Durante años, Carlos Fernández Coria llegaba al día 15 o 20 de cada mes con una tranquilidad: los sueldos, los impuestos y las principales obligaciones de su panadería estaban pagos. Entonces podía empezar nuevamente la rueda para juntar el dinero necesario para el mes siguiente. Hoy esa rutina desapareció y fue reemplazada por otra bastante más angustiante: elegir qué pagar y qué dejar para después.
Carlos es dueño de Sabor a Más, una panadería de Monserrat que lleva más de dos décadas en el barrio y que ahora corre riesgo de bajar definitivamente la persiana. Tiene cuatro empleados, tuvo que pagarles el último aguinaldo en cuotas y asegura que los ahorros que utilizó durante meses para sostener el negocio finalmente se terminaron.
“No dan los costos para cubrir los gastos. Vengo juntando deuda, teniendo fe en que esto va a pasar, pero cada vez está peor. Se junta la deuda, los planes de pago, no vas pagando lo del mes y así se sigue acumulando”, cuenta Fernández Coria en diálogo con NewsDigitales.

El deterioro no ocurrió de un día para otro. Carlos recuerda que hacia fines de 2024 apareció un primer desfasaje que todavía pudo cubrir, pero la situación se profundizó durante el último año y diciembre terminó marcando un punto de quiebre. Desde entonces, empezó a recurrir cada vez más a sus propios ahorros para mantener abierta la panadería.
“Primero se van quemando los ahorros y ahora no quedan. El próximo paso será bajar la persiana en diciembre o no sé, porque no hay cómo afrontar la deuda”, reconoce. No precisa cuánto debe, pero habla de “una cifra millonaria” que continúa creciendo.
La panadería llegó a tener siete personas trabajando y una realidad muy distinta a la actual. Carlos recuerda épocas en las que se formaban filas de clientes y el movimiento permitía afrontar los costos del negocio sin llegar a fin de mes haciendo cuentas para decidir qué obligación postergar.
Con la caída de la actividad, los trabajadores que fueron dejando el comercio ya no fueron reemplazados y actualmente quedan cuatro.
“Antes éramos muchos más. Con el tiempo se fueron yendo y no repusimos el personal, y aun así no dan los números. En el buen momento éramos siete personas acá, había cola, era otra época”, recuerda.
El problema llegó incluso al pago de los ingresos de quienes todavía conservan su puesto. Para afrontar el último aguinaldo, Carlos tuvo que abonarlo en cuotas, mientras intentaba sostener al mismo tiempo salarios, vacaciones, alquiler, servicios, proveedores e impuestos.
La estrategia fue resistir esperando una recuperación del consumo que todavía no llegó. Pero, a medida que los meses pasaron, la “espalda” financiera del negocio se fue achicando y las obligaciones pendientes empezaron a acumularse.

Una parte importante de esa deuda es con el Estado. Fernández Coria asegura que comenzó a postergar obligaciones con ARCA porque los ingresos de la panadería dejaron de alcanzar para cubrir todos los compromisos mensuales.
“Es imposible ir pagando todo lo que hay que cubrir, la carga es monstruosa. Este Gobierno habló mucho de bajar impuestos, pero estamos esperando todavía”, cuestiona.
El cambio respecto de otros años, explica, se ve claramente en la forma en que administra la caja del negocio.
“Antes, para el 15 o el 20, pagaba todos los compromisos, impuestos, ARCA, tenía todo resuelto y después empezaba nuevamente la cadena para pagar el mes siguiente. Hoy pasa que no pago nada de ARCA y, con el resto alquiler, sueldos, llamo a la contadora y vemos qué es lo más urgente para saldar”, relata.
Lo que no puede pagar queda para el mes siguiente y así aparece una nueva deuda encima de la anterior. “Va quedando un remanente que se acumula y después es muy difícil pagarlo”, explica.
Para Carlos, la explicación principal está en la calle. Habla de menos consumo, menor circulación de personas y clientes que tienen que cuidar cada vez más lo que gastan, mientras los costos necesarios para mantener abierta la panadería continúan aumentando.
“El dinero no alcanza, la gente está desempleada, no hay circulación de gente en la calle”, describe.
A esa caída de las ventas se suma una ecuación difícil de resolver para cualquier comercio: aumentan los servicios y las materias primas, pero trasladar completamente esas subas al mostrador puede terminar alejando todavía más a los clientes.
“Las cosas siguen subiendo, los servicios, la materia prima, y no podés ir aumentando acorde a todo lo que aumenta, sumado a la poca venta”, explica.
El resultado es un margen cada vez más chico, que durante un tiempo pudo compensar utilizando sus ahorros. Ahora, dice, esa reserva se terminó.
La situación de Sabor a Más no aparece aislada de lo que ocurre en el resto del sector. A comienzos de agosto, en el marco del Día del Panadero, el Centro de Industriales Panaderos (CIP) trazó un panorama crítico sobre la actividad.
Su secretario general, Martín Pinto, aseguró que durante los últimos dos años cerraron unas 3.000 panaderías en todo el país y se perdieron 17.000 puestos de trabajo.
“Lamentablemente, este año no tenemos mucho para festejar debido a la gran cantidad de fuentes de trabajo que venimos perdiendo desde hace dos años”, sostuvo Pinto y resumió la situación con una frase: “Más que festejar, estamos para llorar”.
Carlos todavía no cerró. Sigue levantando la persiana de Sabor a Más, mantiene a cuatro personas trabajando y cada mes vuelve a sentarse con su contadora para decidir qué puede pagar primero. Durante un tiempo utilizó sus ahorros confiando en que la situación iba a mejorar, después llegaron los planes de pago y la deuda acumulada.
Ahora siente que se está quedando sin alternativas. “El próximo paso será bajar la persiana”, admite, mientras intenta que una panadería que atravesó más de dos décadas en Monserrat no termine convirtiéndose en una más de las que desaparecieron en los últimos años.