Cuando se habla de terremotos en Argentina, casi automáticamente aparecen San Juan y Mendoza. No es casualidad: el oeste del país concentra buena parte de la actividad sísmica y también los antecedentes más destructivos.
Buenos Aires parece estar en otro mundo. Sin grandes montañas, alejada de la cordillera y acostumbrada a mirar los terremotos como noticias que ocurren a cientos o miles de kilómetros, la pregunta parece casi extraña: ¿puede realmente producirse un sismo en la Ciudad o la provincia de Buenos Aires?
La respuesta corta es sí. La respuesta completa requiere una aclaración importante: que pueda ocurrir no significa que Buenos Aires tenga una peligrosidad comparable con Cuyo.
El nuevo mapa de peligrosidad sísmica elaborado por el Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES) sigue mostrando una enorme diferencia entre el oeste argentino y la región bonaerense. Mientras San Juan y Mendoza presentan los valores más elevados, Buenos Aires aparece dentro de los sectores con niveles bajos de movimiento esperado.
Pero bajo significa poco probable. No imposible.
No hace falta remontarse siglos para encontrar un ejemplo. El 30 de noviembre de 2018, a las 10.27 de la mañana, un sismo sorprendió al Área Metropolitana de Buenos Aires.

El INPRES determinó una magnitud de 3,8, con una profundidad de 25 kilómetros. El epicentro estuvo localizado a apenas 32 kilómetros al sur de la Ciudad de Buenos Aires y 50 kilómetros al oeste de La Plata.
El movimiento se sintió en distintos puntos del conurbano y la Capital. No provocó daños relevantes. Según el organismo, alcanzó una intensidad de entre III y IV en la escala Mercalli Modificada, correspondiente a un movimiento débil a moderado.
Para muchos habitantes del AMBA fue apenas una vibración extraña.
Para los sismólogos, en cambio, fue la demostración de algo que muchas veces se olvida: Buenos Aires también puede moverse.

Existe además un antecedente bastante más antiguo y mucho más llamativo. El 5 de junio de 1888, un terremoto afectó las poblaciones ubicadas sobre la costa del Río de la Plata, particularmente Buenos Aires y Montevideo.

El episodio aparece incluido por el propio INPRES dentro de su registro de terremotos históricos de la República Argentina.
Ocurrió en una época en la que Buenos Aires era completamente distinta a la metrópolis actual: menos edificios, mucha menor población y una infraestructura incomparablemente más sencilla.
Ese detalle abre una pregunta inevitable. ¿Qué ocurriría hoy si un movimiento semejante se produjera debajo o cerca de una región donde viven millones de personas?
No hay manera seria de responderlo con una cifra simple, porque el daño de un terremoto depende de múltiples factores: magnitud, profundidad, distancia al epicentro, características del suelo y, especialmente, vulnerabilidad de las construcciones.
La explicación está bajo tierra. La mayor parte de la actividad sísmica argentina está asociada al movimiento de las placas tectónicas y a la interacción entre la placa de Nazca y la Sudamericana.
Ese proceso explica por qué el oeste argentino concentra tantos terremotos. Pero las placas tectónicas no son bloques absolutamente rígidos.
Las tensiones pueden transmitirse hacia el interior continental y encontrar antiguas estructuras o fallas capaces de liberar energía. Por eso existen los llamados sismos intraplaca, que ocurren lejos de los grandes límites entre placas.
Son mucho menos frecuentes, pero existen. Y eso ayuda a entender por qué regiones aparentemente estables pueden registrar eventualmente un temblor.
Acá conviene hacer una distinción. El mapa del INPRES no intenta responder dónde ocurrirá el próximo terremoto. Tampoco establece una cuenta regresiva.
Lo que mide es la peligrosidad sísmica, es decir, la probabilidad de que determinado nivel de movimiento del suelo sea superado durante un período determinado.

El mapa reglamentario vigente divide al país en cinco niveles, desde la Zona 0, de peligrosidad muy reducida, hasta la Zona 4, de peligrosidad muy elevada.
Gran parte de Buenos Aires se encuentra dentro del extremo más bajo de esa escala.
Eso explica por qué los requisitos sismorresistentes no son comparables con los aplicados en San Juan o Mendoza.
Pero nuevamente aparece la palabra clave: reducida. No nula.
Hay una cuestión que vuelve particularmente interesante el caso bonaerense.
Aunque la probabilidad de un terremoto importante sea mucho menor, la cantidad de personas, edificios e infraestructura concentrada en el AMBA es gigantesca.
Peligrosidad y riesgo no son exactamente lo mismo. Puede existir una región donde los terremotos sean relativamente frecuentes pero las construcciones estén diseñadas para soportarlos. Y otra donde los movimientos sean excepcionales, pero la infraestructura haya sido pensada bajo la premisa de que prácticamente nunca tiembla.
El propio INPRES explica que el riesgo sísmico depende no sólo de la amenaza natural, sino también de la vulnerabilidad de las construcciones y de aquello que está expuesto.
Por eso un sismo moderado ocurrido cerca de una gran ciudad merece atención aunque esa ciudad se encuentre en una región de baja peligrosidad.
No porque Buenos Aires esté esperando "el gran terremoto". Sino porque el impacto de un fenómeno natural no se mide únicamente por su probabilidad.
Acá hay que evitar las exageraciones. No existe evidencia que permita afirmar que Buenos Aires esté frente a la posibilidad inmediata de un terremoto destructivo, ni puede predecirse cuándo y dónde ocurrirá un próximo sismo.
La sismología actual no permite pronosticar terremotos con fecha, hora y lugar determinados.
Lo que sí puede hacer es estudiar antecedentes, monitorear los movimientos actuales y estimar probabilidades a largo plazo. Y los antecedentes dicen algo bastante sencillo.
Buenos Aires no es San Juan. Pero tampoco es un lugar donde un sismo resulte físicamente imposible. El temblor de 2018 ocurrió a pocos kilómetros de la Capital. Y más de un siglo antes, en 1888, un terremoto sacudió las costas del Río de la Plata.
Probablemente ésa sea la conclusión más importante que deja el nuevo mapa. Mirarlo no debería generar alarma, sino exactamente lo contrario: permitir entender el riesgo real.
Para alguien que vive en San Juan, convivir con los terremotos forma parte de la vida cotidiana y de las normas de construcción. Para quien vive en Buenos Aires, un sismo puede parecer un fenómeno ajeno.
La historia demuestra que no lo es por completo.
Puede volver a temblar en Buenos Aires. Lo extraordinario no sería que ocurriera alguna vez, sino que sucediera con la frecuencia y la intensidad que caracteriza a las regiones más sísmicas del país.
Y esa diferencia es justamente lo que el nuevo mapa permite ver con mucha más claridad.