La posesión de Abelardo de la Espriella volvió a colocar a la Corona española en una ceremonia latinoamericana el 7 de agosto de 2026. Felipe VI asistió en Cali acompañado por el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. La Casa Real registró la visita como su participación número 22 en una investidura iberoamericana desde su proclamación en 2014.
Javier Milei también participó y se reunió con el monarca, pero esa coincidencia no supone una adhesión española al nuevo gobierno colombiano. La fotografía, sin embargo, volvió a mostrar algo que se repite con sorprendente regularidad cada vez que cambia el poder en América Latina: presidentes van y vienen, cambian las ideologías, pero el rey de España permanece.
Desde 1996, el entonces príncipe de Asturias asumió de forma habitual esta representación para España. En Colombia, la ceremonia de De la Espriella fue la sexta transmisión presidencial a la que asistió y la primera había sido en 1998. Como rey acompañó investiduras de dirigentes tan distintos como Andrés Manuel López Obrador, Luiz Inácio Lula da Silva, Gabriel Boric, Javier Milei y José Antonio Kast.
Esa continuidad adquiere ahora otra dimensión. América Latina atraviesa una nueva rotación política y en buena parte de la región emergieron gobiernos de derecha o centroderecha con posiciones muy diferentes a las del Ejecutivo socialista español. Milei en Argentina, Kast en Chile, De la Espriella en Colombia, Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Noboa en Ecuador y Santiago Peña en Paraguay forman parte de ese nuevo escenario.
Felipe VI, en cambio, no necesita cambiar de partido ni ganar una elección para seguir sentado frente al próximo presidente. Esa permanencia constituye una de las herramientas más particulares de la diplomacia española. La Moncloa cambia, América Latina cambia y el rey sigue ahí.
Su presencia responde al diseño constitucional español y no a una potestad sobre las repúblicas anfitrionas. El artículo 56 de la Constitución le asigna la más alta representación de España en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica. El Gobierno, por su parte, conserva la dirección de la política exterior.
Felipe VI no decide por sí mismo la diplomacia española ni interviene en los traspasos de mando que presencia. Pero reducir su papel a una cuestión estrictamente protocolar también dejaría afuera una parte importante del fenómeno.
Cada investidura le permite a España renovar contacto directo con el nuevo poder antes incluso de que comience a desgastarse la relación cotidiana entre gobiernos. El rey saluda al mandatario que se va, conoce al que llega y mantiene abierta una vía institucional que puede sobrevivir a las peleas partidarias, los cambios electorales e incluso las crisis diplomáticas.
Usar la palabra “virreinato” en este contexto es, naturalmente, una provocación histórica. Un virrey gobernaba un territorio de la Corona en nombre del monarca. Felipe VI no gobierna, no legisla ni posee jurisdicción alguna sobre América Latina, integrada por Estados soberanos.
Pero el poder del siglo XXI tampoco necesita parecerse al del siglo XVIII. España perdió hace más de dos siglos la capacidad de decidir quién gobierna esos territorios, aunque conservó otra cosa: capacidad de acceso.
Embajadas, inversiones, empresas españolas, migraciones, cooperación, universidades, cultura, idioma y la propia arquitectura política iberoamericana conforman una red que ninguna elección presidencial puede borrar de un día para otro. Dentro de esa estructura, la Corona funciona como uno de los pocos actores permanentes.
De ahí que el concepto de poder blando resulte útil para entender el fenómeno. No existe mando coercitivo, pero sí influencia a través del prestigio, la cultura, la economía, las relaciones institucionales y una historia compartida que, según el país y el momento político, puede funcionar tanto como puente como fuente de conflicto.
La diferencia con el antiguo virreinato es enorme, pero también ayuda a explicar la ironía del título: Madrid ya no puede dar órdenes en América Latina, aunque procura no perder nunca la posibilidad de sentarse a conversar con quien tenga el poder.
México dejó en claro en 2024 que la presencia del monarca no es automática. Claudia Sheinbaum no invitó a Felipe VI a su investidura y España decidió no enviar representación, en medio de una disputa que venía desde el pedido de Andrés Manuel López Obrador para que la Corona reconociera agravios cometidos durante la conquista.
El episodio demostró que cada república puede aceptar, limitar o directamente rechazar esa presencia. También mostró que la red española tiene límites: la Corona posee influencia, pero no obediencia.
Dos años más tarde, sin embargo, la relación volvió a moverse. El 25 de junio de 2026, Sheinbaum recibió a Felipe VI en el Palacio Nacional. La recomposición no borró el conflicto previo ni clausuró la discusión histórica, pero demostró que incluso una crisis vinculada directamente con el pasado colonial puede terminar nuevamente alrededor de una mesa.
Ahí aparece quizás la característica más importante de esta diplomacia: su capacidad para esperar. Un presidente latinoamericano tiene cuatro, cinco o seis años de mandato. La Corona española juega con tiempos diferentes.
El próximo gran escenario será la Cumbre Iberoamericana de Madrid del 4 y 5 de noviembre. Allí volverán a confluir gobiernos de orientaciones políticas radicalmente diferentes dentro de una estructura en la que España continúa ocupando una posición central.
Presidentes de izquierda, derecha y centroderecha podrán enfrentarse sobre casi todo y, sin embargo, terminarán nuevamente dentro de la misma fotografía institucional.
No hay virreyes ni territorios subordinados. América Latina está formada por repúblicas soberanas y Felipe VI carece de autoridad sobre ellas.
Pero la historia dejó detrás una infraestructura de relaciones que España nunca abandonó del todo. Dos siglos después de las independencias, cada presidente latinoamericano gobierna su propio país. Madrid, mientras tanto, procura seguir teniendo una silla cerca de todos ellos.
Quizás ese sea el verdadero “virreinato” del siglo XXI: no mandar sobre América Latina, sino conseguir que, gobierne quien gobierne, España nunca quede completamente afuera de la mesa.