La visita del papa León XIV a la Argentina, prevista entre el 8 y el 11 de noviembre, tendrá una característica particular: el recorrido por el país estará concentrado en tres ciudades que representan algunos de los capítulos fundamentales de la historia religiosa argentina.
Buenos Aires, Córdoba y Luján no fueron elegidas solamente por su peso demográfico, institucional o geográfico. Cada una tiene una relación singular con la Iglesia Católica y con la construcción histórica de la identidad argentina.
Si existe una ciudad cuya identidad está indisolublemente ligada al catolicismo en Argentina, esa es Luján.
Ubicada a unos 70 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, Luján es considerada la Capital Espiritual de la República Argentina. Su historia urbana, cultural y social está estrechamente relacionada con la devoción a Nuestra Señora de Luján.
El origen de esa historia se remonta a 1630 y a un episodio que la tradición católica argentina recuerda como el "Milagro de la Carreta".
En aquel año, el hacendado portugués Antonio Farías de Sá, radicado en Sumampa, Santiago del Estero, había encargado en Brasil una imagen de la Virgen para la capilla de su estancia.
Las imágenes llegaron al puerto de Buenos Aires y fueron cargadas en una carreta que emprendió camino hacia el norte. Sin embargo, al llegar a las inmediaciones del río Luján, ocurrió el episodio que marcaría para siempre la historia religiosa del lugar. Los bueyes se negaron a continuar avanzando.
Los viajeros intentaron distintas alternativas hasta que descargaron uno de los cajones que transportaba la imagen de la Inmaculada Concepción. En ese momento, los animales retomaron la marcha.
La tradición interpretó aquel hecho como una señal: la Virgen había elegido ese lugar para permanecer.
Más allá de la dimensión religiosa del relato, el episodio terminó convirtiéndose en el mito fundacional sobre el que se construyó uno de los principales centros de peregrinación de la Argentina.
La historia de Luján también está ligada a una figura que permanece profundamente arraigada en la memoria religiosa argentina: el Negro Manuel.
De origen africano y esclavizado, Manuel formaba parte de la caravana que trasladaba las imágenes. Según la tradición, después del episodio de la carreta quedó vinculado al cuidado de la Virgen y dedicó su vida a custodiarla y promover su devoción.
Su figura se convirtió en uno de los primeros símbolos de la religiosidad popular alrededor de la imagen de Luján.
Con el crecimiento de la cantidad de personas que llegaban a venerarla, también surgió la necesidad de protegerla y establecer un espacio permanente para su culto. En 1674, Ana de Mattos adquirió la imagen y la trasladó hasta terrenos ubicados a orillas del río Luján. Allí construyó una pequeña capilla.
Ese templo fue mucho más que un espacio de oración: alrededor suyo comenzó a desarrollarse el asentamiento que, con el paso de los siglos, se transformaría en la actual ciudad.
El crecimiento de la peregrinación hizo necesario construir un templo acorde con la cantidad de fieles que llegaban hasta Luján.
La construcción de la actual Basílica Nacional comenzó formalmente el 6 de mayo de 1890. El proyecto fue desarrollado por el arquitecto francés Ulderico Courtois y se optó por un monumental estilo neogótico francés.
Torres, vitrales, gárgolas y una arquitectura inspirada en los grandes templos europeos transformaron el paisaje de Luján.
Las torres alcanzan aproximadamente 106 metros de altura y convirtieron a la Basílica en uno de los edificios religiosos más reconocibles del país.
El templo fue inaugurado y bendecido durante las celebraciones del Centenario argentino, en 1910, aunque los trabajos de construcción y terminación se extendieron hasta 1935.
Si Luján representa la devoción popular, Córdoba representa otra dimensión de la historia católica argentina: la relación entre religión, educación, conocimiento y cultura.
La ciudad fue fundada en 1573 por Jerónimo Luis de Cabrera y, desde sus primeros años, las órdenes religiosas ocuparon un lugar central en su desarrollo.
Por la cantidad de iglesias y conventos que se fueron instalando en su centro histórico, Córdoba recibió con el tiempo el apodo de "la ciudad de las campanas".
