Japón aceptó el 14 de agosto de 1945 las condiciones de rendición de los Aliados y abrió el camino al final de la Segunda Guerra Mundial. La decisión llegó después de seis años de conflicto global, la destrucción de Hiroshima y Nagasaki mediante bombas atómicas y la entrada de la Unión Soviética en la guerra contra el imperio japonés.
El gobierno estaba dividido. Algunos dirigentes aceptaban que continuar significaba la destrucción del país; sectores militares pretendían combatir para obtener mejores términos o causar tantas bajas que una invasión resultara imposible. El emperador Hirohito intervino en reuniones decisivas y respaldó la aceptación de la Declaración de Potsdam.
El texto aliado exigía la rendición incondicional de las Fuerzas Armadas, la ocupación temporal, el desarme y el juzgamiento de criminales de guerra. Tokio buscó preservar la institución imperial. La respuesta recibida evitó garantizar expresamente el poder del emperador y estableció que quedaría sometido a la autoridad del comandante aliado.
Durante la noche, Hirohito grabó un mensaje para comunicar la decisión a la población. Era la primera vez que la mayoría de los japoneses escucharía la voz de su emperador. Habló en un lenguaje formal y no utilizó directamente la palabra rendición, pero explicó que la situación bélica no favorecía al país y pidió soportar lo insoportable.

Un grupo de oficiales intentó impedir la transmisión. En el llamado incidente de Kyūjō, rebeldes ocuparon sectores del Palacio Imperial, asesinaron al comandante de la guardia y buscaron las grabaciones para destruirlas. Los discos habían sido ocultados y el golpe perdió apoyo. El mensaje salió al aire el 15 de agosto al mediodía.
Las bombas sobre Hiroshima, el 6 de agosto, y Nagasaki, el día 9, mataron decenas de miles de personas de manera inmediata y muchas más posteriormente por heridas y radiación. Ese mismo 9 de agosto, fuerzas soviéticas invadieron Manchuria y destruyeron las esperanzas japonesas de utilizar a Moscú como intermediario.

La capitulación terminó la guerra, pero no cerró sus heridas. Millones habían muerto en Asia por ocupaciones, matanzas, hambre, trabajos forzados y combates. Japón quedó bajo ocupación, adoptó una Constitución pacifista y renunció formalmente a la guerra, mientras los debates sobre responsabilidad histórica continúan afectando sus relaciones regionales.
La firma oficial ocurrió el 2 de septiembre a bordo del acorazado Missouri. Sin embargo, el 14 de agosto representa el momento político en que Tokio aceptó que la guerra estaba perdida. A 81 años, aquella decisión recuerda tanto el alivio del final como el costo humano que precedió a una paz alcanzada después de la destrucción nuclear.