Celena tiene 29 años, vive en Quilmes, es madre de dos hijos y desde muy chica entendió que salir adelante implicaba trabajar, aprender y volver a intentarlo cada vez que las cosas no salían como esperaba.
Su historia está atravesada por emprendimientos, cierres, dificultades familiares, problemas de salud, cambios de rubro y también por una convicción que repite como una bandera: no rendirse.
Hoy sostiene junto a su pareja un pequeño puesto de panadería en la calle, donde amasan entre siete y ocho kilos de harina por día, según cuenta a NewsDigitales.
Pero detrás de cada bolita rellena, cada rosquita, cada churro o cada pan casero hay una historia mucho más extensa. También hubo una fábrica de calzados que cerró, un local de indumentaria que debieron bajar, un proyecto de marca propia que quedó en pausa y numerosas oportunidades en las que Celena tuvo que empezar nuevamente desde cero.
“Yo solo sé lo que me costó. Solo yo sé que no me fue fácil”, resume.

Celena nació y creció en Quilmes Oeste. Desde muy pequeña comenzó a trabajar para ayudar a su mamá, que era madre soltera y sostenía sola a la familia.
“Salía a vender ropa usada para poder ayudar a mi mamá a traer el alimento a casa. No teníamos ayuda de nadie”, recuerda.
Mientras iba al colegio, también buscaba trabajos que pudiera compatibilizar con sus estudios. En una casa de comidas pelaba papas, cortaba cebolla y ajo. Al mismo tiempo, se capacitó en peluquería y extensiones de pestañas y comenzó a tomar algunos turnos cuando sus horarios se lo permitían. “Siempre trabajé desde muy chica”, cuenta.
Terminó sus estudios a los 19 años y, poco después, decidió apostar por su propio emprendimiento.
Su primera experiencia fuerte como emprendedora fue con la venta de calzados. Utilizaba las redes sociales para mostrar productos, tomar pedidos y llegar a clientes de distintos lugares: “Me iba súper bien”, recuerda.
El negocio creció rápidamente. Sus precios eran accesibles y comenzó a recibir pedidos de personas que incluso compraban para revender: “Venían de todos lados a comprarme y trabajaba mucho con envíos. Era muy conocida en ese momento”.
Pero en 2019 llegó un golpe que no dependía de ella: cerró la fábrica de calzados donde compraba la mercadería: “Estuve dos años vendiendo calzados y tuve que dejar porque no conocía otros proveedores de confianza”.
La situación fue difícil. Sin embargo, Celena no tenía demasiado tiempo para quedarse detenida. Formaba una familia y atravesaba además una situación económica complicada junto a su pareja, Sebastián.

La pareja también tenía dificultades para conseguir estabilidad laboral. Sebastián encontraba trabajos que muchas veces duraban pocos meses.
“Los dos queríamos progresar y teníamos muchas ganas de salir adelante. Además, teníamos una bebé muy chiquita”, explica.
Celena consiguió temporalmente un trabajo de limpieza en una panadería donde trabajaba su pareja. Fue otra etapa difícil, pero también una ayuda para atravesar el momento.
Cuando ese trabajo terminó, decidió volver a emprender. Esta vez apostó nuevamente por la indumentaria y los calzados, pero con una diferencia: debía construir otra vez su red de proveedores y comenzar prácticamente desde cero.
Empezó a viajar a Flores para buscar mayoristas. Al principio hacía el viaje por uno o dos pedidos: “Había veces que no salía nada, pero yo seguía publicando aunque no tuviera ni un pedido”.
La perseverancia empezó a dar resultados. Poco a poco llegaron nuevos clientes y los pedidos comenzaron a multiplicarse.
La ropa empezó a ocupar un lugar cada vez más importante en su negocio y luego sumó carteras, mochilas y artículos de blanquería.

Con el crecimiento de las ventas y algunos ahorros, Celena y Sebastián tomaron una decisión importante: abrir su primer local de indumentaria. “Sentíamos que nos estaba faltando algo más. Cada vez teníamos más ventas y más clientes”, señala.
El esfuerzo comenzó a transformarse en bienes concretos para la familia: “Con mucho esfuerzo y sacrificio llegó nuestra primera cocina, nuestro primer sommier, muebles y otras cositas para la casa”. Pero nuevamente la vida les puso un obstáculo.

La pareja decidió tener otro hijo. La noticia llegó, pero también una etapa compleja. El embarazo de Celena tuvo complicaciones, pérdidas y períodos de internación y reposo.
“Vivía internada. Había tenido pérdidas en el embarazo y me habían mandado a hacer reposo y medicación durante todo el embarazo”, recuerda.
Sebastián estuvo a su lado durante ese proceso. La situación hizo imposible sostener el ritmo necesario para mantener abierto el negocio: “Nos tocó cerrar el local. Fue un proceso duro y triste, pero todo era por el bien de mi bebé y el mío”.
Después nació su segundo hijo. Y cuando parecía que finalmente podrían recuperar cierta normalidad, ocurrió otro episodio que volvió a cambiar sus planes: el bebé, con apenas un mes, sufrió una convulsión y volvió a ser internado. La familia tuvo que cerrar nuevamente el local. “Había muchos anhelos y sueños adentro de ese local”, recuerda Celena.
Con el paso del tiempo llegaron nuevas evaluaciones médicas y el diagnóstico de TDAH para su hijo. Una vez más, la familia tuvo que reorganizarse. Y una vez más, Celena decidió levantarse.

