12/08/2026 - Edición Nº1282

Agro

MÁS ALLÁ DEL VIRAL

La emotiva historia detrás de la llama del Dibu Martínez: 30 años de trabajo, amor y campo

12/08/2026 | Santiago Ranciari cría llamas en Pehuajó y las convirtió en parte central de su familia, su rutina y su vida.



Un video de ocho segundos bastó para que Santiago Ranciari volviera a comprobar que los llamas tienen algo especial. Emiliano “Dibu” Martínez apareció caminando junto a una de ellas en su campo de Sierra de los Padres, cerca de Mar del Plata, y la escena se volvió viral.

A Ranciari lo llamaron desde distintos puntos de la Argentina, Perú, Colombia, México y otros lugares. Llegaron cientos de miles de comentarios y hasta hubo quienes buscaron algún mensaje oculto sobre aquella final del mundo perdida con España detrás de aquel paseo. Pero no había ningún misterio: esa llama había nacido en su campo de Pehuajó y el vínculo con el arquero de la Selección se había construido muchos meses antes.

“Cuando vi el video dije: qué lástima que no dijo el nombre nuestro”, contó. Y enseguida agregó: “Hoy estoy agradecidísimo que no lo haya dicho, porque si no se te queda violeta el teléfono” bromeó.

La anécdota del Dibu es apenas la puerta de entrada a la historia de Ranciari. Porque Santiago es productor ganadero, pero también fue payaso infantil durante más de 25 años, escribió un libro, juega al fútbol senior y hace tres décadas encontró en las llamas una pasión que terminó convirtiéndose en una parte central de su vida.

Él mismo tiene una definición para explicarlo: “Soy triple P: padre de familia, productor ganadero y payaso”.

Y esa mezcla de mundos explica bastante de lo que vino después. Porque Ranciari no llegó a las llamas buscando solamente una alternativa productiva. Le gustaban desde chico. Y cuando finalmente consiguió una, descubrió que podían acompañarlo también en su otra vida, la de artista infantil.

La primera llama se llamó “Luchi”

Ranciari nació y creció cerca de la actividad ganadera. Sus padres eran productores y él terminó dedicándose a la cría de Aberdeen Angus colorado. Pero desde chico tuvo una fascinación especial por los animales.

“Crío todo menos murciélagos, no me gustan. Después me encantan todos los animales”, cuenta entre risas.

Hace unos 30 años decidió buscar llamas, algo que por entonces no era muy habitual en la provincia de Buenos Aires. “Me gustaron mucho las llamas de chiquito y las busqué mucho, durante mucho tiempo y no encontraba porque en la provincia de Buenos Aires no es normal que haya llamas. Puede ser normal pero no habitual, diríamos, y no en tanta cantidad como ahora puedo tener”, recuerda.

Después de mucho andar consiguió una. No duró demasiado: murió en un accidente doméstico. Pero Ranciari volvió a insistir hasta que apareció una llamita cuya madre había muerto.

El hombre que se la entregó se llamaba Luis.

“Bueno, vamos a una cosa, ¿cómo se llama usted?”, le preguntó Santiago.

“Luis”.

Entonces decidió que la llama se llamaría Luchi.

La historia no terminó ahí. Luchi terminó siendo famosa en Pehuajó. Tenía un tema musical, caminaba sola por las calles, todo el mundo la conocía y acompañaba a Ranciari cuando trabajaba como payaso

“Esa llamita que yo te decía que se llamaba como el hombre que me la había dado, era un personaje de la ciudad y yo la asocié enseguida a mi trabajo con los niños, de manera que me acompañaba, iba dentro de un auto si era necesario, iba a la par de la bicicleta de payaso, fue un boom en ese momento”, cuenta.

Santiago Ranciari cría llamas en Pehuajó y las convirtió en parte central de su vida

Después llegaron más. Y más. Hoy tiene alrededor de 40. Todas tienen nombre y muchas llevan nombres de personas, elegidos según el santo del día en que nacen. Hay una que se llama Telesforo, por ejemplo.

