Desde 1987, cuando tenía apenas 13 años, Celia nunca dejó de participar de la tradicional caminata hacia la Basílica de Luján. Lo que comenzó como una experiencia de curiosidad junto a su tía y su prima terminó convirtiéndose en una forma de vida atravesada por la fe, la amistad, las pérdidas, las alegrías y el compromiso espiritual.
A lo largo de casi cuatro décadas fue testigo de cómo cambiaron los caminos, la organización, la seguridad y hasta el paisaje que une Liniers con Luján. Sin embargo, hay algo que permanece intacto: esa fuerza interior que, cada año, la vuelve a poner en marcha.
"Todos decimos que no volvemos más. Lloramos, tenemos dolor, nos quejamos, nos cuestionamos. Pero al año siguiente algo te toca el corazón y vas de nuevo", resume.

La historia comenzó en octubre de 1987. Celia es de Lomas de Zamora. Aquella noche salió junto a su tía Justina y su prima Francisca para realizar una caminata que marcaría su vida.
"Salimos un viernes porque el sábado iba mucha más gente y después era complicado volver en tren. En esa época estaba la Lujaneta, un colectivo que te traía hasta Once", recuerda.
La preparación fue sencilla: zapatillas, un jean, un buzo y muchas ganas de descubrir qué era esa multitud caminando hacia la Virgen: "Uno va por curiosidad, por saber qué era todo eso”. Pero el entusiasmo pronto dio paso al esfuerzo físico: "Ya de madrugada no podía caminar más. Me compraron un bastón que en realidad era un palo improvisado. Así llegué, con ampollas, caminando despacio y llorando del dolor”.
Sin embargo, entre el cansancio también aparecieron imágenes que nunca olvidó.
"Ver amanecer, escuchar los gallos cantar... En ese tiempo todo era descampado. No había luces, las calles eran de tierra y piedras”, cuenta.

Con el tiempo, no solo cambió Celia. También cambió el recorrido hacia Luján: "Fuimos creciendo tanto yo como la ciudad. Las calles fueron mutando de a poco”.
Ya no caminaba únicamente con su familia. Empezó a hacerlo junto al grupo de jóvenes de la parroquia, donde nacieron amistades que aún conserva.
"Íbamos jóvenes, adultos y chicos caminando durante horas. Desde Moreno hasta Luján había tramos iluminados y otros completamente oscuros. Nos alumbrábamos con linternas, llevábamos grabadores a pilas y hacíamos amigos”, sostiene.
Era una época muy distinta en cuanto a la asistencia para los peregrinos: "No había puestos de apoyo ni médicos. Salíamos solamente con fe y con la ayuda de Dios”.
Hoy reconoce que la organización evolucionó enormemente, especialmente durante la multitudinaria peregrinación de octubre, que cuenta con un importante operativo de seguridad, asistencia sanitaria, baños químicos y puestos de apoyo distribuidos a lo largo del recorrido.
Entre tantos recuerdos también hay lugar para las risas. Una de las anécdotas que más disfruta contar ocurrió cuando tenía 19 años: "Llevé en la mochila un secador de pelo, maquillaje y un peine. Todos me preguntaban: '¿Dónde lo vas a enchufar? ¿Atrás de un árbol?'. Yo estaba convencida de que lo iba a usar”.

Después de tantos años, Celia asegura que resulta imposible explicar completamente lo que significa la peregrinación. "Hay que vivir el momento, sentirlo. Es inexplicable”, dice, y agrega: "Dejás en el camino el dolor, la angustia, la alegría y la tristeza. Querés llegar, llorás y te reís al mismo tiempo”.
Por eso siempre invita a quienes nunca fueron a animarse: "Yo los invito a vivir la experiencia porque ninguna peregrinación es igual a otra. Algunos van rezando, otros cantando, pero todos vivimos algo distinto".

