Cuando se informa sobre un terremoto, casi siempre el primer número que aparece es su magnitud. Pero ese dato, aunque fundamental, no alcanza para saber cuánto se sintió un movimiento ni qué nivel de daños puede producir.
Magnitud e intensidad no significan lo mismo. La magnitud representa la energía liberada por el terremoto en su origen y se calcula a partir de los registros obtenidos por los instrumentos sísmicos. Un mismo terremoto tiene una magnitud determinada.
La intensidad, en cambio, describe cómo se sintió el movimiento y qué efectos produjo en un lugar concreto. Por eso un mismo terremoto puede tener intensidades diferentes según la ciudad, la distancia al epicentro, el suelo y las construcciones existentes.
Un terremoto relativamente moderado pero muy superficial puede provocar sacudidas fuertes cerca del epicentro.
Cuando el foco se encuentra a gran profundidad, parte de la energía debe recorrer una distancia mayor antes de alcanzar la superficie. Esto no significa automáticamente que un terremoto profundo sea inofensivo, pero ayuda a explicar por qué dos movimientos con magnitudes parecidas pueden sentirse de manera muy diferente.
También influye la distancia entre el epicentro y los centros poblados. Un terremoto fuerte ocurrido lejos de una ciudad puede provocar menos consecuencias que otro algo menor situado directamente debajo de una zona densamente habitada.
Las ondas sísmicas no se comportan igual en todos los terrenos.
Algunos sedimentos blandos pueden amplificar las sacudidas, mientras que determinadas formaciones rocosas pueden transmitirlas de otra manera. Por ese motivo, incluso dentro de una misma ciudad puede haber sectores donde un terremoto se sienta con mayor intensidad que en otros.
A esto se agrega la calidad de las construcciones. Edificios diseñados bajo normas antisísmicas suelen responder mejor frente a las sacudidas que estructuras antiguas o levantadas sin criterios adecuados para una zona de riesgo.

Las escalas modernas de magnitud se basan en información instrumental obtenida por los sismógrafos. Además, la escala es logarítmica: un aumento de una unidad representa aproximadamente diez veces más amplitud registrada en las ondas.
La intensidad suele expresarse mediante la escala de Mercalli modificada, que utiliza números romanos y clasifica los efectos observados, desde movimientos prácticamente imperceptibles hasta niveles de destrucción extrema.
Por eso no resulta correcto comparar únicamente los números de magnitud para determinar cuál de dos terremotos fue “peor”.

Los terremotos ocurridos recientemente en distintas regiones volvieron a mostrar que los números necesitan contexto.
Para evaluar el verdadero impacto de un sismo hay que considerar, además de su magnitud, la profundidad, la distancia a las ciudades, la duración del movimiento, las características del terreno y la resistencia de las construcciones.
La magnitud permite medir el terremoto. La intensidad ayuda a entender cómo ese mismo evento fue vivido en cada lugar.