Durante casi dos décadas, Ana Rita Carreras construyó su vida alrededor de un trabajo estable en el PAMI. Con su sueldo pudo criar a su hija, pagar un alquiler, tomarse vacaciones y sostener una vida que, sin lujos, describe como “tranquila”.
Pero en los últimos dos años su situación económica cambió por completo: la pérdida de poder adquisitivo de su salario, el uso creciente de tarjetas de crédito y una cadena de préstamos para cubrir deudas terminaron convirtiéndose en una bola de nieve que ya no pudo detener.
Hoy, a los 58 años, Ana vive con su hija y sus tres nietas en Olavarría, la ciudad donde nació. En diálogo con NewsDigitales, cuenta que tuvo que dejar Mar del Plata porque ya no podía afrontar el alquiler y necesita reorganizar su vida alrededor de una deuda que el banco calculó en $48 millones.
En medio de esa situación apareció un nuevo problema. Ana asegura haber acordado una refinanciación en 82 cuotas bajo un esquema actualizado por UVA, con una primera cuota cercana a los $860.000. Sin embargo, el banco comenzó a informarle un cronograma con cuotas de alrededor de $1,4 millones, correspondiente a otra alternativa de financiación con tasa fija.
Ahora intenta que la entidad reconozca el error y respete las condiciones que ella asegura haber elegido.

Cuando ingresó al organismo, su hija todavía era adolescente. Ana pudo criarla, enviarla a un buen colegio y afrontar un alquiler sin que las cuentas se convirtieran en una preocupación permanente.
"No es que vivía como rica, pero sí podía tener unas vacaciones todos los años. Nunca pude acceder a tener una casa, pero sí podía pagar el alquiler con tranquilidad, mandar a mi hija a un buen colegio y vivir tranquila", recuerda.
Hace ocho años decidió mudarse a la Ciudad de Buenos Aires: “Vivía sola, podía pagar mi alquiler y todos mis gastos", explica. Su hija ya había formado su propia familia y Ana llevaba adelante una vida independiente.
Hace dos años, una situación familiar la llevó a mudarse nuevamente, esta vez a Mar del Plata. Su padre había quedado solo y decidió acompañarlo.
"Al principio viví con él, hasta que después pude alquilar un departamento", relata. Fue allí donde, según cuenta, comenzó su deterioro económico.
Ana ya tenía tarjetas de crédito Visa y Mastercard del Banco Nación. Las había obtenido años atrás y hasta entonces las utilizaba y pagaba con normalidad.
Pero la caída del poder adquisitivo modificó completamente ese escenario: "Nuestro sueldo se planchó en los últimos dos años. Creo que tuvimos un 4% de aumento y se devalorizó terriblemente".
"Empecé a sacar créditos para poder pagar las tarjetas porque empecé a no poder pagar el total. Al principio me quedaba por ahí un puchito, después ese puchito se te hace cada vez más, hasta que empezás a pagar los mínimos", explica.
Los préstamos que ofrecía el banco a través de la aplicación aparecían como opciones preacordadas. En un contexto de creciente necesidad económica, Ana comenzó a tomarlos: "Te los ofrecía fácil por aplicación, así que los empecé a sacar y se me empezó a hacer una bola".
La situación llegó a un punto todavía más delicado cuando las tarjetas dejaron de ser utilizadas únicamente para determinados gastos y comenzaron a convertirse en una herramienta para llegar a fin de mes.
"Yo no usaba las tarjetas para comer. Y la verdad es que hace dos años las empecé a usar un poco más, quizás ya empecé a usar las tarjetas para poder comer porque no me alcanzaba el dinero", cuenta.
La situación familiar también tuvo impacto. Su hija, que vive en Olavarría y tiene tres hijas, atravesó un momento especialmente complejo cuando una de las niñas fue diagnosticada con un síndrome nefrótico y tuvo que ser trasladada de urgencia a Mar del Plata para recibir atención médica.
Para Ana, fue entonces cuando el endeudamiento dejó de ser una herramienta temporal y comenzó a transformarse en una situación estructural.

