Durante décadas, la familia real de Noruega construyó una imagen de estabilidad, cercanía y bajo perfil. Pero esa reputación atraviesa uno de sus momentos más delicados. La condena contra Marius Borg Høiby, hijo de la princesa heredera Mette-Marit, volvió a colocar a la Casa Real en el centro de una crisis que ya no parece limitarse a un problema familiar.
El Tribunal de Distrito de Oslo decidió esta semana mantener durante otras cuatro semanas la prisión preventiva de Høiby bajo control electrónico. El joven de 29 años permanece en Skaugum, la propiedad vinculada a los príncipes herederos, y solo puede abandonar el lugar bajo determinadas condiciones.

La medida llegará hasta el 7 de septiembre. La Justicia considera que todavía existe riesgo de reincidencia, mientras la defensa cuestionó la continuidad de las restricciones.
Høiby fue condenado en junio a cuatro años de prisión después de un juicio seguido con enorme atención en Noruega. El tribunal lo declaró culpable de dos violaciones, violencia contra una expareja y numerosos delitos adicionales. La sentencia fue apelada y todavía no está firme.
Marius no posee título real ni ocupa funciones institucionales. Sin embargo, creció dentro del entorno de la Corona desde que su madre contrajo matrimonio con el príncipe heredero Haakon en 2001. Esa cercanía convirtió el proceso judicial en un asunto difícil de separar de la imagen pública de la familia.
El impacto resulta especialmente sensible para Mette-Marit. La princesa heredera está llamada a convertirse en reina consorte cuando Haakon suceda al rey Harald V, pero durante 2026 también quedó involucrada en otra controversia por sus antiguos contactos con Jeffrey Epstein.
La aparición de nuevas referencias a esos vínculos provocó críticas y llevó a Mette-Marit a pedir disculpas públicamente. Reconoció que había tenido contacto con Epstein después de que el financista estadounidense ya hubiera sido condenado por delitos sexuales y admitió haber mostrado un mal criterio.

Los escándalos coincidieron con un deterioro de la confianza pública. Una encuesta difundida a comienzos de año mostró que el 61% de los noruegos quería conservar la monarquía, frente al 72% registrado anteriormente. El respaldo a una república alcanzó el 27%.
La situación de Mette-Marit resultó todavía más delicada: ante la pregunta sobre si debería convertirse en la próxima reina, el 44% respondió que no y apenas el 33% se mostró a favor. Aun así, el sistema conserva respaldo político. En febrero, el Parlamento rechazó ampliamente una propuesta para reemplazar la monarquía constitucional por una república.
Noruega recuperó su independencia en 1905 y eligió entonces como rey al príncipe danés Carlos, que asumió como Haakon VII. Más de un siglo después, la Corona continúa siendo una institución central del país.

Haakon sigue primero en la línea de sucesión y su hija Ingrid Alexandra ocupa el segundo lugar. Mientras Mette-Marit se recupera además del trasplante de pulmón al que fue sometida en junio, la futura pareja real enfrenta una presión poco habitual.
El problema ya no es solamente qué ocurrirá con Marius Borg Høiby. La pregunta que empieza a instalarse es cuánto daño pueden soportar los futuros reyes antes de que los escándalos familiares alteren definitivamente la relación entre la sociedad noruega y la Corona.