El gobierno nacional que convirtió a la propiedad privada en bandera sufrió su peor derrota del año con una ley que llevaba justamente ese nombre. La Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, la pieza más ambiciosa de Federico Sturzenegger, entró al Senado esta semana y salió absolutamente disminuida. El oficialismo tuvo que borrar el capítulo de extranjerización de tierras antes de sentarse a debatir y, ya en el recinto, se le cayó el de manejo del fuego. Terminó con media sanción en general, 37 votos contra 33, y giró a Diputados un texto al que le habían arrancado las dos costillas que más le importaban a la Casa Rosada.
Conviene empezar por la guerra interna. Según reconstruyó Pablo Dipierri en La Política Online, Karina Milei y los primos Menem le armaron una encerrona a Patricia Bullrich. Cuando quedó claro que los votos no estaban, la hermana del presidente ordenó al ala política que no moviera un dedo y ningún ministro levantó el teléfono para pedirle a un gobernador que acompañara. La apuesta era que la ley se hundiera y que Bullrich se hundiera con ella. El detalle que a nadie en Balcarce 50 pareció desvelarlo es que una norma nacional no naufraga sola, arrastra a todos los que la firmaron y confirma que no hay oposición más eficaz que una interna oficialista.
Mientras el bloque de LLA se quedaba quieto por orden interna, el peronismo hizo lo que suele hacer cuando huele sangre. Massa habló con los gobernadores, Máximo Kirchner trabajó a los santacruceños, Di Tullio y Mayans se repartieron el Senado. La foto del martes ya lo anticipaba, con Bullrich dando una conferencia de prensa flanqueada por cuatro nombres de segunda línea mientras ningún jefe de bloque aliado quería aparecer en la imagen. Los que sacaban cuentas veían lo mismo que ella se negaba a decir en voz alta.
Lo que vino después fue menos estrategia que sálvese quien pueda. Joaquín Benegas Lynch, impugnado por conflicto de intereses, terminó reconociendo la incompatibilidad y, de paso, tratando de tibios e ignorantes a sus propios aliados. En el grupo de WhatsApp donde se contaban los cuarenta y cuatro votos que Bullrich juraba tener, un senador le respondió con un audio mandándolo a la concha de su hermana. La propia Bullrich cerró la semana subiendo un video musicalizado con un tango y una frase dedicada a los Milei: "el tango no se baila solo".
El tango no se baila solo. pic.twitter.com/N4W8veRy4f
— Patricia Bullrich (@PatoBullrich) August 7, 2026
Hasta acá el diagnóstico es de manual y es lapidario. Los votos faltaban, cierto, pero lo que terminó de voltear la ley fue la interna, la decisión de Karina de sacrificar una norma del Estado para dañar a una rival, la soberbia de ir por todo en la peor semana de Sturzenegger. Desde el entorno de Santiago Caputo le sugirieron a Bullrich que retirara el capítulo de tierras a tiempo para salvar el resto, y no escuchó. La política es el arte de lo posible, de tragar amargo y escupir dulce, como le gusta decir a un histórico dirigente peronista y es por eso que los errores no forzados se pagan caros porque no se le pueden endosar ni a la oposición ni a la herencia recibida, es decir a ninguna externalidad.
Quedarse en la cocina libertaria, sin embargo, sería perder lo más interesante de la semana. Porque aun con un gobierno ordenado, con todos los teléfonos sonando a la vez, sigue en pie una pregunta incómoda: ¿el capítulo de extranjerización tenía los votos para pasar? La respuesta honesta es que no, y el motivo va más allá de la coyuntura. Los gobernadores que rompieron con la Casa Rosada no rompieron con el programa entero. Jaldo, Figueroa y Passalacqua le acompañan a Milei casi todo, ajuste incluido. Rompieron en un punto muy preciso, el que habilitaba vender tierra rural a extranjeros. Sus senadores votaron en contra de eso y de poco más y ahí se dibuja un límite que el liberalismo argentino en el poder todavía no aprendió a leer.
La tierra, en un país como la Argentina, no termina de ser una mercancía como las demás. Se la siente como patria antes que como patrimonio, y esa intuición cruza al peronismo, al radicalismo del interior y hasta a aliados que en lo económico le firman casi todo al gobierno. La jujeña Carolina Moisés lo dijo: quería una Argentina parecida a una canción de Los Chalchaleros y generó una síntesis perfecta.
El punto ciego de Sturzenegger es el punto ciego de todo el proyecto. Su premisa es que el suelo es un bien como cualquier otro, alienable y fungible, disponible para el mejor postor sin importar de qué bandera venga. Encaja con una mirada donde la tierra, el trabajo y el agua entran en la misma planilla de precios. El problema aparece cuando esa mirada choca con algo que el propio gobierno intenta evitar: la soberanía. No se puede pensar la soberanía energética y la soberanía sobre los recursos naturales y, al mismo tiempo, ofrecer el territorio como un lote más en venta. La oposición no tuvo que fabricar esa contradicción; ya venía dentro de un proyecto que subestimó los anticuerpos naturales y no ideológicos que el pueblo argentino aún conserva.
Milei sale de la semana con dos heridas de distinto origen. Una se la hizo su propia familia y se cura ganando elecciones o cambiando de camarilla. La otra es más vieja que él y no se arregla con votos. Tiene que ver con que una parte del país, incluida una parte que lo vota, sigue creyendo que hay cosas que no se venden y que la tierra encabeza esa lista. El gobierno puede ordenar su interna, reponer el capítulo en Diputados, disciplinar a los gobernadores díscolos. Lo que no puede, al menos por ahora, es convencer a los argentinos de que el suelo que pisan es un activo financiero. Mientras esa distancia siga abierta, cada vez que el liberalismo quiera meter mano en la tierra va a encontrarse con el mismo muro: esa parte de la patria que se niega a ser cotizada como todo lo demás.