“Me encanta ir por el campo y las llamas vienen conmigo, van al lado mío, las conozco una por una”, cuenta.

Aprender a entenderlas

Ranciari no solo las conoce: también aprendió a entenderlas. “Para mí las llamas no te digo que son como en la India, como las vacas que son sagradas, pero casi casi” comenta.

El conocimiento sobre las llamas no vino de un manual ni de una formación específica. Lo aprendió sobre la marcha, como tantas otras cosas en su vida. “Como mi actividad con los niños, autodidacta esto también”, explica.

La primera llama, por ejemplo, le enseñó algo que después sería fundamental para su crianza: no se amansa como cualquier otro animal. “A la llama hay que amansarla desde un bozal, no desde el cogote como cualquier animal que pueda amansar. Y fuimos aprendiendo mucho”, relata.

Con el tiempo empezó a reconocer sus comportamientos, sus gestos y hasta sus silencios.

Hay una creencia que siempre aparece cuando alguien habla de llamas: que escupen. Ranciari no lo niega, pero explica que es bastante más complejo. “Hay un mito que escupe en la llama, no me guardas, aléjate que escupe. Sí, es cierto que escupe en la llama, pero escupe en momentos de última instancia. Cuando uno va a sacar un llamito recién nacido, o cuando se siente agredida, o cuando un macho, por ejemplo, está peleando con otro, sí, se escupen” aclara.

Y antes de hacerlo, avisan. “Una llama antes de escupirte te advierte varias veces. Primero te lo dice con la mirada, después te agacha las orejas, se recluye y si vos seguís avanzando ahí te escupe” asegura.

Todas tienen nombre y muchas llevan nombres de personas, elegidos según el santo del día en que nacen

Para Ranciari, esa relación cotidiana terminó convirtiéndolas casi en compañeras. “Yo nunca comí una llama mía, aunque son muy ricas por cierto, pero no me da para matarlas, son mis compañeros” resume.

También las describe como animales extraordinariamente particulares. Tienen un lugar determinado para hacer sus necesidades, otro donde se revuelcan y hasta una forma particular de proteger su fibra. “Son animales malamente simpáticos, pero además ordenaditos”, dice.

Y detalla que cuando hace calor se revuelcan en un lugar que ellas mismas limpian porque generan una grasitud en la fibra que después las ayuda a soportar una lluvia fuerte. “Son animales precolombinos, ellos estaban antes de la conquista. Para mí son animales demasiado simpáticos”, insiste.

Pero hay algo que para él las distingue por encima de todo: la docilidad. “A la llama le encanta el contacto, es un bichito que no dispara, mientras que vos lo trates bien, no pasa nada” destaca.

Una llama en el hospital

Esa relación con las personas abrió una segunda puerta en la historia de Santiago Ranciari. Con el tiempo descubrió que algunas llamas tenían una sensibilidad especial para el contacto y comenzó a llevarlas a centros asistenciales. “Ellas tienen el instinto de venir a darte un beso, a ejercer el tacto con sus labios leporinos. Ellas tienen labios leporinos arriba, y te tocan en la cara, te tocan el cuello” menciona.

Una llama puede parecer una mezcla extraña para alguien que nunca vio una de cerca. “Para una persona que por ahí está internada en su casa, o un niño que le aparece una llama que es una mezcla de jirafa pequeña con oveja grande, los sentidos se exacerban”.

Ranciari comenzó a identificar a las que tenían esas condiciones y a prepararlas para ese tipo de actividad.

Uno de los capítulos de su libro 200 días de camino se llama justamente “Una llama en el hospital”. Y allí aparece una de las historias que más lo marcó. Durante una visita al hospital de Pehuajó, cuando todavía trabajaba como payaso, conoció a una mujer a la que llamaban La Ñata. Ella quería conocer a Luchi.

Santiago también fue payaso infantil durante más de 25 años

El problema era cómo entrar con una llama a un hospital. “Digo no puedo, ¿cómo voy a entrar la llama al hospital? Y la enfermera que me acompañaba me dice: vamos a darle el gusto”.

