Llegó a Israel desde Colombia cuando tenía apenas 18 años. Lo hizo junto a su hermano, estudió durante dos años en una yeshivá y, cuando llegó el momento de incorporarse al Ejército israelí, tenía la posibilidad de cumplir su servicio detrás de un escritorio. Eligió otra cosa: convertirse en combatiente.
La decisión llegó después del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y terminó llevándolo durante buena parte de su servicio militar a la Franja de Gaza. Allí combatió, durmió durante semanas dentro de edificios destruidos y estuvo expuesto tanto al fuego enemigo como a los propios errores que puede provocar una guerra.
Hasta que una mina cambió su vida.
En diálogo con NewsDigitales durante la cobertura especial realizada en Israel, el joven colombiano reconstruyó su historia mientras continúa sometiéndose a fisioterapia, terapia ocupacional, hidroterapia y asistencia psicológica.
“Mi grupo pasó sobre una mina. Hubo una explosión y recibí una esquirla del metal que entró por el brazo izquierdo y salió por el otro lado”, recordó.
El impacto también le fracturó un hueso y dañó uno de los nervios del brazo. Desde entonces atravesó varias operaciones y lleva aproximadamente un año de recuperación.
“Hace unos dos meses y medio o tres meses también me hicieron una operación en los nervios porque la esquirla dañó uno. Ahora sigo recuperándome y haciendo muchas terapias”, contó.

Su historia con Israel, sin embargo, había comenzado mucho antes de aquella explosión.
Nacido en Cali, contó que inició su conversión al judaísmo en Colombia cuando tenía entre 13 y 14 años. Tiempo después viajó a Israel junto a su hermano, se instaló en el país y estudió durante dos años en una yeshivá, una institución dedicada al estudio religioso judío.
Cuando ingresó al Ejército ya llevaba alrededor de dos años viviendo en Israel.
Y entonces ocurrió el 7 de octubre.
“Yo justo estaba en la yeshivá y sabía que pronto iba a entrar al Ejército. Tenía que haber entrado en un trabajo de oficina, pero quise ser combatiente”, explicó.
El ataque encabezado por Hamás cambió su percepción sobre lo que significaba prestar servicio.
“Ver todo lo que sucedió, en vez de asustarme, siento que me dio fuerza”, aseguró.
Para poder convertirse en combatiente incluso necesitó autorizaciones familiares y completar documentación adicional. No estaba obligado a hacerlo.
“Si iba a dar dos años de mi vida al Ejército, quería que fuera algo significativo. No quería que fuera frente a una computadora”, explicó.
Su decisión, sostiene, tuvo componentes religiosos pero también una identificación cada vez mayor con el país al que había llegado siendo adolescente.
“Yo siento que si ahora hago parte de este país y veo todo lo que sucede, quería sí o sí aportar dos años de mi vida”, relató.
Para el joven colombiano, vivir en Israel también modificó su percepción sobre el papel que ocupan las Fuerzas de Defensa dentro de la sociedad.
“En un país que no está en guerra están el Ejército y los soldados, pero no hay una guerra constante. Acá sabés que si Israel pierde una guerra se acaba el país. No hay otra opción”, afirmó.
Y agregó: “Lo que yo tengo en la mente y lo que me impulsó a hacerlo es que el objetivo de ellos es acabar con Israel y eso es algo que uno no puede permitir”.
La relación entre la sociedad israelí y los soldados también influyó.
En Colombia, admite, probablemente nunca habría tomado la misma decisión.
“La verdad es que en Colombia no lo habría hecho”, reconoció.
Una de las diferencias que encontró fue justamente la forma en que los civiles reaccionaban cuando identificaban a alguien como miembro del Ejército.
Durante los permisos de fin de semana solía salir todavía vestido como soldado y armado. En más de una oportunidad entró a un restaurante y, al intentar pagar, descubrió que otro cliente había abonado su comida.
“Me pasaba casi cada vez que salía. La gente me decía: ‘¿Para dónde vas, soldado?’. Me ofrecían llevarme a casa”, recordó.
“Es un sentimiento muy bonito porque la gente realmente entiende lo que uno está haciendo y la importancia de los soldados”, agregó.
Su familia permanecía a miles de kilómetros, en Cali.
Aunque reconoce que para sus padres fue difícil aceptar que hubiera decidido convertirse en combatiente, asegura que respetaron su elección.
“Desde que vine a vivir acá ya me sentía muy independiente. Ellos siempre me apoyaron en todas las decisiones. Obviamente fue difícil para ellos aceptarlo, pero sabían que era mi decisión”, contó.
También ingresó al Ejército junto a su hermano. Y no fueron los únicos sudamericanos.
El programa mediante el cual llegó a Israel estaba integrado por alrededor de trece jóvenes provenientes de distintos puntos de la región. Muchos terminaron prestando servicio militar, aunque no todos eligieron convertirse en combatientes.
“La decisión final está en cada persona”, remarcó.
En su caso, aquella decisión terminó colocándolo durante casi todo su servicio en uno de los escenarios centrales de la guerra.
“Estuve casi todo mi servicio en Gaza”, contó.
La base de su brigada estaba situada cerca de la frontera y las operaciones implicaban ingresar y salir permanentemente de la Franja.
En algunas ocasiones permanecieron alrededor de un mes dentro del territorio.
“A veces te toca dormir allá adentro, en casas. Muchas están en ruinas, así que también existe el peligro de que la casa se derrumbe”, explicó.
También hubo enfrentamientos.
Y hubo momentos en los que el mayor peligro ni siquiera provino del adversario.
Una noche, mientras su grupo dormía dentro de una vivienda en Gaza, una fuerte explosión los despertó.
“Nos dimos cuenta de que un proyectil había entrado en la casa. Atravesó toda la casa desde arriba hasta abajo”, relató.
En cuestión de segundos, todos los soldados se pusieron en alerta.
“Obviamente todo el mundo entró en pánico, hubo muchísimo ruido”, recordó.
Después descubrieron lo ocurrido.
El proyectil había sido disparado por las propias fuerzas israelíes.
“Había sido el mismo Ejército. Fue un mortero, una equivocación. Pero gracias a Dios no hubo heridos”, sostuvo.
No siempre tuvieron la misma suerte.
La explosión de la mina terminó provocándole heridas que todavía condicionan su vida cotidiana.

Hoy realiza terapias dos veces por semana durante buena parte de la mañana y calcula que todavía deberá continuar su recuperación fuera del centro donde actualmente recibe tratamiento.
Pero las secuelas no son solamente físicas.
“También estoy con psicólogo y psiquiatra. Tengo postrauma”, reveló.
Después hizo una pausa antes de intentar describirlo.
“Es difícil de explicar porque no es algo que se pueda ver”.
Cuando le preguntaron si, después de todo lo ocurrido, consideraba que había valido la pena, no dudó.
“Sí. Yo siento que sí”.
Su etapa como soldado, en cambio, parece haber llegado a su fin.
“Creo que ya terminé mi etapa en el Ejército”, señaló.
No tiene pensado regresar a Colombia.
Su vida, dice, seguirá en Israel.
“Sí, claro”, respondió cuando NewsDigitales le preguntó si había decidido quedarse definitivamente en el país.
La historia forma parte de la cobertura especial de NewsDigitales en Israel, que recorre distintos escenarios y recoge testimonios en primera persona para reconstruir cómo el ataque del 7 de octubre y la guerra posterior siguen atravesando la vida cotidiana de soldados, civiles y sobrevivientes.