07/08/2026 - Edición Nº1277

Política

De CABA a Oceanía

Tenía 33 años, estaba "quemada" y se la jugó en Nueva Zelanda: "Cero corrupción"

06/08/2026 | Natalia laburaba 13 horas diarias en Argentina. Quería un volantazo. Pisó Nueva Zelanda y empezó la pandemia. Cerezas, kiwis y viñedos: su nuevo mundo.



En febrero de 2020, apenas unas semanas antes de que el mundo se paralizara por la pandemia de COVID-19, Natalia dejó Argentina con un objetivo muy concreto: tomarse un descanso.

A sus 33 años llevaba una rutina que consideraba insostenible. Era profesora de inglés en un exigente colegio bilingüe, dirigía además su propio instituto y trabajaba prácticamente todos los días de la semana.

"Estaba trabajando de lunes a lunes entre 12 y 13 horas por día. Me había quemado totalmente y no quería saber más nada con trabajar", recuerda en diálogo con NewsDigitales.

"Buscaba la manera de tomarme un año sabático, pero con los ahorros y el sueldo que tenía era imposible”, señala.

Fue entonces cuando descubrió el sistema de visas Working Holiday. Aplicó en septiembre de 2019 y consiguió uno de los permisos disponibles para Nueva Zelanda. Su plan era permanecer un año y tres meses. Nunca imaginó que terminaría quedándose casi tres años.

Un trabajo en apenas dos semanas

El idioma nunca fue un obstáculo. Antes de dedicarse plenamente a la enseñanza había trabajado en Aeroparque, por lo que su idea era intentar regresar al ámbito aeroportuario. El plan salió mejor de lo esperado.

"Llegué a Nueva Zelanda y a los 15 días conseguí trabajo en el aeropuerto de Auckland”, subraya. Pero la tranquilidad duró poco. Un mes y medio después llegó el coronavirus.

Mientras gran parte del mundo comenzaba a cerrar fronteras, el aeropuerto dejó de operar y Natalia perdió su empleo. Vivía en un hostel junto a viajeros de distintos países y la incertidumbre era total.

"Pensé que en un mes me iba a volver porque no se sabía qué iba a pasar. En todos lados hablaban de vuelos de repatriación y en Nueva Zelanda no se decía nada”, dice.

Durante el confinamiento permanecieron alrededor de 50 personas compartiendo el alojamiento bajo un sistema de burbujas sanitarias: "Estuvimos un mes encerrados. Después empezamos a hacer vida normal porque Nueva Zelanda controló muy rápido el COVID”.

Sin embargo, mientras numerosos países mantuvieron restricciones durante meses, allí la vida cotidiana volvió rápidamente: "Ibamos a restaurantes, a fiestas latinas, al parque. No había prácticamente restricciones”.

Un país que necesitaba trabajadores

Las fronteras permanecieron cerradas durante más de dos años. Paradójicamente, esa situación terminó favoreciendo a quienes ya estaban dentro del país.

Como no ingresaban nuevos trabajadores y muchos extranjeros regresaban a sus países, la demanda laboral explotó: "Trabajo había muchísimo. De un día para otro conseguías empleo y también conseguías dónde vivir”.

La visa, que originalmente duraba poco más de un año, fue renovándose cada seis meses según la evolución sanitaria. Aquello permitió que Natalia permaneciera casi tres años en Nueva Zelanda: "No me costó nada adaptarme. En un mes me pude comprar un auto y recorrí las dos islas dos veces”.

Del aeropuerto a las cerezas, los kiwis y los viñedos

Lejos de limitarse a un solo empleo, Natalia aprovechó la enorme oferta laboral para desempeñarse en distintos sectores.

Trabajó en cosechas de cerezas, empaquetó kiwis y también pasó por una bodega vitivinícola.

"Repetí tres temporadas de recolección de cerezas y de empaquetado de kiwis porque era donde más ganaba. Se trabajaban muchas horas”, recuerda.

Según cuenta, sus ingresos rondaban los 1.100 dólares neozelandeses por semana. También destaca que el costo de vida le permitió ahorrar una parte muy importante de esos ingresos: "No gastaba mucho y la plata que llevé desde Argentina me la traje prácticamente intacta porque trabajo conseguía en un día”.

La visa terminó decidiendo su regreso

Aunque su intención era seguir viviendo allí, finalmente fue la burocracia migratoria la que puso punto final a la experiencia.

Cuando estaba por vencer la última extensión de su visa, las autoridades aún no habían informado si habría una nueva prórroga.

Ante la incertidumbre decidió comprar un pasaje de regreso. Lo curioso ocurrió apenas abandonó el país.

"Dos días después de irme anunciaron otra extensión, pero ya no podía acceder porque había que estar dentro de Nueva Zelanda”, cuenta, y reconoce: "Si hubiera sido por mí, me habría quedado mucho más. Tengo muchos conocidos que hoy ya son residentes o tienen visas de trabajo”.

La experiencia que terminó convirtiéndose en una casa

El regreso a Argentina tampoco tenía un plan demasiado claro. Inicialmente pensaba tramitar la ciudadanía española para instalarse en Europa.

Sin embargo, la demora del trámite cambió nuevamente sus prioridades. Con el dinero que había logrado ahorrar durante su estadía en Oceanía, sumado a los ahorros que ya tenía en Argentina, tomó una decisión clave: "Me pude comprar una casa”.

Hoy volvió a dirigir un instituto de inglés, aunque completamente online y especializado en viajeros y personas que preparan exámenes para emigrar, especialmente hacia Australia.

Además, trabaja algunas horas en un colegio: "Ahora trato de trabajar menos horas y, como ya no tengo que pagar un alquiler, puedo organizar mi vida de otra manera”.

Qué encontró en Nueva Zelanda que todavía extraña

Más allá del aspecto económico, Natalia asegura que lo que más la impactó fue el funcionamiento cotidiano del país: "Las cosas que acá cuestan muchísimo, allá son muy fáciles”.

"Comprás y vendés un auto y solamente vas al correo a firmar un papel”, ejemplifica. Pero hay otro aspecto que todavía destaca: "Poder caminar por la calle sin miedo a cualquier hora te cambia completamente la cabeza”.

Natalia también marca profundas diferencias institucionales entre ambos países: "Allá hay cero corrupción".

Aclara que Nueva Zelanda tiene otros conflictos, como las diferencias históricas entre la población maorí y los neozelandeses de origen europeo, pero considera que el funcionamiento del Estado genera una enorme confianza social.

"Las cuentas están claras. Todos pagan impuestos a través del sueldo y después eso lo ves reflejado en las rutas, en los servicios, en las plazas, en las calles que están arreglando permanentemente”, explica.

Incluso menciona mecanismos fiscales que le llamaron la atención: "Si al cierre del año fiscal te descontaron más impuestos de los que correspondían, te los devuelven automáticamente. Son cosas que acá no pasan”.

"No dejo de querer estar en Argentina. Cuando vivís afuera también aprendés a valorar un montón de cosas que tenemos”, afirma, pero reconoce que “la inestabilidad económica y la inseguridad hacen que uno se replantee muchas cosas”.

Y completa: "Cuando ponés un pie en un lugar así, te das cuenta de que existe otra forma de vivir. Te abre mucho la cabeza y entendés que se puede tener una vida mejor”.