Había una puerta lateral. La mujer estaba en una habitación cercana. “Le mostramos la llama y nos vamos. Ella estaba en una habitación cercana a la puerta, la señora la vio y le dijo: ‘Te estaba esperando, Luchi’”. La llama se acercó y le dio un beso. La mujer la abrazó. “Eso fue una locura para mí” resume.

También es producción

La pasión por las llamas nunca estuvo separada de su condición de productor. Ranciari encontró en esos animales una posibilidad productiva que, según explica, todavía tiene mucho margen para desarrollarse.

Son animales de triple propósito: carne, fibra y trabajo. En su caso, sin embargo, uno de los grandes problemas aparece cuando llega el momento de agregar valor a la lana.

“Tristemente la lana a nosotros muchas veces la hemos tenido que tirar. Porque no hay hilanderas, no existen hilanderas que se dediquen masivamente a la lana de llama” advierte.

La diferencia entre la fibra recién esquilada y el producto terminado puede ser enorme. “Una cosa es esquilar dos o tres que esquilar 40, que son ciento y pico kilos de lana”.

Y ahí aparece una paradoja: la materia prima puede valer poco en origen, pero multiplicar su valor cuando se transforma. “El valor de recién esquilado es ínfimo, pero el valor de un kilo de lana hilado es, qué sé yo, si digo 150 veces mayor a lo que te dan así nomás. Y ni te cuento cuando esa lana está trabajada, o sea que termina en un chaleco, termina en un poncho en telar, la diferencia es sideral”.

También está la carne. “Es una carne cinco tenedores”, define. Es muy apreciada en restaurantes de primer nivel y tiene consumo en el norte argentino, aunque para desarrollar una producción a mayor escala hace falta volumen.

Por ahora, muchas de sus llamas cumplen una función ornamental: terminan en cascos de estancias o casas de campo. Y otras, simplemente, son parte de su vida.

Las “Messi” y el golpe de los perros cimarrones

Ranciari llegó a tener cinco llamas que apodó como “Las Messi”. No era solamente un homenaje futbolero. Las había elegido porque tenían características especiales para acompañar a personas.

“Tenía cinco que se llamaban las Messi, cualquiera de las Messi, haciendo referencia al jugador, porque eran de una calidad superlativa. Ellas tenían que subir un ascensor, y subían, iban con nosotros en el auto sin problema, eran chiquitas”.

Eran particularmente dóciles. Pero esa misma característica terminó siendo su debilidad. Cuando una jauría de perros cimarrones atacó el campo, fueron las primeras en morir.

“Me mataron como 10, 12, 15 un día solo, me hicieron un desastre”, recuerda. El ataque ocurrió hace alrededor de una década y todavía intenta recuperar aquel plantel. La reproducción de las llamas es lenta: la gestación dura casi un año y las crías son vulnerables durante los primeros meses.

“Las primeras, si la mamá no tiene garra para defenderlo, a veces es presa de los caranchos o es presa de los zorros, y ni que hablar de los perros salvajes”.

Es otra de las caras de una actividad que desde afuera puede parecer pintoresca, pero que también tiene las dificultades propias de cualquier producción ganadera.

La pasión tampoco quedó solamente en Santiago. Junto a su esposa Carolina, tiene tres hijas que crecieron entre las llamas y que comparten ese vínculo con los animales. “Nosotros vamos con mis hijas. Yo tengo tres niñas y nada, los chicos son muy amigos de las llamas”, cuenta.

Ellas también son parte de esa historia puertas adentro y administran la cuenta de Instagram Llamatiivas, desde donde muestran el día a día de los animales, sus particularidades y buena parte de la vida que transcurre alrededor del campo.

Para Ranciari, esa continuidad familiar es otra de las razones por las que las llamas dejaron de ser simplemente una actividad productiva. Son parte de la vida cotidiana y de una historia que comenzó hace tres décadas con Luchi y que hoy comparten también sus hijas.

