11/08/2026 - Edición Nº1281

Internacionales

Soberanía y geopolítica

La lucha por el territorio: el poder que se esconde detrás de las fronteras

10/08/2026 | Malvinas, Ucrania, el Ártico y el Mar de China Meridional muestran por qué controlar un territorio vuelve a ser una prioridad estratégica.



Hay algo que cambió en la política internacional y que muchas veces queda escondido detrás de las declaraciones diplomáticas: el territorio volvió a ser una herramienta central de poder.

Durante años se instaló la idea de que las fronteras eran una cuestión prácticamente resuelta. La globalización, el comercio internacional y la expansión de las organizaciones multilaterales parecían haber convertido las disputas territoriales en una herencia de otro siglo. Pero el mundo de 2026 está demostrando lo contrario.

Desde las islas del Atlántico Sur hasta el Mar de China Meridional, pasando por Ucrania y el Ártico, los Estados vuelven a mirar el mapa con una pregunta muy concreta: ¿quién controla este territorio y qué puede obtener de ese control?

La respuesta ya no pasa solamente por una bandera.

Un territorio puede significar acceso a petróleo y gas, minerales críticos, rutas marítimas, reservas pesqueras, agua, infraestructura, puertos o posiciones militares. Y en un escenario internacional marcado por la competencia entre grandes potencias, cada uno de esos elementos puede convertirse en una ventaja estratégica.

File:Map of Territorial Disputes.svg

Los principales focos de disputa territorial muestran cómo la geografía continúa siendo una herramienta de poder.

Malvinas: cuando una disputa territorial supera las islas

Para Argentina, la cuestión territorial tiene un nombre imposible de separar de su política exterior: Malvinas.

La disputa con el Reino Unido continúa siendo uno de los conflictos de soberanía más persistentes del sistema internacional. En junio de 2026, el Comité Especial de Descolonización de Naciones Unidas volvió a llamar a ambos países a reanudar las negociaciones para encontrar una solución pacífica y definitiva. Buenos Aires ratificó su reclamo sobre Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes.

Londres, en cambio, mantiene una posición diametralmente opuesta y sostiene el principio de autodeterminación de los habitantes de las islas, además de afirmar que su presencia militar en el Atlántico Sur tiene carácter defensivo.

Pero reducir el conflicto a una discusión histórica sería quedarse en la superficie.

El Atlántico Sur tiene valor estratégico.

Las islas están ubicadas en una zona de enorme importancia marítima y próxima a espacios con potencial pesquero, energético y logístico. Por eso, cuando se habla de soberanía territorial, también se está hablando de los espacios marítimos que esa soberanía puede proyectar.

Ese es uno de los motivos por los que una disputa que comenzó hace casi dos siglos continúa teniendo relevancia geopolítica.

Y también explica por qué cualquier movimiento militar, diplomático o económico alrededor de las islas puede generar una reacción política en Buenos Aires o Londres.

En julio, por ejemplo, la Argentina presentó una protesta formal por movimientos del HMS Medway hacia la costa continental argentina. El episodio volvió a demostrar algo que suele olvidarse: en las disputas territoriales, incluso un movimiento aparentemente menor puede adquirir significado estratégico.

Ucrania y la lógica de conquistar territorio

Si existe un ejemplo contemporáneo que demuestra hasta qué punto la geografía continúa condicionando la política internacional, es Ucrania.

La guerra modificó fronteras de facto, desplazó poblaciones y transformó determinadas regiones en piezas centrales de una negociación que excede ampliamente a Moscú y Kiev.

El territorio no es allí una recompensa simbólica. Controlar determinadas zonas implica modificar líneas defensivas, asegurar corredores, acercarse o alejarse de centros industriales y ejercer presión sobre las futuras condiciones de cualquier acuerdo.

Por eso, cuando se discute una eventual negociación de paz, una de las preguntas más difíciles no es solamente cuándo terminarían los combates.

Es qué territorio quedaría bajo el control de cada parte.

Y esa pregunta tiene consecuencias mucho más amplias. Cualquier modificación territorial surgida de una guerra de estas características puede convertirse en precedente para otros conflictos y alterar la percepción sobre los límites entre soberanía, fuerza militar y negociación.

El Mar de China Meridional: cuando unas islas valen mucho más que su tamaño

En Asia, el territorio adquiere otra dimensión.

El Mar de China Meridional es uno de los escenarios donde más claramente se observa cómo una disputa por pequeños accidentes geográficos puede transformarse en una confrontación entre grandes potencias.

China mantiene amplias reivindicaciones sobre la zona, mientras Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunei y Taiwán también tienen reclamos sobre distintos espacios. Estados Unidos, aunque no reclama territorio allí, considera fundamental la libertad de navegación y mantiene una fuerte presencia militar en la región.