Antes de abandonar definitivamente el rubro textil, Celena y Sebastián habían comenzado a construir otro sueño: tener su propia marca de ropa.
La llamaron Bendita Indumentaria, inspirados en el versículo de Génesis 12:2: “Te bendeciré y serás de bendición”.
Sebastián se capacitó en corte y confección. Celena se ocupó de las telas, los diseños y las publicaciones. Con los ahorros compraron tijeras y una mesa para comenzar a fabricar remeras artesanalmente.
“La idea era empezar de a poco. Después queríamos comprar las máquinas y una estampadora. Por algo siempre se empieza”, explica la joven.
El proyecto volvió a quedar suspendido por las circunstancias familiares. Pero la idea nunca desapareció.

Tiempo después, Celena y Sebastián decidieron probar con algo completamente diferente: la panadería. Sebastián tenía experiencia en el rubro y Celena decidió acompañarlo.
“Nos pusimos el gorro y el delantal y las muchas ganas de seguir creciendo”, relata la quilmeña.
Comenzaron con un pequeño puesto callejero. Sin local, sin grandes máquinas y con una producción completamente artesanal. Al principio amasaban apenas un kilo de harina por día para preparar bolitas rellenas.
“Hay veces que se vende y otras no tanto. Las veces que nos quedaba, regalábamos lo que sobraba”, dice Celena.
Las redes sociales volvieron a convertirse en una herramienta fundamental. Poco a poco comenzaron a hacerse conocidos y llegaron nuevos clientes. Actualmente trabajan entre siete y ocho kilos de harina diarios, todo de manera manual.
La oferta también creció: bolitas rellenas, rosquitas, churros, panes caseros, tartas frutales y alfajores de maicena: “Las galletas de grasa son de las que más piden nuestros clientes y se terminan muy rápido”.
Ahora Celena y Sebastián tienen un nuevo objetivo: comprar una amasadora y un horno pastelero. “Nos lleva mucho trabajo y mucho tiempo la producción. Hay días que cuesta más”, apunta.
El sueño es poder aumentar la producción y trabajar con mayor comodidad sin abandonar la esencia artesanal que les permitió comenzar.
El puesto se llama Salmos 23, un nombre elegido por Celena debido a la identificación que siente con ese pasaje bíblico después de todo lo que atravesó.

La historia de Celena también se volvió visible en Facebook. Sus publicaciones comenzaron a llegar a personas de diferentes lugares, especialmente a otros emprendedores: “Mis publicaciones animan a muchas personas”.
Recibe mensajes de apoyo, pero también críticas. Algunas personas cuestionan que venda en la calle, que haya cambiado varias veces de actividad o que no haya seguido una carrera profesional: “Me dicen que por qué no terminé mis estudios y me recibí de algo digno”.
También recibió comentarios sobre su situación económica y sobre las personas que compran sus productos: “Dicen que vender en la calle habla de mi pobreza”.
Para Celena, esas críticas desconocen todo lo que ocurrió detrás de su historia: “No saben nada de mí. No conocen ni hasta lo mínimo”.
Y lejos de abandonar, utiliza esos comentarios como combustible. “Esos mensajes negativos, aunque parezca que no, me animan a seguir más y más”, subraya.

Celena no habla de éxito como un punto de llegada inmediato. Lo entiende como la capacidad de continuar después de cada golpe.
“Solo yo sé las veces que caí, las veces que fracasé y, con pocas fuerzas y lágrimas en los ojos, me levantaba y volvía otra vez a intentar”, mira para atrás.
Su filosofía se resume en una frase que repite varias veces: “Una caída no determina tu destino”. Y agrega: “Muchas veces esa caída puede ser el comienzo de algo grande”.
“Quiero ayudar a muchos a cumplir sus sueños”, insiste, y agrega: “Me veo triunfando. Me veo logrando todo lo que anhelo”.
“Me vieron caer, pero estoy segura y tengo toda la fe en mí misma de que también me verán triunfar”, se entusiasma.
Y deja un mensaje para quienes atraviesan dificultades: “¿Caíste? Levantate. ¿Fracasaste? No importa, volvé a intentarlo”.
“Estamos tan enfocados en cómo está el país o el gobierno que nos olvidamos de nosotros mismos muchas veces. Yo creo que la queja nos genera ruina y miseria. Hay que mantener una actitud positiva siempre”, concluye la emprendedora de Quilmes.