El fútbol, Zambia y el camino hasta el Dibu

El vínculo con Martínez empezó por otra pasión de Santiago: el fútbol. Tiene 52 años y ataja en una categoría para mayores de 50. Cada fin de semana suele salir con una camiseta distinta de algún arquero consagrado.

Ya había logrado contactar a Sergio Goycochea y René Higuita. Le faltaba el Dibu. A fines del año pasado consiguió el contacto de su representante, Gustavo Goñi, productor ganadero de la zona de Benito Juárez. Y rápidamente encontraron un idioma común: hablar de vacas, producción y campo.

“Yo soy ganadero, a mí me gusta la cría y siempre digo que el ganadero, antes de ser ganadero, tiene que ser aguerrido. Muchas veces no se ganan las batallas y muchas veces hay que perseverar” resume. 

Para Ranciari, el productor mira mucho más lejos que el presente. “El ganadero mira, no seis meses adelante, mira tres años y medio adelante, porque una ternerita que nace hoy recién te va a dar un ternero para vender dentro de tres años y medio casi, lo que dura una gestión presidencial”. En ese contexto nació la idea de regalarle una llama al Dibu.

Pero la relación también tuvo una historia futbolera bastante insólita. En marzo, la Argentina había jugado un partido contra Zambia preparatorio para el Mundial. “Esto es muy risueño. Y le digo a Gustavo: pero Zambia, si no sabés ni dónde queda en el mapa, háganle partidos más difíciles. ¿Por qué no jugamos contra nosotros, el senior +50? Por ahí capaz que le hacemos más fuerza” menciona entre risas.

La broma tenía una segunda parte. “Le digo: pero hay algo bueno, seguramente no le van a llegar nunca a Emiliano —por el equipo de Zambia— y los guantes van a estar nuevitos. Te los encargo, pedile a Emiliano, que van a ser para mí un regalo bárbaro”.

El pedido quedó dando vueltas. Hasta que un día llegó el mensaje. “Santiago, estoy en Buenos Aires, decime el lugar donde lo puedo dejar algo. Tengo un regalo para vos”. Eran los guantes originales que Martínez había utilizado contra la selección africana. 

Ranciari los recibió como un tesoro. “En la mano izquierda dice Santi, Santino y Ava, que son sus hijos, en la derecha dice familia Martínez, porque fíjate que cuando le hagas zoom a cualquier partido de Emiliano tiene los guantes siempre personalizados” señala. 

Y después llegó la inevitable exageración de amigo futbolero: “Yo tengo los guantes con el ADN del campeón del mundo” presume.

Solo los usó unos minutos en una final y después los guardó. Ahora van a ir a un cuadro y quedarán como un hermoso recuerdo”.

La llama que terminó siendo Messi

El intercambio tenía una deuda pendiente: Ranciari había prometido regalarle una llama. Había preparado a Chesterfield, un llamo blanco con lunares grises, marrones y negros que iba a llevar a la Expo Rural de Palermo. Pero desde el entorno de Martínez le habían pedido una hembra.

“No teníamos. Le dijimos: no, ni para el Dibu Martínez ni para el Papa, no para nadie”. Pero cuando fueron a buscarla, cargaron una hembra blanca preciosa preñada que el arquero no esperaba.

Martínez ya conocía a Chesterfield. Antes del Mundial, Ranciari le había mandado un video para mostrarle cómo estaba. Y hasta le habían enviado otro regalo virtual, bastante más argentino: imágenes de un costillar.

“Le dijimos: no te preocupes por el dedo –a propósito de su lesión-, cuando termine el Mundial te llevamos la llama y nos comemos este costillar, como para darle un poco de ánimo”.

El arquero quería armarse su propio espacio con llamas en el campo de Sierra de los Padres. La llama finalmente llegó. Y los hijos de Martínez hicieron lo que hacen los chicos: le cambiaron el nombre. Chesterfield pasó a llamarse Messi.

“Si te ponés a mirarlo, es medio petizo o de estatura media y tiene el porte de Messi, así que está bien bautizado”, se ríe Ranciari.

