Javier Fernández Lima tenía 10 años cuando su hermano Diego, de 16, salió de su casa y no regresó. Desde entonces, la ausencia se instaló en cada cumpleaños, en cada fiesta y en la rutina de una familia que durante más de cuatro décadas esperó alguna noticia. Su mamá se asomaba a la ventana con la esperanza de verlo aparecer y se negó durante años a sacar el teléfono fijo de la casa por si alguna vez llamaba.
Javier también esperó. Compartía habitación con Diego, jugaban juntos al fútbol y lo tenía como su “ídolo”. Su hermano era jugador de Excursionistas, amante de las motos y un adolescente con muchos amigos en el barrio. Javier tenía 10 años cuando desapareció y hoy tiene 52. Creció, como él mismo lo define, con la incertidumbre de no saber qué había ocurrido.
La respuesta comenzó a aparecer recién el 20 de mayo de 2025, cuando durante una obra en una casa de Coghlan, donde había vivido Gustavo Cerati, fueron encontrados restos humanos enterrados desde hacía décadas. Los estudios genéticos determinarían después que pertenecían a Diego Fernández Lima.
Para Javier, aquella fecha también dejó expuesta una deuda que arrastraba desde 1984. “La Justicia empezó a trabajar 41 años después”, sostuvo durante una entrevista en el Living de NewsDigitales.
El reproche de Javier comienza la misma noche de la desaparición, el 26 de julio de 1984. Diego sabía que a las 20 tenía que estar en su casa para cenar. En una época sin celulares, si iba a demorarse debía buscar un teléfono y avisar.
Llegaron las 20. Después las 20.30. Sus padres comenzaron a llamar a familiares y conocidos. Diego no aparecía y nadie sabía dónde estaba. Su padre fue entonces a la comisaría.

Según reconstruyó Javier, no le tomaron la denuncia. “Ya va a volver”, recuerda que le dijeron. Incluso le plantearon la posibilidad de que el adolescente se hubiera marchado con una chica.
Con el paso de los días, la hipótesis policial se orientó hacia una posible fuga del hogar. En ese contexto, contó Javier, llegaron a investigar a sus padres para determinar si Diego podía haberse ido por una situación de maltrato familiar.
La sospecha de los investigadores no cerraba por ningún lado. Diego había dejado en su casa los documentos y el dinero. “Si él se va, se lleva todo”, recordó Javier.
A partir de entonces empezó una interminable odisea. Su padre era citado y debía acudir a dependencias policiales donde, según el relato de Javier, podía permanecer horas esperando ser atendido. Hubo un expediente, pero la familia nunca sintió que existiera una investigación capaz de responder qué había ocurrido con Diego.
Javier era demasiado chico para comprender inicialmente la dimensión de lo que estaba pasando. Sus padres intentaban protegerlo, pero él preguntaba constantemente por Diego.

Compartían la habitación. Jugaban al fútbol ahí mismo y Diego le pateaba penales. Ambos eran fanáticos de Excursionistas, club en el que su hermano jugaba. Para Javier no era solamente el hermano mayor: “Era mi ídolo”.
Después llegaron las primeras Navidades sin él. Los cumpleaños. Los aniversarios. “Yo fui creciendo con una angustia, una pena. Se crece porque tenés que seguir viviendo, no te queda otra”, contó.
Su madre mantuvo la esperanza durante décadas. Aun cuando los años hacían cada vez más difícil imaginar un regreso, seguía mirando por la ventana. Y mantuvo el teléfono de línea por si alguna vez sonaba y del otro lado estaba Diego. Esa incertidumbre recién terminó en 2025.
Cuando comenzaron a circular las primeras noticias sobre el hallazgo de huesos humanos durante una obra en Coghlan, Javier no pensó inmediatamente en su hermano. Vivían relativamente cerca —calcula unas veinte cuadras—, pero ni siquiera sabía exactamente dónde estaba la propiedad.
Después comenzaron a conocerse características de los restos y de los objetos encontrados junto a ellos.
La casa del barrio porteño de Coghlan donde fueron hallados los restos de Diego Fernández Lima.
Uno encendió una alarma en la familia: un reloj calculadora. Diego utilizaba uno. También aparecieron prendas y otros elementos que podían coincidir con la época. A partir de esos datos, integrantes de la familia se comunicaron con la fiscalía. El Equipo Argentino de Antropología Forense tomó muestras genéticas de su madre para compararlas con los restos.
El resultado terminó con 41 años de incertidumbre. Era Diego.
Para Javier, conocer la verdad significó también reemplazar una pregunta por otra. Durante cuatro décadas había querido saber dónde estaba su hermano. Desde entonces, necesita saber qué pasó dentro de aquel terreno y quién fue responsable de su muerte.
La identificación permitió a la familia recuperar finalmente los restos. También terminó definitivamente con aquella esperanza, por mínima que fuera, de que Diego hubiera sobrevivido.
Javier resume esos 41 años con una escena que todavía le cuesta pronunciar: “Mi hermano se fue el 26 de julio del 84 comiendo una mandarina en mi casa y lo fui a buscar 41 años después: me lo dieron en una cajita en la morgue”.
Su padre murió sin saber qué había ocurrido. Su madre tiene hoy 88 años: pasó prácticamente la mitad de su vida esperando a su hijo. Javier asegura que conocer finalmente la noticia la afectó profundamente.

Él tampoco considera que la identificación de los restos haya cerrado la historia.
La investigación busca ahora reconstruir las circunstancias de la muerte de Diego y establecer responsabilidades. Javier sostiene que existen personas que todavía pueden aportar información y pide que quienes sepan algo se presenten ante la fiscalía. “Que me lo digan a mí no sirve. Lo tiene que saber la Justicia”, explicó.
No quiere buscar respuestas personalmente ni enfrentarse con quienes aparecen mencionados alrededor del caso. A pesar de los cuestionamientos que hace sobre lo ocurrido durante las cuatro décadas anteriores, insiste en que la resolución debe llegar por los tribunales. “Yo le apuesto cien por ciento a la Justicia. Esto lo tiene que solucionar la Justicia”, afirmó.