El 12 de agosto de 2000, dos explosiones sacudieron al submarino nuclear ruso K-141 Kursk durante unas maniobras en el mar de Barents. La nave cayó al fondo con 118 tripulantes y ninguno sobrevivió. Veintiséis años después, el desastre conserva un lugar doloroso en la memoria de Rusia y sigue asociado al secretismo militar, los errores de rescate y el inicio del poder de Vladimir Putin.
El Kursk pertenecía a la clase Oscar II, enormes submarinos diseñados durante la Unión Soviética para atacar grupos de portaaviones. Medía aproximadamente 154 metros, funcionaba con dos reactores nucleares y llevaba misiles de crucero y torpedos. Participaba en el mayor ejercicio de la Flota del Norte desde la disolución soviética, una demostración con la que Moscú buscaba exhibir recuperación militar tras una década de deterioro.
A las 11:29, una primera detonación ocurrió en la sección de torpedos. Poco más de dos minutos después, una explosión mucho mayor destruyó la proa y fue registrada por estaciones sísmicas. La investigación oficial concluyó que una fuga de peróxido de hidrógeno altamente concentrado en un torpedo de práctica inició el incendio y provocó la detonación de otras armas.
La mayor parte de la tripulación murió de inmediato, pero 23 hombres alcanzaron el noveno compartimiento, en la popa. Una nota escrita por el teniente capitán Dmitri Kolesnikov demostró que seguían vivos varias horas después. Aquellas líneas, recuperadas de su uniforme, transformaron una catástrofe militar en una historia humana de espera dentro de una estructura oscura, inclinada y parcialmente inundada.

La búsqueda comenzó con demora y los vehículos rusos no lograron acoplarse a la escotilla. Moscú tardó días en aceptar asistencia británica y noruega. Cuando buzos noruegos pudieron abrir el acceso, el 21 de agosto, confirmaron que no quedaban sobrevivientes. La Marina fue cuestionada por su equipamiento deficiente, sus anuncios contradictorios y la resistencia inicial a recibir ayuda extranjera.
Putin llevaba pocos meses en la presidencia. Permaneció al principio en un balneario y luego enfrentó a familiares indignados en la base de Vidyayevo. El Kursk se convirtió en su primera gran crisis nacional y dejó al descubierto la distancia entre la imagen de potencia que Rusia deseaba recuperar y el estado real de sus servicios militares.
En 2001, una operación internacional elevó casi todo el casco desde 108 metros de profundidad. Los reactores no sufrieron una fuga catastrófica. El rescate del buque permitió recuperar restos y confirmar la secuencia técnica, pero ninguna persona fue condenada. La memoria del Kursk permanece unida a sus 118 nombres y a una pregunta imposible de cerrar: cuánto cambió la demora las posibilidades de quienes aguardaron en la popa.