Este jueves 6 de agosto, Hiroshima volverá a detenerse a las 8:15. A esa hora sonará la Campana de la Paz y comenzará un minuto de silencio, exactamente 81 años después de la explosión que cambió para siempre la historia.
La ceremonia se realizará en el Parque Memorial de la Paz, cerca de la estructura conocida como Cúpula de la Bomba Atómica. Allí serán recordadas las víctimas inmediatas y quienes murieron posteriormente por quemaduras, heridas y enfermedades relacionadas con la radiación.
El 6 de agosto de 1945, durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, el bombardero estadounidense Enola Gay lanzó sobre la ciudad una bomba de uranio llamada “Little Boy”. El artefacto explotó a unos 600 metros de altura, con una potencia equivalente a aproximadamente 15.000 toneladas de TNT.
En Hiroshima había cerca de 350.000 personas. La onda expansiva, el calor extremo y los incendios destruyeron gran parte del área urbana en segundos. Decenas de miles murieron inmediatamente y muchas otras durante los meses siguientes. La cifra exacta nunca pudo determinarse, pero se estima que unas 140.000 personas habían fallecido para fines de 1945.

Tres días después, Estados Unidos lanzó una segunda bomba atómica sobre Nagasaki. Durante ese mismo período, la Unión Soviética entró en la guerra contra Japón. El emperador Hirohito anunció la rendición el 15 de agosto, formalizada el 2 de septiembre.
El uso de estas armas continúa siendo uno de los episodios más debatidos del siglo XX. Sus defensores sostienen que aceleró el final del conflicto y evitó una invasión terrestre. Sus críticos remarcan el enorme costo humano, el carácter mayoritariamente civil de las víctimas y la existencia de otras alternativas.
Hasta hoy, Hiroshima y Nagasaki siguen siendo los únicos ataques nucleares realizados durante una guerra. Sin embargo, el peligro no quedó encerrado en 1945.

Actualmente, nueve países poseen alrededor de 12.187 cabezas nucleares. Más de 4.000 están desplegadas y entre 2.100 y 2.200 permanecen en estado de alta alerta, preparadas para ser utilizadas con rapidez.
El aniversario llega después del vencimiento del último gran tratado que limitaba los arsenales estratégicos de Estados Unidos y Rusia, y tras otro fracaso internacional para alcanzar acuerdos sobre desarme y no proliferación.
Por eso, el silencio de Hiroshima no recuerda solamente una tragedia del pasado. También advierte sobre un presente en el que las potencias modernizan sus arsenales y vuelve a crecer el riesgo de una carrera nuclear sin controles suficientes.