El 9 de agosto de 1914 murió Roque Sáenz Peña. Abogado, diplomático y militar voluntario del Perú durante la Guerra del Pacífico, perteneció a una generación dirigente que había acompañado la consolidación institucional y el crecimiento económico de la Argentina. Su gobierno estuvo condicionado por su frágil estado de salud, pero eso no le impidió impulsar una transformación decisiva del sistema electoral argentino, que comenzó a dejar atrás las prácticas fraudulentas y avanzó hacia una mayor transparencia del sufragio.
El país que le tocó gobernar era profundamente desigual. Aunque los resultados no eran los mismos para todos —por el alto número de excluidos de los beneficios del modelo agroexportador—, la Argentina atravesaba entonces una etapa de fuerte expansión y se había convertido en una de las economías más dinámicas del mundo. Además de la deuda social con los perdedores del modelo agroexportador, detrás de aquella postal de prosperidad existía una deuda política que comenzaba a resultar imposible de ignorar.
El 9 de agosto de 1914 falleció en Buenos Aires, tras una prolongada enfermedad, el doctor Roque Sáenz Peña. Había ejercido la presidencia de la República desde el 12 de octubre de 1910, aunque el deterioro de su salud lo obligó a delegar el mando en el vicepresidente Victorino… pic.twitter.com/HIpf9b6KzU
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Durante las últimas décadas del siglo XIX, el país recibió una enorme corriente migratoria que transformó profundamente a la sociedad. Millones de personas llegaron desde distintos puntos de Europa y trajeron consigo sus idiomas, costumbres y tradiciones, pero también sus ideas políticas, muchas de ellas desconocidas hasta entonces en esta parte del mundo.
En paralelo, cambió la forma de trabajo en las ciudades. La aparición de establecimientos que utilizaban tecnologías que antes no existían y las duras condiciones impuestas por algunos sectores patronales dieron lugar al surgimiento de organizaciones obreras. En ese marco comenzaron a ganar espacio el socialismo y el anarquismo. Al mismo tiempo, las clases medias cuestionaban las prácticas electorales que permitían que el poder político permaneciera concentrado en determinados sectores.

La aparición de la Unión Cívica Radical terminó de colocar la cuestión electoral en el centro de la escena. Las revoluciones radicales de 1890, 1893 y 1905 mostraron que el conflicto ya no podía reducirse a una disputa entre dirigentes. Existía una demanda concreta por elecciones más transparentes y una participación política efectiva. Sáenz Peña comprendió que el sistema necesitaba una modificación profunda y decidió avanzar desde el propio Estado. Su apuesta consistió en reformar las reglas antes que esperar una nueva ruptura institucional.
En 1910, poco después de asumir la presidencia, anunció su decisión de impulsar una reforma electoral de fondo. El objetivo era terminar con las prácticas que condicionaban la voluntad de los votantes y establecer mecanismos capaces de garantizar elecciones más limpias y competitivas.
Después de intensos debates en el Congreso, la iniciativa quedó plasmada en 1912 con la sanción de la Ley 8.871, conocida desde entonces como Ley Sáenz Peña. El hombre que defendió las espaldas del proyecto en el Congreso fue el ministro del Interior, Indalecio Gómez.

La norma estableció el voto secreto y obligatorio para los ciudadanos argentinos varones mayores de 18 años y modificó sustancialmente el escenario político nacional. La reforma representó un cambio decisivo, aunque no significó todavía el sufragio universal en el sentido actual. Las mujeres continuaron excluidas de los padrones electorales y recién obtendrían el derecho al voto varias décadas después.
Aun con esa limitación, la nueva legislación alteró las condiciones de competencia política y redujo las posibilidades de manipulación electoral. La ciudadanía masculina adquirió entonces una herramienta decisiva para intervenir en la definición del poder.
La historia reservó para Sáenz Peña una paradoja difícil de ignorar. El presidente confiaba en que una mayor transparencia electoral permitiría fortalecer la legitimidad del sistema político y consolidar la obra realizada por la dirigencia que había conducido al país durante las décadas anteriores. Sin embargo, la apertura electoral no produjo exactamente el resultado que muchos integrantes de aquella elite esperaban.
La nueva legislación permitió que la Unión Cívica Radical compitiera en mejores condiciones y transformó definitivamente el escenario político. En 1916, Hipólito Yrigoyen llegó a Balcarce 50. El dirigente opositor que durante años había encabezado la resistencia contra el régimen alcanzó el poder con las nuevas reglas electorales impulsadas por Sáenz Peña.
El presidente había promovido la reforma con la idea de que era necesario fortalecer la legitimidad del sistema, pero terminó facilitando el ingreso de una nueva fuerza política a la Casa Rosada. ¿Ingenuidad o exceso de confianza? Nunca lo sabremos porque no vivió lo suficiente para ver el resultado de su obra. Lo cierto es que el triunfo de Yrigoyen marcó el fin de la hegemonía política de la Generación del 80 y el comienzo de una nueva etapa en la historia argentina.
La gestión de Sáenz Peña estuvo condicionada por su delicado estado de salud. El presidente padecía una enfermedad que fue deteriorando progresivamente su capacidad para ejercer las funciones del cargo y, durante sus últimos años, su participación en la conducción cotidiana del Poder Ejecutivo quedó severamente limitada.
A pesar de ello, su gobierno quedó asociado a una transformación institucional que tendría efectos mucho más duraderos que su propia administración. La reforma electoral se convirtió en el principal legado de una Presidencia breve y atravesada por la enfermedad.
Finalmente, Sáenz Peña murió en Buenos Aires el 9 de agosto de 1914. El vicepresidente Victorino de la Plaza quedó a cargo del Poder Ejecutivo por dos años y completó el mandato del fallecido mandatario. Para entonces, la Argentina ya había ingresado en un proceso político que no tuvo marcha atrás.