con algunos vecinos, Karen tiene una relación cordial. Con otros, no. Y también están quienes la insultan.

Las cosas feas es el tema de la discriminación. Todos los días la gente te dice ‘negro’, ‘estos mugrientos’”, relata.

Uno de esos episodios quedó particularmente marcado en su memoria. Un hombre se acercó mientras trabajaba y comenzó a insultarla: “Me puse mal y no quería ir más, pero es mi laburo y no puedo dejar”.

Una nena, un dibujo y un chocolate

En medio de esa realidad, Karen también guarda recuerdos que funcionan como pequeñas recompensas.

Uno ocurrió cuando recién había comenzado a trabajar como cartonera. Una niña llamada Fran pasaba todos los días alrededor de las 8 de la mañana para ir al jardín y veía a Karen trabajando. Un día decidió acercarse. “Se acerca una nena, que se llama Fran, que todos los días cruzaba a las 8 para ir al jardín por donde yo paraba y me hace un dibujito y me dice: ‘Esta sos vos juntando cartones’”.

Karen no pudo contener la emoción: “Yo soy re maricona y me puse a llorar ahí nomás”, cuenta entre risas al recordar aquella escena.

La niña le regaló el dibujo y también un chocolate. Al día siguiente volvió acompañada por su madre y llevó otro. Pero lo que más recuerda Karen no es el chocolate: “Me decía que era linda porque juntaba la basura que la gente tiraba”.

La vecina que guarda botellas y ofrece café

Fran no es la única persona que le dejó un recuerdo positivo. Karen cuenta que tiene una relación buena con varios vecinos de la zona. Entre ellos hay una mujer que, según describe, tiene un gesto habitual que ella valora especialmente.

“Hay una señora muy amable que me habla, me junta todo el material y, siempre que le voy a sacar las botellas de plástico, me da una taza de café con leche, una galletita o un chocolate”, cuenta.

Para alguien que empieza su jornada antes del amanecer, que viaja desde José C. Paz y pasa buena parte del día recorriendo las calles, esos gestos pueden adquirir una dimensión mucho mayor: “Son cosas lindas que me indican que algo estoy haciendo bien en el trabajo”.

Karen con su familia

Cartonera, madre y estudiante de Enfermería

Antes de que el trabajo y las obligaciones familiares ocuparan buena parte de sus días, Karen también comenzó una carrera que todavía tiene pendiente. Estudió Enfermería y sueña con terminarla.

No abandonó ese objetivo porque haya dejado de interesarle. El problema es que necesita organizar una vida en la que sus hijos dependen de ella y el trabajo exige una disponibilidad que dificulta sostener los estudios.

“Es algo que estudié y me gustaría poder terminarlo, pero tengo mis hijos, que dependen de mí también, y el trabajo más todavía”, explica. La dificultad está también en los tiempos: “Yo salgo muy temprano de mi casa y no tengo horario de llegada”.

El viaje, la recolección, los recorridos y las exigencias de la actividad hacen difícil reservar horas para sentarse a estudiar.

Así, la carrera de Enfermería quedó como una cuenta pendiente. Una meta que todavía quiere recuperar cuando su situación se lo permita.

A pesar de las dificultades cotidianas, Karen no dejó de imaginar cómo quiere que sea su vida dentro de algunos años. Su sueño tiene primero un destinatario claro: sus hijos.

“Le pido a Dios que siempre cuide de mis hijos, que tengan salud y sean felices”, dice. Después aparece un objetivo concreto: tener su propia vivienda y dejar de alquilar: “De acá a 10 años, yo estoy juntando para poder comprarme mi propia casa”.

Y hay otro proyecto que le genera entusiasmo: “Mi sueño es tener un local de ropa. Siempre me gustó el tema de los accesorios, maquillajes, zapatillas, carteras”.

Hoy, sin embargo, la prioridad es otra: trabajar, viajar desde José C. Paz hasta Chacarita, cumplir con la jornada, conseguir el material suficiente y regresar a casa con lo necesario para que sus hijos tengan su comida.