Representantes de doce Estados europeos firmaron en Ginebra el 22 de agosto de 1864 un acuerdo de solamente diez artículos que cambió la manera de limitar los sufrimientos de la guerra. La primera Convención de Ginebra obligó a atender a los militares heridos sin importar a qué ejército pertenecieran y protegió a quienes brindaban asistencia médica.
La iniciativa surgió después de la batalla de Solferino, librada en 1859 entre fuerzas francesas y sardas contra el Imperio austríaco. Decenas de miles de muertos y heridos quedaron sobre el campo sin una atención suficiente. El empresario suizo Henry Dunant presenció aquella escena y ayudó a organizar a habitantes de la zona bajo una consigna sencilla: todos eran hermanos.
Dunant publicó posteriormente un libro en el que propuso crear asociaciones voluntarias de socorro y establecer un tratado que garantizara su protección. Sus ideas impulsaron la formación en 1863 del comité que se convertiría en el Comité Internacional de la Cruz Roja.

El paso decisivo fue transformar la compasión en una obligación jurídica aceptada por los gobiernos. La conferencia convocada por Suiza reconoció la neutralidad de hospitales, ambulancias y personal sanitario. También adoptó una cruz roja sobre fondo blanco como emblema protector, inversión de los colores de la bandera suiza y no símbolo religioso.
El acuerdo estableció que los combatientes enfermos o heridos debían ser recogidos y cuidados cualquiera fuera su nacionalidad. En una época en que los ejércitos podían abandonar a los adversarios o tratar a médicos como enemigos, esa regla introdujo la idea de que incluso la guerra posee límites.

La convención original fue revisada en 1906 y 1929. Después de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, los Estados aprobaron en 1949 cuatro tratados más amplios. Estos protegen a heridos y náufragos de las fuerzas armadas, prisioneros de guerra y población civil. Protocolos posteriores incorporaron conflictos internos y nuevas formas de combate.
Las Convenciones de Ginebra no impiden las guerras ni garantizan que todos respeten sus normas. Hospitales fueron atacados, prisioneros torturados y civiles desplazados en numerosos conflictos. Sin embargo, ofrecen criterios para investigar responsabilidades, capacitar a fuerzas militares y exigir acceso humanitario. Sus infracciones graves pueden constituir crímenes de guerra.
El símbolo protector también evolucionó. Junto con la cruz roja se reconocieron la media luna roja y, más recientemente, el cristal rojo para ofrecer una alternativa neutral. Las organizaciones nacionales utilizan estos emblemas para asistir ante guerras, desastres y emergencias.
A 162 años, aquel documento conserva una vigencia incómoda y necesaria. La primera Convención de Ginebra no prometió hacer aceptable la guerra; estableció que la condición humana sobrevive incluso dentro del campo de batalla y que atender a una persona indefensa nunca debe considerarse una traición.