El alto el fuego entre Irán e Irak entró en vigor a las 3 de la madrugada del 20 de agosto de 1988. La medida, supervisada por observadores internacionales, detuvo una guerra de casi ocho años que había devastado ciudades, campos petroleros y generaciones completas sin producir cambios territoriales duraderos.
El conflicto comenzó en septiembre de 1980, cuando el gobierno iraquí de Saddam Hussein invadió Irán. Bagdad buscaba aprovechar el desorden posterior a la Revolución Islámica de 1979, asegurar ventajas fronterizas y limitar la influencia del nuevo régimen iraní. La ofensiva que pretendía ser rápida se convirtió en una guerra de desgaste comparable, por sus trincheras y costos humanos, con los grandes combates del siglo XX.

Irán recuperó buena parte del territorio perdido y llevó la lucha dentro de Irak. Ninguno de los dos gobiernos quiso ceder cuando parecía posible obtener una victoria mayor. Hubo ataques contra ciudades, barcos petroleros y centrales económicas. Adolescentes iraníes fueron enviados a operaciones peligrosas, mientras Irak amplió sus fuerzas mediante conscripción y apoyo externo.
Uno de los rasgos más graves fue el uso iraquí de armas químicas. Tropas y poblaciones civiles quedaron expuestas a gas mostaza y agentes nerviosos. El ataque contra la ciudad kurda de Halabja, en marzo de 1988, mató a miles de personas. La respuesta internacional fue insuficiente y esas sustancias dejaron enfermedades que continuaron durante décadas.
Las estimaciones de víctimas varían ampliamente. Cientos de miles de combatientes y civiles murieron, y muchos más resultaron heridos, desplazados o traumatizados. Las economías de ambos países perdieron enormes recursos en armas y reconstrucción. La frontera terminó prácticamente en el mismo lugar donde se encontraba antes de la invasión.
El Consejo de Seguridad había aprobado en julio de 1987 una resolución que exigía el cese inmediato de las hostilidades, la retirada a fronteras reconocidas y negociaciones. Irak la aceptó antes; Irán lo hizo en julio de 1988, después de una serie de derrotas militares y bajo una creciente presión económica y social.
Miles de observadores fueron desplegados para vigilar la tregua y verificar la separación de las fuerzas. Las conversaciones directas comenzaron cinco días después en Ginebra, aunque la paz formal y el intercambio completo de prisioneros necesitaron años.

El final no resolvió todas las heridas. Saddam Hussein invadió Kuwait en 1990 y abrió otra guerra regional. En Irán, el recuerdo del conflicto consolidó una cultura política basada en el sacrificio, la defensa y la desconfianza exterior.
Treinta y ocho años después, la fecha recuerda una lección amarga: una guerra puede consumir casi una década y cientos de miles de vidas para devolver a sus protagonistas al punto de partida, pero con sociedades profundamente transformadas por la pérdida.