A diferencia de muchos peregrinos que entrenan durante semanas, Celia mantiene una costumbre inalterable. "Yo no me preparo. Llega el día, hago la mochila y salgo”, reconoce.
En esa mochila nunca faltan medias de repuesto, la bandera, gorra, zapatillas, ropa cómoda, una bolsa de consorcio por si llueve, equipo de mate, crema para los pies, analgésicos, gasas y curitas.
Antes de comenzar la caminata pasa por la iglesia de San Cayetano para recibir la bendición.

Si algo la sigue emocionando después de tantos años es encontrarse con personas que enfrentan enormes dificultades físicas.
"Caminé con abuelos de más de 80 años, personas con discapacidad en silla de ruedas, gente con muletas porque les faltaba una pierna y mamás con sus bebés”, subraya.
Y reflexiona: "Ahí ves la fortaleza de los demás y te alentás a vos misma. Pensás: si ellos pueden llegar, ¿por qué yo no?".
Durante sus primeros años asistía únicamente a la tradicional peregrinación de octubre. Más adelante, junto a los amigos de la parroquia, incorporó también las caminatas de mayo y diciembre. Cada una tiene características diferentes. La de octubre continúa siendo la más convocante y la que concentra el mayor despliegue logístico, con seguridad, asistencia médica, puestos de apoyo y una organización que demanda meses de preparación.
En cambio, la peregrinación de mayo parte desde Las Rejas y tiene un recorrido más corto, aunque con menos infraestructura y mayor responsabilidad de los propios peregrinos para organizar los cruces y el desplazamiento.
La de diciembre, realizada entre el 7 y el 8 de ese mes por el Día de la Virgen, mantiene un espíritu más íntimo, aunque también reúne a miles de fieles.
La fe de Celia también está profundamente ligada a la figura del papa Francisco. Reconoce, sin embargo, que durante años sintió tristeza porque nunca regresó a la Argentina.
"Al principio me puse mal porque no vino. Me preguntaba cuál era el problema. Lo más doloroso fue entender el porqué”, señala.
Desde su mirada personal, considera que existieron razones políticas detrás de esa decisión: "Entendí que muchos lo discriminaban por su trabajo pastoral en las villas y por ponerse del lado de los pobres. Muchas homilías eran reclamos por nosotros”.
También cuestiona que, con el paso del tiempo, muchas figuras públicas buscaran fotografiarse con él. "Después todos fueron por la foto: políticos, empresarios y hasta un jugador de fútbol que antes lo había criticado. Nadie es profeta en su tierra”, resume.
"Yo creo que todas las gestiones tuvieron algo que ver con su decisión", reflexiona, y concluye con una frase cargada de afecto: "Yo lo amo y siempre lo voy a llevar en mi corazón”.
Respecto del papa León XIV, expresa expectativas positivas: "Vivo su llegada con mucha fe, alegría y esperanza. Ojalá continúe el legado de Francisco, con una Iglesia más austera y abierta a las nuevas generaciones. Lo veo preparado y creo firmemente que el Espíritu Santo lo va a saber guiar”.

El Mundial también quedó asociado, para Celia, a una experiencia espiritual: "Nuestra Madre tiene en su manto las tres estrellas mundialistas”.
Recuerda con emoción la devoción que despertó la Virgen durante la Copa del Mundo. "Le pedimos con el alma por la Selección. El padre Lucas bendijo a Messi y también me emocionó ver el altar que tenía el plantel con la imagen de María”, indica, y agrega: "Todo el país lo vivió así. Incluso personas de otras religiones rezaban por la Selección. Fue impresionante ver a todos unidos en la fe."
Quizá el momento más difícil de su vida fue la muerte de su madre. Tenía apenas 27 años cuando debió afrontar esa pérdida.
“Mi mamá falleció a los 57 años. Era una persona luchadora y trabajadora. Mi corazón no entendía por qué se había ido”, rememora.
Confiesa que durante un tiempo se enojó con Dios y con la Virgen: "Creo que todos alguna vez nos enojamos con Dios y con nuestra Madre”.
Y concluye: "Después el corazón sana y volvés. Entendí que Dios sabe lo que hace y que cada uno tiene escrito su destino”.