SpaceX ya no solo compite por dominar el mercado espacial: también controla buena parte del camino que sus rivales necesitan para llegar a órbita. La expansión de Starlink ocupa cada vez más vuelos del Falcon 9 y deja a otras compañías frente a una espera que puede extenderse hasta 2028 o 2029.
En lo que va de 2026, cerca del 79% de las misiones del Falcon 9 fueron destinadas a satélites propios. En 2020 representaban el 54%. Al menos siete empresas recibieron durante los últimos meses la advertencia de que el cohete está completo para distintos tipos de operaciones durante los próximos dos o tres años.

La situación coincide con otra señal de dependencia. A fines de julio, la Fuerza Espacial estadounidense adjudicó a SpaceX un contrato de 1.600 millones de dólares por 18 despegues, previstos antes de terminar 2027, para colocar sistemas de detección, seguimiento y comunicaciones militares.
La explicación es económica. Starlink ya desplegó más de 10.000 satélites y generó 11.400 millones de dólares durante 2025. Esa unidad aportó alrededor del 60% de los ingresos de la empresa, mientras el negocio de transporte espacial produjo 4.100 millones.
Cada viaje utilizado para ampliar la constelación puede generar servicios e ingresos durante años. En cambio, llevar la carga de un tercero deja un pago único. La propia compañía advirtió a inversores que podría priorizar sus cargas antes que nuevos contratos comerciales o gubernamentales.

El Falcon 9 debutó en 2010. En 2015, su primera etapa logró el primer aterrizaje de un cohete de clase orbital y, en 2017, SpaceX volvió a utilizar por primera vez uno de esos propulsores. Esa reutilización redujo tiempos, aceleró la frecuencia de vuelo y dejó atrás a gran parte de la competencia.
Hoy un servicio estándar cuesta unos 74 millones de dólares, frente a aproximadamente 54 millones en 2013. Las alternativas continúan limitadas: New Glenn quedó detenido tras una explosión en su plataforma, Vulcan permanece en tierra por una falla y Neutron todavía está en desarrollo.

El riesgo comprobable es que, si la concentración continúa sin suficientes opciones, las empresas pequeñas deban afrontar mayores costos, años de demora y pérdida de inversiones antes de colocar sus proyectos en órbita.
SpaceX prepara además la transición hacia Starship, que deberá atender compromisos lunares, nuevas generaciones de Starlink y futuros centros de datos para inteligencia artificial. El interrogante ya no es solamente quién fabrica el mejor cohete, sino qué sucede cuando una misma compañía transporta satélites, ofrece conectividad y decide cuánto lugar queda para quienes compiten contra ella.