La respuesta de Silicon Valley frente a la automatización masiva consiste, en definitiva, en redoblar la apuesta del mercado tradicional. Si las máquinas absorben los empleos conocidos, la salida que nos proponen es transformar a ocho mil millones de personas en operadores hiperproductivos de sus propios microemprendimientos asistidos por algoritmos. Es una versión descentralizada y sofisticada del capitalismo, pero construida sobre el mismo dogma de siempre: la valía humana sigue atada a la capacidad de competir, producir y acumular.
Durante casi toda la historia, la escasez fue el problema central de la economía. Producir bienes y servicios costaba trabajo, tiempo y recursos limitados. Hoy la tecnología promete bajar ese costo a casi cero: la capacidad técnica instalada puede resolver las necesidades materiales básicas a un costo marginal mínimo, ubicándonos en el umbral de la era de la abundancia.
Eso cambia la ecuación productiva, pero abre un riesgo concreto. Una fábrica que reemplaza a sus operarios por robots produce más y más barato, pero esos trabajadores eran también los clientes de otras empresas. Si el mercado automatiza en simultáneo, la economía corre el riesgo de tener capacidad de producir de todo y cada vez menos personas con ingresos para consumirlo. Una investigación de Wharton y Boston University describió este fenómeno en 2026 como la "trampa del despido por IA": producción sin límites y demanda en caída libre.
Frente a esa encrucijada, confiar exclusivamente en que el mercado creará empleos mágicos para todos puede no alcanzar. Hacen falta mecanismos institucionales explícitos para que la renta de las máquinas vuelva a la sociedad, siguiendo ejemplos como el dividendo petrolero que Alaska reparte a sus ciudadanos desde 1982 o el fondo soberano de Noruega para las generaciones futuras.
Zuckerberg promete asistentes que resolverán la salud, las finanzas, la carrera y hasta las relaciones personales sin exigir mayor esfuerzo. Suena tentador, pero la comodidad absoluta esconde un costo silencioso.
Cuando las máquinas asumieron el trabajo físico pesado, el cuerpo dejó de moverse y la sociedad tuvo que inventar el gimnasio para no atrofiarse. Con la mente ocurre algo similar. Delegar cada análisis y cada decisión cotidiana entrena menos nuestras capacidades. El criterio propio y el pensamiento crítico, al igual que los músculos, se debilitan cuando no se ejercitan. Sacar provecho de estas herramientas requiere la voluntad de mantenernos lúcidos ante las grandes preguntas, tomando nuestras propias decisiones antes de que la automatización reemplace nuestra voluntad.

Durante la mayor parte de nuestra evolución, la supervivencia de la especie dependió de la colaboración comunitaria, el cuidado mutuo y el sentido de pertenencia a un grupo. Recién en los últimos siglos el éxito pasó a medirse en términos puramente individuales de rendimiento y acumulación material.
No es casual que la ansiedad y el vacío existencial crezcan en la época de mayor confort material de la historia. Lo que falta no es una herramienta más ni un nuevo negocio que inventar; falta un propósito que trascienda la rueda de la producción.
Llenarse de cosas o coordinar ejércitos de asistentes digitales no reemplaza el encuentro cara a cara, el afecto real ni la salud del alma.
Cuando ya no haga falta pelear por el sustento diario, el problema deja de ser la productividad. Lo que tenemos por delante es decidir qué vida queremos para ese tiempo libre: seguir midiendo el éxito por la acumulación, o animarnos a poner en primer lugar a la comunidad, la naturaleza y el sentido de vivir.
El futuro puede ser de todos, pero ahora nos toca decidir para qué lo vamos a usar.
Será verdaderamente de todos cuando aprovechemos la abundancia tecnológica no para multiplicar la autoexplotación, sino para construir una sociedad más consciente, solidaria y orientada a un propósito genuino.