Somalia enfrenta una nueva aceleración de su crisis de hambre justo cuando dispone de muchos menos recursos para contenerla. La financiación destinada a combatir la desnutrición aguda en algunas zonas del país cayó más de 80% durante 2026, mientras aumentaron con fuerza las consultas y las internaciones de niños.

El panorama es especialmente grave en Baidoa, en el sudoeste. Allí, una evaluación realizada en campamentos de desplazados detectó desnutrición aguda severa en uno de cada cuatro menores examinados. Más de 21.000 chicos de menos de cinco años fueron controlados desde enero y cerca de la mitad presentaba algún grado de desnutrición aguda, una pérdida rápida de peso que puede volverse mortal sin tratamiento.
Los equipos sanitarios admitieron alrededor de 22.000 casos nutricionales en lo que va del año, más de 80% por encima de igual período de 2025. Para responder, el centro terapéutico de Baidoa triplicó su capacidad hasta alcanzar 150 camas. Aun así, los profesionales deben decidir quién puede ingresar y quién debe continuar el tratamiento fuera del hospital. Algunos pacientes dados de alta regresan porque en sus hogares siguen faltando comida y agua segura.
Una encuesta entre familias desplazadas mostró la profundidad del deterioro cotidiano: un tercio logra comer solamente una vez al día y apenas 2% puede pagar tres comidas. La sequía arruinó cultivos y ganado, mientras la violencia vinculada con el grupo islamista Al Shabaab restringe movimientos, mercados y acceso humanitario. Durante los tres primeros meses de 2026, más de medio millón de personas abandonaron sus hogares; aproximadamente 85% eran mujeres y niños.
La dimensión nacional también alarma. Unos 6,5 millones de somalíes quedaron expuestos a niveles críticos de hambre y más de 1,8 millones de menores de cinco años podrían sufrir desnutrición aguda este año. Casi medio millón afrontaría su forma más peligrosa. Enfermedades como sarampión y cólera agravan el riesgo en comunidades con servicios médicos debilitados.

El contraste financiero resume el problema. Las organizaciones humanitarias calculan que cuentan con unos 300 millones de dólares, frente a los 2.200 millones aportados durante la sequía de 2022, cuando Somalia estuvo cerca de una declaración formal de hambruna. Esperar ese diagnóstico significaría llegar tarde: prevenir muertes exige alimentos terapéuticos, agua, vacunas y fondos antes de que las cifras crucen ese umbral.
La urgencia no termina en una campaña de reparto. Recuperar a cada chico requiere semanas de seguimiento y, después, condiciones mínimas para que no vuelva a enfermar. Sin una respuesta sostenida, la misma cama liberada hoy puede ser ocupada mañana por el paciente que acaba de regresar.