El estreno de la bioserie sobre Moria Casán en Netflix no solo trajo de vuelta la nostalgia de la televisión y el teatro de revista de fines de los años 80 y 90, sino que también volvió a encender la chispa sobre una de las figuras más fascinantes y vanguardistas de la cultura argentina: Walter "Batato" Barea. Su conmovedora aparición en la pantalla chica rescata para las nuevas generaciones a un artista multidisciplinario que desafió todas las etiquetas posibles en un momento histórico donde romper el molde requería una valentía feroz.
Nacido en junio de 1961, Batato Barea fue una de las almas fundamentales del Parakultural, el mítico sótano de la calle Venezuela en San Telmo que funcionó como epicentro de la resistencia cultural y artística tras la noche oscura de la última dictadura militar.
Mientras la cultura oficial intentaba acomodarse a los nuevos tiempos democráticos, el underground porteño bullía de poesía, punk, teatro callejero y liberación sexual. En ese territorio sin reglas, Batato no solo encajaba: lideraba la vanguardia. "No soy actor, ni actriz, ni travesti, ni transformista. Soy un clown-literato-dramático", solía definirse a sí mismo para eludir cualquier intento de encasillamiento.
Junto a Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, conformó una trinidad teatral irrepetible. Con números breves, delirantes y cargados de poesía visceral, el trío sacudía las noches porteñas mezclando textos de Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik o Fernando Noy con números de varieté, vestidos chillones, pelucas gigantes y una interacción voraz con el público.
Mucho antes de que existieran conceptos como la identidad no binaria o el arte queer en la conversación masiva, Batato habitaba esos espacios con absoluta naturalidad. Usaba polleras, corpiños, se maquillaba y transitaba la ciudad desafiando los prejuicios de la época. Su figura no solo impactó en los sótanos alternativos: cruzó caminos con grandes estrellas del mainstream y de la farándula (como la propia Moria o Antonio Gasalla), quienes veían en él una autenticidad y un talento escénico magnético que resultaba imposible de ignorar.
Barea falleció en diciembre de 1991, a los 30 años, por complicaciones derivadas del VIH. Sin embargo, su paso por el mundo del arte dejó una huella indeleble. El Centro Cultural Ricardo Rojas bautizó su emblemática sala de espectáculos con su nombre, rindiéndole tributo al artista que transformó la performance en la Argentina. Hoy, la televisión en streaming vuelve a ponerlo en boca de todos. Más que un homenaje de época, la presencia de Batato Barea en la pantalla es un recordatorio necesario de aquel artista que hizo de su propia vida una obra de arte ininterrumpida y libre.