El 19 de agosto de 1960, la Unión Soviética lanzó la nave Korabl-Sputnik 2, conocida en Occidente como Sputnik 5. A bordo viajaban Belka y Strelka, dos perras recogidas de las calles de Moscú, junto con ratones, ratas, una coneja, moscas, plantas y microorganismos. Un día después, la cápsula regresó y sus ocupantes fueron recuperados con vida.
No eran los primeros animales enviados fuera de la atmósfera. Moscas, monos y otros perros ya habían realizado vuelos suborbitales, y Laika había alcanzado la órbita en 1957, aunque su nave no estaba diseñada para volver. La diferencia decisiva fue el regreso: Belka y Strelka se convirtieron en los primeros mamíferos de gran tamaño que sobrevivieron a un viaje orbital.
La misión dio 17 vueltas alrededor de la Tierra. Cámaras instaladas en la cabina permitieron observar el comportamiento de las perras durante la ingravidez. Belka mostró agitación y vomitó después de varias órbitas, un dato que los científicos tomaron en serio al planificar vuelos tripulados más cortos. Strelka se mantuvo más tranquila. Los sensores midieron su respiración, pulso, presión arterial y respuesta al movimiento.

Los animales habían sido elegidos por su tamaño reducido, resistencia y temperamento. Los técnicos preferían hembras porque el sistema de recolección de residuos era más sencillo de adaptar. Antes del lanzamiento fueron entrenadas dentro de compartimentos estrechos, sometidas a vibraciones y acostumbradas a comer un alimento especial en forma de gel. El objetivo no era una exhibición: se buscaba comprobar si un ser vivo podía soportar el despegue, la ausencia de peso, la radiación y el reingreso.
El éxito eliminó una de las mayores incertidumbres antes del primer vuelo humano soviético. Menos de ocho meses después, el 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin completó una órbita y se convirtió en la primera persona en viajar al espacio. La experiencia reunida con los sistemas de soporte vital y recuperación fue fundamental para esa misión.
Belka y Strelka se transformaron en celebridades. Aparecieron en actos públicos, fotografías, documentales y objetos de propaganda. Strelka tuvo seis cachorros; uno de ellos, Pushinka, fue enviado años después como obsequio diplomático a la familia Kennedy. Detrás de esa imagen amable existía un programa que utilizó numerosos animales y aceptó riesgos que hoy alimentan debates éticos.
La cápsula conservada y los cuerpos embalsamados de las perras forman parte de la memoria espacial rusa. Su viaje mostró que regresar era posible, paso indispensable para convertir la carrera tecnológica de la Guerra Fría en exploración humana del cosmos.