Argentina volvió a mirar bajo sus pies. Después de décadas de acumular nuevos registros, ampliar la red de monitoreo y conocer con mayor precisión las fallas geológicas del territorio, el Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES) elaboró un nuevo mapa de peligrosidad sísmica que permite observar con mucho más detalle qué zonas del país están expuestas a movimientos fuertes del suelo.
Y el resultado confirma algo conocido, pero también deja algunas sorpresas.
El sur de San Juan y el norte de Mendoza continúan siendo las áreas de mayor peligrosidad sísmica de la Argentina, incluyendo las capitales de ambas provincias. Pero el nuevo relevamiento también muestra que la amenaza no termina en Cuyo y que existen sectores del noroeste, el centro, la Patagonia e incluso el este argentino donde los terremotos no pueden considerarse imposibles.
La actualización toma información histórica y registros instrumentales que permiten estimar estadísticamente qué intensidad de movimiento podría experimentar cada punto del país durante determinados períodos de tiempo. Esa información es clave tanto para la planificación urbana como para definir cómo deben construirse edificios, hospitales, rutas, puentes y otras obras de infraestructura.


El mapa tradicional del INPRES divide al territorio en cinco niveles de peligrosidad sísmica, desde 0 -muy reducida- hasta 4 -muy elevada-. Los requerimientos de construcción son progresivamente más exigentes cuanto mayor es la peligrosidad asignada al lugar.
En el nivel más alto aparecen fundamentalmente el sur de San Juan y el norte de Mendoza, una región que históricamente concentró algunos de los terremotos más destructivos registrados en el país.
Alrededor de ese núcleo existe una extensa franja de peligrosidad moderada y elevada que atraviesa diferentes sectores del oeste argentino.
El mapa ubica dentro de niveles relevantes de amenaza a zonas de Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, Córdoba, San Luis, Mendoza, Neuquén y Río Negro. También aparecen sectores de Tierra del Fuego con peligrosidad elevada, algo que muchas veces queda fuera de la percepción habitual sobre los terremotos argentinos.
Esto no quiere decir que todas esas provincias vayan a sufrir un gran terremoto ni que exista una predicción sobre cuándo podría ocurrir.
El mapa mide otra cosa: la posibilidad de que un determinado nivel de movimiento del suelo sea superado a lo largo de un período determinado.
La actualización no significa que Argentina se haya vuelto repentinamente más sísmica. El propio INPRES explicó que las diferencias respecto de los cálculos anteriores responden fundamentalmente a una mayor cantidad de información disponible, la ampliación de la red de monitoreo, cuatro décadas adicionales de registros y nuevas herramientas para procesar los datos.
En otras palabras, no necesariamente empezó a temblar más: ahora sabemos mejor dónde puede hacerlo.
Ese detalle resulta importante porque algunas zonas que antes aparecían dentro de límites rígidos comenzaron a mostrar un comportamiento más gradual. El nuevo enfoque tiende a abandonar la idea de fronteras sísmicas perfectamente marcadas, como si de un lado de una línea existiera peligro y del otro no. La amenaza, en realidad, cambia progresivamente sobre el territorio.
Hay además una diferencia que suele perderse cada vez que ocurre un terremoto. Peligrosidad sísmica y riesgo sísmico no son lo mismo.
La peligrosidad indica cuán probable es que un lugar experimente determinado movimiento del suelo. El riesgo, en cambio, incorpora las consecuencias que ese movimiento podría provocar sobre las personas, las viviendas y la infraestructura.
El INPRES lo explica mediante la combinación entre peligrosidad y vulnerabilidad. Una ciudad ubicada en una zona donde tiembla con frecuencia puede reducir notablemente el riesgo si sus construcciones están preparadas para soportarlo.
Por eso puede producirse una paradoja: una zona de mayor actividad sísmica puede terminar teniendo menos consecuencias que otra con sismos menos frecuentes pero construcciones más vulnerables.
San Juan es uno de los ejemplos utilizados por el propio organismo para explicar esa diferencia.
El objetivo de estos estudios no es solamente colorear un mapa. Las estimaciones de aceleración del suelo son utilizadas para desarrollar los reglamentos de construcción sismorresistente. Cuanto mayor sea la peligrosidad de una región, más exigentes deben ser las condiciones que permitan que una estructura soporte un movimiento severo sin colapsar.
El INPRES considera para sus cálculos de diseño eventos extraordinarios con períodos de recurrencia de alrededor de 500 años y establece requisitos adicionales para construcciones esenciales, como hospitales, centrales de bomberos y sistemas energéticos.
Por eso, la actualización tiene consecuencias que van bastante más allá del ámbito científico.
Puede influir sobre futuros códigos de construcción, grandes obras de infraestructura, planificación urbana y programas provinciales y nacionales de prevención. El INPRES prevé además incorporar nueva información periódicamente y avanzar hacia actualizaciones del mapa aproximadamente cada diez años.
Los últimos días volvieron a mostrar esa realidad. San Juan registró durante el fin de semana una seguidilla de pequeños movimientos, todos de baja magnitud y compatibles con la actividad habitual de una de las regiones más sísmicas del país. Entre los registros aparecieron eventos en Calingasta e Iglesia.
Pero mirar únicamente esos temblores puede ocultar una parte más importante de la historia.
Un mapa sísmico no intenta decir dónde será el próximo terremoto. Nadie puede actualmente determinar con precisión el día, la hora y el lugar en que ocurrirá uno.
Lo que sí permite es conocer dónde puede ser mayor el movimiento esperado y preparar ciudades y edificios antes de que suceda. Esa es probablemente la principal conclusión que deja el nuevo mapa argentino: el país no tiene una única región sísmica y tampoco existen territorios que puedan considerarse absolutamente inmunes a un terremoto.
En algunos lugares la posibilidad es alta. En otros es extremadamente baja.
Pero conocer esa diferencia es, justamente, una de las herramientas más importantes para que el próximo movimiento del suelo encuentre al país mejor preparado.