La tensión volvió a aumentar durante 2026. Filipinas protestó por la presencia de estructuras y personal chino en el área de Scarborough Shoal, mientras Washington reafirmó su respaldo a Manila.

Lo interesante es que el conflicto no se desarrolla solamente con buques de guerra.

También existe una batalla por infraestructura, presencia permanente, vigilancia, pesca, legislación y control efectivo.

Ese detalle resulta fundamental.

En geopolítica, ocupar o administrar físicamente un espacio puede generar una realidad que luego resulta mucho más difícil de modificar diplomáticamente.

Por eso los pequeños arrecifes y bancos de arena pueden convertirse en piezas de un tablero enorme.

El Ártico: el nuevo mapa que todavía se está escribiendo

Hay otro territorio que podría adquirir una importancia todavía mayor durante las próximas décadas: el Ártico.

El deshielo está modificando las condiciones de navegación y facilitando el acceso a zonas que durante siglos permanecieron prácticamente inaccesibles. Al mismo tiempo, el área concentra recursos naturales y tiene una enorme importancia estratégica.

Rusia, Estados Unidos, Canadá, Dinamarca —a través de Groenlandia— y Noruega tienen intereses directos en la región.

Pero el Ártico también demuestra que la nueva disputa territorial no necesariamente tiene la forma clásica de un ejército cruzando una frontera.

Puede aparecer como una discusión sobre plataformas continentales, rutas marítimas, explotación de recursos, infraestructura, investigación científica o presencia militar.

El mapa del Ártico todavía está en construcción.

Y quien consiga establecer una posición dominante en esa región no solamente tendrá acceso a recursos: también podrá ganar influencia sobre futuras rutas comerciales entre Europa y Asia.

El territorio ya no termina en la frontera

La gran transformación de la geopolítica contemporánea es que el territorio dejó de ser entendido exclusivamente como tierra firme.

El mar importa.

El fondo oceánico importa.

Los estrechos importan.

Los puertos importan.

Las plataformas continentales importan.

Y también importan los corredores que conectan un territorio con otro.

Por eso, detrás de una disputa territorial aparentemente pequeña puede esconderse una discusión mucho más grande sobre energía, comercio, seguridad y proyección de poder.

El caso del Mar de China Meridional lo demuestra con claridad. Las rutas marítimas de la región son esenciales para el comercio mundial y cualquier alteración importante tendría consecuencias que excederían ampliamente a los países directamente involucrados.

Lo mismo ocurre con el Atlántico Sur. Para Argentina, Malvinas no es solamente una cuestión histórica o identitaria: forma parte de una discusión más amplia sobre soberanía, recursos y presencia estratégica en una zona marítima de enorme extensión.

La verdadera batalla es por el control

Quizás el cambio más importante sea este: en el siglo XXI, la discusión territorial ya no se limita a preguntar de quién es un territorio.

La pregunta más incómoda es otra:

¿Quién puede ejercer realmente el control sobre él?

La diferencia entre soberanía jurídica y control efectivo atraviesa buena parte de los conflictos actuales.

Un Estado puede reclamar un territorio durante décadas. Puede tener argumentos históricos, jurídicos y diplomáticos. Pero si otro actor mantiene presencia física, infraestructura, capacidad militar o control económico, la realidad sobre el terreno puede ser muy diferente.

Ese es uno de los grandes desafíos del sistema internacional.

Porque las fronteras pueden estar reconocidas en los mapas, pero el poder se mide muchas veces en lo que sucede dentro de ellas.

El mundo vuelve a mirar el mapa

La paradoja es evidente.

Mientras las sociedades avanzan hacia una economía cada vez más digital, mientras la inteligencia artificial modifica industrias enteras y mientras las comunicaciones parecen borrar las distancias, la geografía recupera protagonismo.

Los Estados siguen necesitando puertos. Siguen necesitando recursos. Siguen protegiendo fronteras. Siguen compitiendo por rutas comerciales y posiciones estratégicas.

Y, sobre todo, siguen entendiendo que perder territorio puede significar perder poder.

Por eso las disputas territoriales que aparecen en distintos puntos del planeta no deberían analizarse como conflictos aislados.

Malvinas, Ucrania, el Mar de China Meridional y el Ártico parecen historias completamente diferentes. Sin embargo, detrás de todas ellas existe una misma pregunta: quién tendrá capacidad para decidir qué ocurre en un determinado espacio del planeta.

Esa puede ser una de las claves para entender la geopolítica que viene.

Porque quizás el mundo haya cambiado mucho desde el siglo XX, pero hay una vieja regla que todavía permanece intacta: quien controla el territorio, controla una parte del poder.

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