Luiz Inácio Lula da Silva eligió el escenario donde comenzó su ascenso político para lanzar este domingo la campaña con la que pretende gobernar Brasil por cuarta vez. El presidente regresó al estadio Primeiro de Maio, en São Bernardo do Campo, donde en 1979 encabezó una histórica asamblea de metalúrgicos durante la dictadura militar. Casi cinco décadas después, la imagen conserva una enorme carga simbólica, pero también expone uno de sus principales problemas electorales: el mundo laboral que convirtió al sindicalista en líder nacional es cada vez menos parecido al Brasil que deberá votar en octubre.
La campaña construyó deliberadamente el acto alrededor de la memoria de Lula, con referencias a sus orígenes obreros, anteriores gobiernos y conquistas sociales. El mandatario, de 80 años, busca un cuarto mandato no consecutivo y presentó nuevamente al Estado como motor de inversión, desarrollo industrial y protección social. Sin embargo, la elección comienza en un escenario competitivo y con una oposición capaz de disputarle sectores que históricamente estuvieron vinculados al Partido de los Trabajadores, especialmente trabajadores jóvenes alejados de sindicatos y empleos industriales tradicionales.
La transformación del mercado laboral brasileño debilita uno de los pilares históricos del proyecto político del PT. La sindicalización cayó hasta el 8,9% de los trabajadores en 2024, frente al 15,7% registrado una década antes, mientras millones de brasileños encontraron ingresos en aplicaciones de transporte, reparto y otras modalidades independientes. Reuters señala que el propio Lula reconoció que su partido necesita adaptar el mensaje a un universo laboral que ya no está limitado al empleo formal registrado.
Ese cambio también dejó expuestas las dificultades del Gobierno para trasladar su histórica agenda laboral a las nuevas plataformas digitales. Lula intentó regular ese sector durante su actual administración, pero encontró resistencia de empresas, trabajadores y del Congreso, y una nueva propuesta volvió a quedar trabada este año. Parte de los repartidores y conductores valora precisamente la flexibilidad que ofrece ese modelo y teme que una mayor intervención estatal reduzca autonomía o ingresos. La contradicción es relevante: el presidente regresa al lugar donde organizaba trabajadores industriales mientras intenta convencer a una generación laboral mucho menos organizada colectivamente.

El desafío electoral tampoco termina en recuperar trabajadores desencantados. Lula inició la campaña prometiendo profundizar inversiones públicas, reforzar políticas sociales, avanzar sobre minerales estratégicos y crear un Ministerio de Seguridad Pública si consigue apoyo legislativo. Su programa mantiene al Estado como instrumento central para estimular crecimiento y productividad, mientras la principal oposición plantea una reducción más agresiva del gasto, ministerios y participación estatal. La disputa de octubre enfrenta así modelos económicos distintos, pero obliga también al oficialismo a explicar cómo financiará sus nuevas promesas y qué resultados adicionales puede ofrecer después de tres presidencias anteriores.
Volver a São Bernardo puede movilizar a la militancia, aunque la nostalgia por sí sola difícilmente resuelva el problema que Reuters describe como una crisis de identidad del PT. Lula construyó su poder hablando a obreros concentrados en grandes fábricas, afiliados a sindicatos y unidos por demandas laborales comunes. El Brasil de 2026 tiene trabajadores de aplicaciones, empleos fragmentados, nuevas preocupaciones sobre seguridad y una generación que no vivió las huelgas que el presidente convirtió en el centro emocional de su lanzamiento. Su mayor examen electoral será demostrar que todavía puede representar ese país nuevo sin depender únicamente de la historia que lo convirtió en presidente.