El paso de Lala por Hawái dejó una postal que empieza a resultar demasiado conocida en distintas partes del mundo: lluvias extraordinarias, inundaciones, rutas complicadas, árboles caídos y miles de personas sin electricidad. La tormenta llegó a convertirse en huracán de categoría 1, con vientos sostenidos de unos 120 kilómetros por hora, antes de volver a perder intensidad.
Pero detrás de la emergencia aparece una pregunta que trasciende lo ocurrido en las islas del Pacífico: ¿qué está pasando con los huracanes y cuánto tiene que ver el cambio climático?
La respuesta es bastante más interesante que un simple sí o no. La ciencia no permite afirmar que el calentamiento global haya "creado" específicamente al huracán Lala. Los ciclones tropicales existieron mucho antes del cambio climático provocado por el ser humano y necesitan de una combinación de factores naturales para desarrollarse.
Lo que sí está cambiando es el escenario en el que esos fenómenos nacen y evolucionan.
Para entenderlo hay que empezar por el combustible de un huracán: el océano. Los ciclones tropicales obtienen buena parte de su energía de las aguas cálidas. Cuando encuentran temperaturas suficientemente elevadas y condiciones atmosféricas favorables, pueden desarrollarse y fortalecerse. El problema es que el calentamiento global también está elevando la temperatura de los océanos.
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) sostiene que el calentamiento de la superficie oceánica asociado al cambio climático probablemente está contribuyendo a que los ciclones tropicales puedan alcanzar mayores intensidades.
Esto no significa necesariamente que el planeta vaya a tener huracanes todos los días ni que cada tormenta vaya a convertirse en una catástrofe. Significa algo más sutil, pero importante: cuando aparece un ciclón y encuentra condiciones favorables, dispone de un ambiente capaz de entregarle más energía.
Es como modificar el combustible disponible sin cambiar necesariamente la cantidad de motores.
Lala mostró además otra cara del problema. En sectores de la Isla Grande de Hawái se proyectaron acumulaciones de lluvia de hasta 25 pulgadas —más de 600 milímetros—, mientras las autoridades advertían sobre inundaciones repentinas y deslizamientos de tierra. El sistema dejó además fuertes ráfagas y cortes masivos de electricidad.

Y acá aparece otro vínculo con el calentamiento global. Una atmósfera más caliente puede contener una mayor cantidad de vapor de agua. Cuando las condiciones desencadenan precipitaciones, existe entonces más humedad disponible para caer.
Por eso, uno de los efectos esperados con mayor claridad no es simplemente la aparición de "más huracanes", sino huracanes capaces de producir lluvias más intensas.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) considera que las precipitaciones asociadas con los ciclones tropicales aumentarán a medida que continúe el calentamiento global. NOAA llega a una conclusión similar: las tasas de precipitación de estos sistemas probablemente aumentarán debido a la mayor humedad atmosférica.
Y esto cambia considerablemente el riesgo. Un huracán no necesita alcanzar categoría 4 o 5 para causar una tragedia. En determinados lugares, la lluvia puede terminar siendo tan peligrosa como el viento.
Acá aparece uno de los errores más habituales cuando se habla de cambio climático. No está demostrado que el calentamiento global vaya a producir necesariamente una mayor cantidad total de ciclones tropicales en todo el planeta.
Las proyecciones son mucho más claras respecto de su intensidad. Los estudios reunidos por NOAA apuntan a un aumento de la intensidad media de los ciclones tropicales y a una mayor proporción de tormentas muy intensas en escenarios de calentamiento futuro, aunque existen diferencias entre océanos y regiones.
Dicho de otra manera: quizás la pregunta correcta no sea cuántos huracanes tendremos, sino qué tan destructivos pueden llegar a ser los que efectivamente se formen.
Hay además una expresión que empieza a aparecer cada vez con mayor frecuencia alrededor de los grandes ciclones: intensificación rápida.
El Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos utiliza ese término cuando los vientos máximos sostenidos de un ciclón aumentan al menos 30 nudos —unos 55 kilómetros por hora— en apenas 24 horas. Para las poblaciones costeras es un escenario especialmente peligroso.
Una tormenta que parecía manejable puede convertirse en un huracán mucho más poderoso cuando todavía faltan pocas horas para su llegada, reduciendo el tiempo disponible para evacuar, proteger viviendas o movilizar recursos.
Los análisis recopilados por NOAA detectaron un aumento en la probabilidad de intensificación rápida entre 1982 y 2017 en distintas regiones del planeta. El IPCC considera que existen indicios de una influencia humana emergente sobre esa tendencia, aunque el grado de certeza científica todavía es menor que en otros efectos del calentamiento.
Existe otra transformación menos visible. El nivel del mar está aumentando y eso significa que las marejadas provocadas por futuros ciclones parten desde una base más elevada.
La misma tormenta puede entonces empujar agua sobre un litoral más vulnerable que décadas atrás. NOAA señala que el aumento del nivel del mar provocado por el calentamiento global amplifica el potencial destructivo de las inundaciones asociadas con los ciclones tropicales.
Así, varios factores empiezan a superponerse: océanos más calientes, una atmósfera capaz de almacenar más humedad, lluvias potencialmente más intensas y costas expuestas a un nivel del mar superior.
No hace falta que todos ocurran al mismo tiempo para modificar el riesgo.

Sería incorrecto presentar al huracán Lala como una "prueba" aislada del calentamiento global.
Un ciclón no funciona así. Pero tampoco sería correcto analizar estos fenómenos como si el clima que los rodea permaneciera exactamente igual que hace cincuenta o cien años.
Lala pasó muy cerca de la Isla Grande sin que su centro tocara directamente tierra, pero aun así descargó enormes cantidades de agua, produjo vientos severos y dejó a decenas de miles de personas inicialmente sin suministro eléctrico. Con el correr de las horas, los cortes llegaron a afectar a más de 100.000 hogares, según los balances difundidos desde Hawái.
Esa puede ser la verdadera discusión que deje la tormenta después de que desaparezca de los mapas meteorológicos.
El cambio climático no necesita inventar nuevos fenómenos para aumentar el peligro. Le alcanza con modificar las condiciones en las que los fenómenos que siempre existieron comienzan a desarrollarse.
Y frente a océanos que acumulan cada vez más calor, comprender esa diferencia puede resultar tan importante como saber hacia dónde se dirige el próximo huracán.