Franciscanos, jesuitas, dominicos y mercedarios se asentaron en la ciudad y dejaron una huella que todavía puede observarse en su arquitectura.
Los franciscanos fueron de los primeros en llegar, mientras que los jesuitas protagonizaron uno de los capítulos más trascendentes de la historia cordobesa.
La llegada de la Compañía de Jesús en 1599 transformó a Córdoba. Los jesuitas establecieron allí la capital de la Provincia Jesuítica del Paraguay y desarrollaron una extensa actividad educativa, cultural y evangelizadora.
La religión no quedó limitada a la construcción de templos. También se convirtió en una herramienta para transmitir conocimientos.
En ese contexto surgió el Colegio Máximo, antecedente de la Universidad Nacional de Córdoba.
En 1613 comenzó a funcionar la institución que posteriormente se convertiría en la universidad más antigua de la Argentina y una de las más antiguas de América. La presencia jesuítica también fue fundamental para el desarrollo del Colegio Nacional de Monserrat, fundado en 1687 por Ignacio Duarte y Quirós y administrado por la Compañía de Jesús.
Así se explica una parte fundamental del apodo "La Docta": Córdoba construyó desde muy temprano una identidad basada en la educación y el conocimiento, y esa identidad estuvo estrechamente relacionada con la Iglesia.
Uno de los lugares que mejor concentra esa historia es la Manzana Jesuítica. El conjunto reúne la Iglesia de la Compañía de Jesús, la Capilla Doméstica y otros edificios vinculados con la actividad educativa de los jesuitas.
La Iglesia de la Compañía es particularmente significativa. Su construcción comenzó en el siglo XVII y es considerada uno de los templos más antiguos que permanecen en pie en Argentina.
El conjunto fue reconocido por la UNESCO como Patrimonio Mundial en el año 2000.
La tercera ciudad elegida por León XIV es Buenos Aires. A diferencia de Luján y Córdoba, la capital argentina reúne prácticamente todas las dimensiones de la historia religiosa nacional: fue sede de instituciones eclesiásticas, escenario de acontecimientos políticos, espacio de construcción cultural y, desde 2013, la ciudad que vio partir hacia Roma al primer Papa nacido en América.
La historia religiosa de Buenos Aires comenzó incluso antes de que la ciudad adquiriera su configuración actual.
En la primera fundación, realizada por Pedro de Mendoza en 1536, el asentamiento recibió un nombre relacionado con la Virgen de Bonaria, una advocación mariana vinculada con los navegantes. Después, en 1580, Juan de Garay refundó la ciudad.
Según la tradición, se realizó un sorteo para elegir a su santo patrono. El resultado fue San Martín de Tours.
La historia cuenta que los fundadores intentaron repetir el sorteo porque preferían un santo español. Sin embargo, el nombre de San Martín volvió a aparecer.
Desde entonces, San Martín de Tours quedó asociado a la identidad religiosa de Buenos Aires.
Durante las primeras décadas de desarrollo urbano llegaron distintas órdenes religiosas. Franciscanos, dominicos, mercedarios y jesuitas ocuparon espacios centrales dentro del trazado colonial.
Los jesuitas dejaron uno de los principales testimonios de aquella época con la Iglesia de San Ignacio de Loyola, cuya construcción se extendió entre los siglos XVII y XVIII.
El templo es considerado el edificio religioso y de ladrillos más antiguo que permanece en pie en Buenos Aires.
Su presencia en pleno centro histórico permite comprender hasta qué punto la Iglesia formaba parte de la estructura original de la ciudad.
La Catedral Metropolitana ocupa un lugar todavía más significativo. Ubicada frente a la Plaza de Mayo, la Catedral fue escenario de acontecimientos religiosos y políticos que atravesaron la historia argentina.
A partir de la Revolución de Mayo de 1810, los Tedeums adquirieron un fuerte contenido institucional y se transformaron en una tradición vinculada a las grandes fechas patrias.
El templo también alberga el mausoleo del general José de San Martín, una de las figuras centrales de la independencia argentina. La Catedral representa así la convergencia entre religión, política e historia nacional.