En pocos días, el mapa pareció encenderse. Un terremoto de magnitud 7,7 frente a la isla de Flores, en Indonesia, activó una alerta de tsunami; Colombia venía de registrar un sismo de 7,4 con epicentro en Chocó; Granada volvió a temblar con un movimiento superficial cercano a magnitud 5; y Argentina acumuló eventos menores en San Juan, Salta y Catamarca. Al mismo tiempo, los reportes internacionales informaron actividad en volcanes de Italia, Japón, Indonesia, Guatemala, Hawái y otros puntos del mundo.
Vistos uno detrás de otro, los episodios alimentan una sensación difícil de evitar: la de un planeta que comenzó a moverse más de lo habitual. Las imágenes de edificios sacudidos, costas evacuadas, columnas de ceniza y mapas cubiertos de puntos rojos hacen que terremotos, tsunamis y volcanes parezcan partes de una única crisis.
Sin embargo, la evidencia científica disponible no muestra un “despertar” global de la Tierra ni una reacción en cadena que esté recorriendo todos los continentes. La seguidilla es real y algunos de sus eventos fueron muy importantes, pero la cercanía entre las fechas no alcanza para demostrar que todos tengan un origen común. El Servicio Geológico de Estados Unidos sostiene que los aumentos o descensos temporales de la actividad sísmica forman parte de las fluctuaciones normales, mientras que el Programa Global de Vulcanismo del Smithsonian tampoco observa un incremento sostenido de las erupciones.
La superficie de la Tierra no es una cubierta rígida e inmóvil. Está dividida en grandes placas tectónicas que se desplazan lentamente sobre capas más profundas. En sus bordes, las rocas pueden quedar trabadas durante años, décadas o siglos, mientras acumulan tensión. Cuando esa resistencia finalmente cede, la energía se libera y se produce un terremoto.
En algunos límites, las placas se separan. En otros, se deslizan lateralmente. Y en las llamadas zonas de subducción, una placa se hunde debajo de otra. Estos últimos sectores concentran algunos de los terremotos, volcanes y tsunamis más poderosos del planeta, especialmente alrededor del océano Pacífico.
Que varios terremotos fuertes coincidan dentro de un mismo mes puede resultar impactante, pero no es necesariamente extraordinario desde el punto de vista estadístico. Entre 2000 y 2021, la cantidad anual de terremotos de magnitud 7 a 7,9 osciló entre seis y 23. Es una diferencia amplia que muestra cuánto puede variar la actividad de un año a otro sin que eso implique un cambio permanente en el funcionamiento del planeta.
Los últimos eventos, además, presentan características muy diferentes. El terremoto de Indonesia fue marino, superficial y estuvo asociado a una falla inversa del sistema tectónico ubicado al norte de Flores. El de Colombia tuvo su foco a 103 kilómetros de profundidad. El movimiento de Granada fue mucho menor, aunque extremadamente superficial, mientras que los sismos registrados en Argentina se ubicaron entre magnitudes 2,5 y 3,0.
Todos expresan una misma realidad general —las placas tectónicas están permanentemente en movimiento—, pero ocurrieron sobre estructuras distintas y a miles de kilómetros de distancia. Los grandes terremotos pueden modificar tensiones en regiones cercanas y, en algunos casos, activar pequeños movimientos remotos en fallas que ya estaban al límite. Eso no significa que un sismo en Asia esté provocando automáticamente otro gran terremoto en América o Europa. Los estudios disponibles no muestran que aumente el riesgo global de grandes terremotos después de un evento aislado.

Un tsunami no es un fenómeno separado que aparece de manera espontánea después de cualquier temblor. Es una serie de ondas provocada por un desplazamiento grande y repentino del agua. Su causa más frecuente es un terremoto que modifica verticalmente el fondo marino, aunque también puede originarse por deslizamientos, colapsos volcánicos o erupciones submarinas.
Para que un terremoto tenga capacidad de producir un tsunami importante, normalmente debe ocurrir debajo o muy cerca del océano, ser relativamente superficial y desplazar hacia arriba o hacia abajo una porción considerable del lecho marino. Las fallas inversas o de cabalgamiento son especialmente peligrosas porque generan ese movimiento vertical. Un terremoto muy profundo o uno cuyo desplazamiento sea principalmente horizontal puede ser fuerte y, aun así, no producir un tsunami relevante.

