Parecía una operación imposible. En plena madrugada, un tren postal cargado de dinero avanzaba desde Glasgow hacia Londres cuando una luz roja apareció en medio del recorrido. El conductor frenó. No había ninguna avería: la señal había sido preparada por delincuentes. Así comenzó, durante las primeras horas del 8 de agosto de 1963, el episodio que pasaría a la historia como el Gran Robo del Tren, uno de los delitos más famosos del siglo XX en Gran Bretaña.
La banda, integrada por unos 15 hombres, había estudiado durante meses los movimientos del servicio postal. Cerca de Leighton Buzzard, manipuló el sistema ferroviario colocando una señal falsa alimentada mediante una batería. Además, cortó los cables del teléfono utilizado para comunicarse con los responsables de la línea.
Cuando el maquinista Jack Mills detuvo la formación, fue atacado y quedó inconsciente. Los asaltantes separaron buena parte de los vagones y obligaron posteriormente al propio conductor a mover la locomotora hasta Bridego Bridge, donde esperaban los vehículos utilizados para llevarse el botín.
El objetivo estaba en los primeros coches: dinero y correspondencia de alto valor transportados por el Royal Mail. Mediante una cadena humana, los ladrones descargaron 120 sacos que pesaban aproximadamente dos toneladas y media.
Se llevaron alrededor de 2,6 millones de libras, una suma extraordinaria para la época. La cantidad era mucho mayor de lo habitual debido al movimiento de efectivo acumulado alrededor de un feriado bancario en Escocia. Después escaparon hacia Leatherslade Farm, una granja alquilada como escondite a pocos kilómetros del lugar. Y allí cometieron el error que arruinó un plan que hasta entonces había funcionado casi perfectamente.

Mientras permanecían ocultos, los integrantes de la banda repartieron el dinero y hasta jugaron al Monopoly utilizando billetes reales. Cuando abandonaron precipitadamente la propiedad, dejaron alimentos, sacos postales, envoltorios y numerosos objetos.
Los investigadores encontraron huellas dactilares en el tablero del Monopoly y hasta en una botella de ketchup. La evidencia permitió avanzar sobre los sospechosos y gran parte del grupo terminó detenida.

Algunos recibieron penas de hasta 30 años de prisión. Uno de los nombres más célebres fue Ronnie Biggs, quien escapó de la cárcel en 1965 y permaneció prófugo durante décadas, buena parte de ellas en Brasil. El cerebro del operativo, Bruce Reynolds, también consiguió huir durante años antes de ser capturado.
A 63 años, el Gran Robo del Tren sigue siendo recordado no solo por la enorme fortuna sustraída, sino por una paradoja: una banda capaz de preparar minuciosamente uno de los robos más audaces de la historia terminó cayendo por las huellas que dejó durante sus días de celebración.