Roma inauguró el 25 de agosto de 1960 los Juegos de la XVII Olimpíada, una competencia que vinculó ruinas y monumentos antiguos con el nacimiento del deporte televisado a escala mundial. Participaron más de 5.000 atletas de 83 delegaciones en 150 pruebas distribuidas entre 17 disciplinas.
La capital italiana había sido elegida inicialmente como sede de los Juegos de 1908, pero debió renunciar después de la erupción del Vesubio de 1906 porque el país necesitaba destinar recursos a la emergencia. Más de medio siglo después, recibió finalmente el acontecimiento y lo utilizó para mostrar su modernización posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Las competencias ocuparon instalaciones nuevas y espacios históricos. La lucha se disputó en la Basílica de Majencio, la gimnasia utilizó las Termas de Caracalla y el recorrido del maratón pasó junto a monumentos romanos antes de finalizar bajo el Arco de Constantino. La ciudad no funcionó solamente como fondo: su historia quedó incorporada al espectáculo deportivo.
Los Juegos fueron los primeros de verano con una cobertura televisiva internacional extensa. Señales grabadas y enlaces permitieron que millones de espectadores europeos siguieran las pruebas, mientras otras imágenes viajaban hacia diferentes continentes. La televisión cambió horarios, presentación y relación entre atletas, patrocinadores y público.
Roma 1960 produjo figuras inolvidables. El etíope Abebe Bikila ganó el maratón corriendo descalzo y se convirtió en el primer deportista del África subsahariana en obtener una medalla olímpica de oro. Cuatro años después repetiría el triunfo en Tokio, esta vez con calzado y después de una operación.

El boxeador estadounidense Cassius Clay, posteriormente conocido como Muhammad Ali, conquistó el oro semipesado. La velocista Wilma Rudolph ganó tres pruebas después de haber superado durante su infancia una enfermedad que afectó su pierna. El danés Paul Elvstrøm consiguió su cuarta medalla dorada consecutiva en vela.
Los Juegos también reflejaron el mundo político de la Guerra Fría y la descolonización. Nuevos Estados buscaban reconocimiento mediante sus delegaciones, mientras las potencias convertían cada medalla en prueba de superioridad social. Sudáfrica participó por última vez antes de quedar excluida durante décadas debido al apartheid.

El crecimiento olímpico mostraba posibilidades de integración, pero también desigualdades entre países con sistemas deportivos profesionales y delegaciones que apenas podían financiar el viaje. Esa tensión continúa presente en las competencias actuales.
Roma construyó autopistas, alojamientos y espacios deportivos cuya utilización posterior fue desigual. La Villa Olímpica se transformó en viviendas, mientras otras instalaciones exigieron mantenimiento costoso.
A 66 años, aquellos Juegos permanecen asociados con una imagen poderosa: Bikila corriendo descalzo durante la noche junto a monumentos de un antiguo imperio y anunciando, mediante una victoria africana, que el mapa del deporte mundial estaba cambiando.