El video que explotó y los mensajes más insólitos

Después llegó el video. Ocho segundos. El Dibu caminando junto a una llama. Nada más. Y eso fue suficiente para que la historia explotara. “Cuando yo vi el video lo vi caminando, era un video de ocho segundos que no hablaba nada y yo digo qué lástima que no dijo el nombre nuestro. Y yo hoy estoy agradecidísimo que no lo haya dicho, porque si no se te queda violeta el teléfono”.

La repercusión fue inmediata. “Nos han llamado radios de Perú, de Colombia, de México, de todos lados. Esos ocho segundos que publicó su manager, había muchas cosas que yo luego miraba, algunos comentarios, porque son cientos de miles, diría que no llegan a un millón”.

Y ahí apareció el costado más divertido de la historia. Algunos usuarios estaban convencidos de que el paseo escondía un mensaje. “Algunos decían: qué mensaje tendrá, esto es un mensaje escondido que está paseando una llama, que no tiene nada que ver con la final del Mundial”. La realidad era bastante más sencilla: todo había sido planeado desde diciembre del año anterior.

Pero entre los comentarios hubo uno que Ranciari recuerda especialmente: “El Dibu paseando a Lamine Yamal”, sonríe. El chiste resume bastante bien el efecto que produjo aquella imagen: el arquero campeón del mundo, famoso por sus atajadas, sus festejos y su personalidad, caminando tranquilamente por el campo con una llamita al lado.

Para Ranciari, sin embargo, la repercusión tuvo un significado más profundo. “Para mí fue una alegría. Nosotros somos productores ganaderos, estamos a la par de las cuestiones del país y tratando de tirar para adelante. Es una caricia al alma”.

La escena viral terminó poniendo el foco en una historia que llevaba décadas desarrollándose lejos de las cámaras.

Santiago cría llamas, pero también cría vacas. Escribe sobre el campo, juega al fútbol y atesora los guantes que le regaló el Dibu. Fue payaso durante más de 25 años y convirtió a una de sus primeras llamas en una compañera de trabajo.

También escribió 200 días de camino, un libro que nació durante una de las épocas más difíciles de la ganadería. “Habla de un combate que tuvimos con la seca, que tuvimos que cuidar las vacas del costado de la ruta durante más de 200 días”, relata.

Durante esos primeros 200 días escribió día por día las dificultades que atravesaba. Empezó pensando en el Martín Fierro y terminó contando también historias de su vida y de la producción.

Uno de los capítulos se llamó “¿Y para qué las tenés?” en referencia a las llamas.  La pregunta se la hacen seguido cuando ven las 40 animales juntos en el campo de Pehuajó.

“Vos pasás por la Ruta 226, en el kilómetro 500, y vas a ver un lote de llamas importantes. No es lo mismo ver uno o dos que ver 40 juntas y de diferentes colores y tamaños” valora.

¿Y para qué las tiene? “En principio las tengo porque es muy agradable a la vista. Es un animal que a mí me agrada desde siempre. Y yo siempre digo que no tengo dinero en la vida, yo adquiero beneficios de verla, de compartir”.

Después está la producción, claro. Y la convicción de que todavía hay mucho para hacer.

“Hay que propiciar la labor rural y siempre digo no todo es plata aunque hace falta. El campo argentino es extremadamente variado, totalmente abundante y hay que producirlo con criterio” propone.

Y entonces aparece la frase que resume su mirada: “Para mí en el campo argentino está la llave para la alimentación del futuro del mundo” asegura.

Hace tres décadas, cuando Ranciari encontró aquella pequeña llama cuya madre había muerto, no sabía que terminaría teniendo unas 40, que algunas entrarían a hospitales, que otras se llamarían Messi, que una llegaría al campo del arquero campeón del mundo y que, algún día, el Dibu aparecería paseándola frente a una cámara  para que la vean decenas de miles de personas.

Ahora una de ellas camina junto a la familia Martínez por Sierra de los Padres. Y ya no se llama Chesterfield. Se llama Messi.