En agosto del año pasado realizó los últimos pagos de sus tarjetas. Para ese momento, la deuda ya había alcanzado una magnitud que hacía imposible continuar con el esquema anterior.
"Entre las dos tarjetas debía 7 millones y los créditos más o menos eran 12 millones", detalla.
Los préstamos, además, se descontaban directamente de su salario. Ana cobra actualmente alrededor de $2,1 millones de bolsillo, pero durante ese período tenía descuentos por aproximadamente $1,1 millones correspondientes a los créditos.
A eso se sumaba el alquiler de su departamento en Mar del Plata, que rondaba los $670.000: "Imaginate. Realmente empezó a ser todo muy desesperante". La ecuación dejó de cerrar.
Con las tarjetas impagas y los créditos acumulados, Ana terminó negociando una refinanciación de toda la deuda.
Según su relato, el banco estableció que el monto total a refinanciar ascendía a $48 millones y le ofreció un menú de planes.
La alternativa que eligió contemplaba una actualización vinculada a UVA, con una primera cuota cercana a los $860.000.
"Me hicieron 82 cuotas. Me dijeron que la primera iba a ser un poquito más. Yo pacté una cuota de 860 mil pesos", sostiene. Pero cuando recibió la información correspondiente al cronograma de cancelación, encontró una cifra muy diferente.
"Ahora veo que me cargaron una cuota de 1,4 millones. Yo dije: bueno, me habían dicho que iba a ser un poquito más. Pero resulta que tengo cargadas todas las cuotas con esa cifra", cuenta.
Ese monto, en rigor, correspondía a otra de las alternativas que le había presentado la entidad: un esquema de 82 cuotas con tasa fija. Ahora espera que el banco subsane el error: "Mandé un mail al banco pidiendo que por favor me digan qué pasa, por qué, y nunca me lo contestaron".

Mientras intenta resolver el conflicto con la entidad financiera, Ana debió tomar otra decisión drástica: abandonar la vida independiente que había construido en Mar del Plata. Hace aproximadamente dos meses dejó de poder sostener el alquiler.
"Me volví a vivir a Olavarría porque la verdad es que no pude seguir sosteniendo mi vida independiente en Mar del Plata", explica.
Ahora vive junto a su hija y sus tres nietas. Comparten los gastos y se ayudan mutuamente. Su hija consiguió trabajo, aunque con ingresos que tampoco alcanzan para vivir con holgura: "Entre las dos nos ayudamos". Trabaja en la sede del PAMI de Azul. Un viaje todos los días de 45 kilómetros aproximadamente.
La situación familiar, además, continúa atravesada por los gastos vinculados a la salud de su nieta, que necesita una medicación especial cuyo costo, según relata, ronda los $800.000 mensuales.
Caputo sigue tratando de especuladores e ignorantes a mas de 6 millones de argentinos y argentinas que endeudaron para sobrevivir a la motosierra de Milei durante 2024 y 2025. Además de insensible es un irresponsable. El endeudamiento no sólo es un problema social masivo sino… pic.twitter.com/AftiPQgwrV
— Itai Hagman (@ItaiHagman) August 1, 2026
El impacto de la situación económica no se limitó a las cuentas. Ana asegura que también repercutió en su salud y en su vida cotidiana.
Poco más de un año atrás se había realizado controles médicos que no habían mostrado grandes inconvenientes. En los estudios más recientes aparecieron algunas alteraciones que, según relata, fueron asociadas por su médico a un fuerte nivel de estrés.
También tuvo que abandonar actividades que formaban parte de su rutina: “Yo toco el piano y tuve que dejar las clases. Lo mismo con las clases de yoga".
Incluso actividades cotidianas que antes podía permitirse quedaron fuera de su presupuesto: "Ir a la peluquería, hacerte las manos, los pies, eso ya pasó a ser un lujo. No lo puedo hacer más. Ni hablar de salir a comer afuera".
Por otro lado, Ana reconoce que durante mucho tiempo sintió vergüenza por lo que le estaba pasando: "Al principio te empieza como a dar vergüenza, porque vos decís: '¿Seré yo que estoy desordenada? ¿Me desordené?'".
Pero con el tiempo comenzó a compartir su experiencia y descubrió que su situación no era excepcional: "Cuando te animás a empezar a contarlo y ves que están todos en la misma situación, empezás a poder hacer catarsis, a hablar y decir: 'No, yo no tuve la culpa de esto. Mi sueldo me dejó de rendir'".
"Yo trabajé en un banco hace muchos años, en el Citibank, y uno hacía un informe de posibilidades de pago del cliente", recuerda.
Y concluye: "El banco te ofrecía créditos sabiendo que tenías las tarjetas recontra colapsadas, te ofrecía igual y uno, en la desesperación, los saca. Creo que hay una responsabilidad en los bancos”.