El terremoto de Flores reunió varias de esas condiciones. Ocurrió en el mar, a unos 15 kilómetros de profundidad y con un mecanismo de falla inversa. Por eso, la agencia meteorológica y geofísica de Indonesia emitió una alerta para distintas costas apenas minutos después del movimiento.
La advertencia fue levantada a las 7.30 de la mañana, hora local, una vez evaluadas las mediciones y la evolución del nivel del mar. Ese procedimiento también ayuda a entender por qué una alerta de tsunami no equivale necesariamente a la confirmación de una ola devastadora: se trata de una medida preventiva que debe activarse antes de contar con todos los datos definitivos.

La aparición simultánea de noticias sobre volcanes agrega otra capa de preocupación. Durante la semana del 6 al 12 de agosto, el informe elaborado por el Smithsonian y el USGS incluyó 26 volcanes. Entre ellos figuraron el Etna, el Fuego de Guatemala, el Karangetang, el Kīlauea, el Merapi, el Popocatépetl y el Sakurajima.
Pero esa cifra no significa que 26 volcanes hayan comenzado a entrar en erupción durante la misma semana. El reporte mezcla nuevas fases eruptivas, aumentos de inestabilidad y actividades que ya estaban en curso. Algunas de las erupciones mencionadas comenzaron hace meses o incluso años. El propio organismo aclara que su informe semanal tiene un promedio de 16 volcanes reportados y se concentra en aquellos que cumplen determinados criterios de novedad o relevancia.
El Programa Global de Vulcanismo señala que no existe evidencia de que las erupciones estén aumentando de forma sostenida. Lo que sí aumentó es la capacidad para detectar emisiones, deformaciones del terreno, pequeños temblores volcánicos y cambios térmicos que anteriormente podían pasar inadvertidos. También mejoró enormemente la velocidad con la que esa información llega a los medios y a las redes sociales.
Terremotos y volcanes comparten muchas veces el mismo motor tectónico, pero eso no quiere decir que todo terremoto provoque una erupción. El USGS reconoce que algunos sismos regionales de gran magnitud pueden favorecer cambios en un volcán cercano, aunque sólo cuando ese sistema ya tiene magma disponible y suficiente presión acumulada. En otras palabras, el terremoto puede empujar a un volcán que ya estaba preparado para entrar en actividad, pero no suele despertar desde cero a un volcán distante.

Una parte de la sensación de excepcionalidad se explica por la propia concentración de eventos fuertes. Pero también interviene la forma en que actualmente se monitorea y comunica la actividad geológica.
Hay más estaciones sísmicas, sensores oceánicos, satélites, cámaras, aplicaciones y sistemas de alerta que en cualquier otro momento de la historia. El catálogo del USGS contiene cada vez más movimientos, no porque necesariamente ocurran más terremotos, sino porque los instrumentos modernos pueden registrar eventos mucho más pequeños y ubicados en regiones remotas.
Después de un gran terremoto también pueden producirse cientos de réplicas. Cada una aparece en los mapas, genera notificaciones y puede convertirse en una nueva noticia. Tras el movimiento principal de Flores, por ejemplo, la agencia indonesia había contabilizado 235 réplicas hasta las 14.00 del sábado, con magnitudes que iban desde 2,5 hasta 6,2. No eran 235 nuevos procesos globales, sino parte del reajuste de la misma zona de ruptura.
Las redes sociales terminan reuniendo en una misma pantalla fenómenos que antes se conocían de manera separada: una réplica en Indonesia, una emisión de ceniza en Italia, un sismo profundo en Colombia y un pequeño movimiento en San Juan. El resultado es un flujo continuo de alertas que puede hacer que todo parezca conectado, incluso cuando la geología indica lo contrario.
Tampoco existen elementos para atribuir la actual seguidilla mundial al cambio climático. La pérdida de grandes masas de hielo y ciertos cambios en el peso del agua pueden modificar tensiones geológicas en lugares específicos, pero se trata de efectos locales que no explican terremotos simultáneos sobre sistemas tectónicos tan alejados.
Entonces, ¿qué está pasando? La Tierra continúa comportándose como un planeta geológicamente activo: sus placas se mueven, las fallas acumulan y liberan energía, algunos volcanes mantienen ciclos eruptivos y determinados terremotos submarinos desplazan el océano.
Lo llamativo de estas semanas es la coincidencia temporal entre varios episodios capaces de generar alarma y la velocidad con la que cada movimiento se vuelve visible en todo el mundo. Pero hasta ahora no hay pruebas de una aceleración global, de un efecto dominó tectónico ni de una catástrofe planetaria en preparación.
Eso no reduce el peligro en las regiones afectadas. Para quienes viven cerca de fallas, volcanes o costas expuestas, cada alerta debe tomarse en serio. La ciencia puede identificar zonas de riesgo, monitorear cambios y emitir advertencias tempranas, aunque todavía no puede anticipar con exactitud el día, el lugar y la magnitud del próximo gran terremoto.