por Redacción NewsDigitales
Entre las innumerables pruebas, errores e interrogantes que atravesaron la investigación por el crimen de María Marta García Belsunce, hubo un elemento que durante años alimentó preguntas: las muestras de ADN obtenidas durante la pesquisa y las dificultades para establecer a quién pertenecían.
Más de dos décadas después del homicidio ocurrido en el country Carmel de Pilar, ocurrido el 27 de octubre de 2002, el avance de los bancos de perfiles genéticos permite mirar aquel problema desde otra perspectiva. No significa que una herramienta semejante hubiera resuelto el caso por sí sola, pero sí habría ofrecido una posibilidad que entonces era mucho más limitada: contrastar rápidamente un perfil desconocido contra una base amplia de muestras.
El tema volvió a aparecer a partir del avance de la Ciudad de Buenos Aires con su banco de datos genéticos y del debate sobre la posibilidad de extender e interconectar este tipo de sistemas en todo el país.

Ricardo Ferrer Picado, abogado, analista en seguridad y ex director nacional de Inteligencia Criminal, analizó el caso durante una entrevista con NewsDigitales y puso el foco en una dificultad anterior incluso a cualquier comparación genética: cómo fue preservada la escena.
“El gran problema fue la contaminación que tuvo la escena del crimen”, señaló.
El homicidio de García Belsunce ocurrió el 27 de octubre de 2002 y las primeras horas de la investigación quedaron marcadas por una serie de irregularidades. La escena no fue preservada desde el comienzo como la de un posible asesinato y eso condicionó posteriormente el análisis de diferentes rastros.
Ese punto también resulta determinante al hablar de ADN. Encontrar un perfil genético en determinado lugar no alcanza por sí solo para establecer que pertenece al autor de un crimen. Es necesario conocer cómo llegó allí, cuándo pudo haber sido depositado y si existió alguna contaminación posterior.
Ferrer Picado planteó precisamente esa dificultad: “Más allá de las muestras tampoco se pudo establecer si esas muestras recogidas fueron después del homicidio porque se lavó la escena”.
La diferencia que introduce una base amplia de perfiles es la posibilidad de realizar comparaciones de manera sistemática.
Ante una muestra cuyo propietario se desconoce, los investigadores pueden obtener un perfil y cotejarlo con los registros disponibles. Si aparece una coincidencia, esa información abre una nueva línea investigativa que luego deberá ser respaldada con otras evidencias.

Consultado específicamente sobre qué podría haber ocurrido en el caso García Belsunce si hubiera existido una herramienta de esas características, Ferrer Picado evitó plantearla como una solución automática, pero consideró que habría aportado una posibilidad adicional para la pesquisa.
“Sin lugar a dudas se hubiese contribuido a esclarecer. Estamos hablando de una hipótesis, pero hubiese tenido un elemento para contrastar importantísimo”, sostuvo.
La clave está justamente en esa última palabra: contrastar. Un perfil desconocido puede permanecer durante años sin respuesta si no existe otro registro contra el cual compararlo. A medida que aumenta el universo disponible, también crecen las posibilidades de obtener una coincidencia.
El caso García Belsunce muestra, al mismo tiempo, los límites de la tecnología. La existencia de una coincidencia genética no determina automáticamente que esa persona haya cometido el crimen. Un rastro puede pertenecer a alguien que estuvo legítimamente en el lugar, a personal que intervino posteriormente o incluso ser consecuencia de una contaminación.
Ferrer Picado puso un ejemplo sencillo: en una escena mal preservada, hasta un cabello de un policía que participó del procedimiento podría terminar entre las muestras analizadas.
Por eso, junto con las bases de ADN aparece otra herramienta básica de cualquier investigación: la línea de tiempo. Saber quién ingresó a una escena, cuándo lo hizo, qué tarea realizó y de dónde provenía permite determinar posteriormente si una coincidencia tiene importancia criminal o una explicación completamente ajena al hecho investigado.
“La línea del tiempo en una investigación es como el ABC”, explicó Ferrer Picado.
La discusión que deja García Belsunce va más allá de aquel expediente. Los delitos no respetan fronteras judiciales y una persona puede desplazarse rápidamente entre la Ciudad y la provincia de Buenos Aires mientras sus sistemas de información funcionan por carriles diferentes.
Para Ferrer Picado, por eso, el paso siguiente no consiste únicamente en que cada distrito construya su propia base, sino en lograr que puedan ser interoperables.
El especialista lo graficó al señalar que una persona puede cruzar la General Paz en 20 minutos mientras la cooperación formal entre dos sistemas judiciales puede tardar meses o años.
Esa diferencia temporal puede resultar decisiva cuando un perfil obtenido en una escena no encuentra coincidencias dentro de una jurisdicción pero podría estar registrado en otra.
El crimen de María Marta ocurrió en una época muy diferente para la investigación genética argentina. Mirarlo desde las herramientas disponibles actualmente no permite asegurar que su historia judicial hubiera sido distinta. Sí deja una conclusión más acotada: una base genética amplia e interconectada habría dado a los investigadores una posibilidad adicional para intentar ponerle un nombre a rastros que durante años formaron parte de los interrogantes del caso.