Mucho antes de que los conflictos familiares, las infidelidades, las separaciones y las historias más insólitas se convirtieran en contenido cotidiano de la televisión, hubo un formato que se animó a llevar los problemas de la gente común al centro de la escena. Lía Salgado fue una de las grandes pioneras del talk show en la Argentina y convirtió sus programas en un verdadero fenómeno de la televisión de los 90.
Su recorrido comenzó con Hablemos claro, y luego continuó con Hablemos con Lía, ciclos en los que personas anónimas llegaban al estudio para contar situaciones de su vida privada, enfrentarse con familiares o parejas y poner en discusión conflictos que, hasta entonces, parecían destinados exclusivamente a la intimidad.
La propia Salgado contó años después que la idea surgió de ella misma. Había conocido el formato estadounidense y le propuso a un productor hacer algo similar en la televisión. La propuesta finalmente fue aceptada y así comenzó una historia que se extendería durante una década.
La dinámica era sencilla, pero televisivamente explosiva: una persona llegaba al estudio con una historia y la televisión se convertía en el lugar para contarla y, muchas veces, enfrentar a sus protagonistas. Los temas podían ser conflictos de pareja, infidelidades, problemas familiares, diferencias de edad, violencia doméstica, sexualidad y situaciones absolutamente insólitas. Los títulos de los casos ya funcionaban como un gancho para el espectador: “Te engañé por curiosidad”, “Ayer marido y mujer, hoy amantes” o “Descubrí que mi pareja es bisexual” fueron algunos de los disparadores que el programa llevó a pantalla.
Pero Salgado siempre defendió que detrás de esas historias había personas reales. En una entrevista reciente aseguró que los casos que llegaban a su programa eran reales y que incluso llegó a descartar participantes cuando sospechaba que una historia había sido armada. Para ella, el objetivo era periodístico y, sobre todo, que la televisión pudiera ayudar a quien estaba contando su problema.
“Mi límite es no quebrar personas”, había explicado la conductora en una entrevista de 1998, mientras defendía el género y sostenía que uno de sus méritos era permitir que personas comunes tuvieran acceso a la televisión.
El éxito de Lía Salgado no tardó en generar imitadores y competidores. Durante la segunda mitad de los 90, la televisión se llenó de programas en los que la vida privada de personas anónimas se transformaba en espectáculo. En una misma franja llegaron a convivir propuestas como Causa Común, conducido por María Laura Santillán en El Trece; Hablemos Claro, de Lía Salgado; Frente a Frente, con Alejandro Rial; y los ciclos de Moria Casán como Amor y Moria.
Las cifras muestran hasta qué punto había crecido el fenómeno. En 1997, un estudio citado por LA NACION estimaba que alrededor de un millón de personas seguían diariamente los distintos talk shows de la televisión argentina. Causa Común lideraba con 10,9 puntos de rating, mientras Hablemos Claro rondaba los 6 puntos y otros ciclos completaban la oferta.
El género incluso llegó a ocupar varias horas de la televisión abierta y tuvo múltiples variantes: algunas propuestas apostaban por el debate, otras por la mediación de conflictos y otras directamente por el escándalo. Lo que hizo particular a este fenómeno fue que, por primera vez, la televisión argentina convirtió a personas completamente desconocidas en protagonistas absolutos. Fue la antesala de los hoy conocidos como reality shows.