Japón volvió a cerrar la puerta a una posible emperatriz. La reciente modificación de las reglas de la Casa Imperial mantiene a Aiko, única hija del emperador Naruhito y la emperatriz Masako, fuera de la línea sucesoria pese a su creciente popularidad y al amplio respaldo social que existe para permitir que una mujer gobierne la dinastía.
La decisión adquirió todavía mayor repercusión después de que el príncipe heredero Akishino, hermano menor de Naruhito y próximo en la línea al Trono del Crisantemo, admitiera tener “sentimientos encontrados” frente a la reforma. Aunque evitó cuestionarla directamente, sostuvo que no observa diferencias entre hombres y mujeres a la hora de cumplir las responsabilidades de la familia imperial.

La ley establece que únicamente los varones descendientes por línea masculina pueden convertirse en emperadores. Eso significa que Aiko, de 24 años, no puede suceder a su padre. El primer heredero es Akishino, de 60 años, seguido por su hijo Hisahito, de 19. Después aparece el príncipe Hitachi, tío del actual emperador y de 90 años.
El Parlamento modificó en julio la Ley de la Casa Imperial en medio de una preocupación cada vez mayor por la falta de integrantes y, especialmente, de hombres capaces de garantizar la continuidad de la dinastía.

La reforma permitirá que las princesas conserven su condición dentro de la familia aun después de casarse con ciudadanos sin título, algo que hasta ahora implicaba abandonar la institución. Sin embargo, sus esposos e hijos no adquirirán estatus imperial.
También se habilitó un mecanismo mucho más controvertido: descendientes varones de antiguas ramas de la familia imperial podrán ser incorporados mediante adopción. La intención es que sus futuros hijos varones puedan reforzar la línea masculina sin modificar la prohibición que pesa sobre las mujeres.

La paradoja es que ese esfuerzo llega mientras distintas encuestas muestran un respaldo mayoritario a permitir una emperatriz. Sondeos realizados durante 2026 registraron porcentajes superiores al 60% y, en algunas mediciones, por encima del 80% a favor de abrir la sucesión femenina.
La exclusión tampoco significa que nunca hayan existido mujeres en el máximo lugar de la institución. Japón tuvo ocho emperatrices reinantes a lo largo de su historia. La última fue Go-Sakuramachi, que gobernó entre 1762 y 1770.
La obligación de mantener exclusivamente una línea masculina fue incorporada formalmente a la legislación imperial a fines del siglo XIX y se mantuvo después de la Segunda Guerra Mundial.
Ahora, mientras Aiko asume cada vez más compromisos públicos, la institución enfrenta una contradicción difícil de ignorar: una de sus figuras jóvenes más populares no puede convertirse en emperatriz, mientras el país busca hombres de ramas alejadas para garantizar la supervivencia de una de las dinastías más antiguas del mundo.