Dos visitas de altísimo nivel ocurridas prácticamente en simultáneo volvieron a poner a Moscú en el centro de todas las miradas. Este martes 25 de agosto, el director de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), John Ratcliffe, realizó un viaje no anunciado a la capital rusa, mientras que el responsable de la política exterior del Vaticano, Paul Richard Gallagher, mantuvo reuniones con el canciller ruso Serguéi Lavrov.
Por separado, cualquiera de los dos movimientos tendría relevancia diplomática. La coincidencia temporal, sin embargo, resulta particularmente llamativa en momentos en los que crecen las advertencias de los servicios de inteligencia occidentales sobre una posible escalada de Rusia más allá del territorio ucraniano.
El viaje de Ratcliffe fue mantenido bajo un fuerte hermetismo. La Casa Blanca, el Pentágono y la propia CIA evitaron inicialmente precisar los objetivos de la misión, mientras medios estadounidenses confirmaron que el funcionario había llegado a Moscú para mantener reuniones con representantes rusos. Tampoco trascendió oficialmente quiénes fueron sus interlocutores.
El dato histórico agrega todavía más interrogantes. La última visita conocida de un director de la CIA a Moscú había ocurrido en noviembre de 2021, cuando William Burns viajó hasta Rusia para transmitir personalmente una advertencia de Washington a Vladimir Putin ante la acumulación de tropas rusas alrededor de Ucrania. Apenas tres meses después, el 24 de febrero de 2022, comenzó la invasión rusa a gran escala.
Ratcliffe llegó ahora en un contexto diferente, pero nuevamente atravesado por señales de preocupación dentro de los organismos de seguridad occidentales. Hasta el momento, no existe confirmación oficial de que su viaje tenga como objetivo advertir a Moscú sobre un eventual ataque contra un integrante de la OTAN. Sin embargo, los movimientos se producen mientras la inteligencia estadounidense detecta un cambio en la predisposición del Kremlin a asumir riesgos.
A comienzos de agosto, funcionarios estadounidenses familiarizados con evaluaciones de inteligencia revelaron que Washington considera que Vladimir Putin podría estar cada vez más dispuesto a autorizar acciones provocativas capaces de alcanzar territorio de países integrantes de la OTAN.
Según esas evaluaciones, las acciones podrían incluir operaciones híbridas, ciberataques, sabotajes u otro tipo de maniobras diseñadas para mantener cierto nivel de negación sobre la responsabilidad directa de Moscú, sin necesariamente desembocar inmediatamente en una ofensiva militar convencional contra la Alianza Atlántica.
Las señales comenzaron a multiplicarse durante las últimas semanas.
El 16 de agosto, por ejemplo, un avión de combate desplegado en una misión de la OTAN derribó un dron que había ingresado al espacio aéreo de Rumania, cerca de las fronteras con Ucrania y Moldavia. Un portavoz de la alianza aseguró posteriormente que el aparato parecía ser ruso. Era, además, el cuarto derribo de características similares registrado sobre territorio rumano.
Alemania también quedó involucrada en una investigación particularmente sensible después del hallazgo de un dron con explosivos en el aeropuerto de Leipzig/Halle, uno de los centros logísticos utilizados para operaciones vinculadas con la OTAN. Funcionarios estadounidenses citados por CBS señalaron que Washington evaluaba que el artefacto era de origen ruso. En paralelo, aumentaron los reportes sobre drones desconocidos sobre instalaciones militares alemanas.
La tensión llegó incluso al Reino Unido. Este lunes, el exviceministro ruso de Relaciones Exteriores Andrei Fedorov advirtió públicamente que fábricas británicas involucradas en la producción de drones destinados a Ucrania podrían ser atacadas por fuerzas “desconocidas” o de características “semimilitares”. Sus declaraciones fueron interpretadas como una nueva señal sobre el creciente terreno gris entre la guerra convencional y las operaciones encubiertas.
El propio canciller polaco, Radosław Sikorski, viene alertando sobre la posibilidad de que Rusia busque poner a prueba a la OTAN mediante provocaciones, operaciones de falsa bandera o incidentes protagonizados por drones antes que mediante una invasión convencional, particularmente mientras la mayor parte de la capacidad militar rusa continúa comprometida en Ucrania.
En ese escenario se produjo el inesperado desembarco del jefe de la CIA en Moscú.
Existe otro elemento que refuerza la sensibilidad de la misión: fuentes citadas por medios internacionales señalaron que Estados Unidos habría solicitado a Ucrania evitar ataques sobre Moscú mientras permaneciera allí la delegación estadounidense. El objetivo habría sido reducir cualquier riesgo durante la presencia de funcionarios de alto rango en territorio ruso.
Casi simultáneamente, Paul Richard Gallagher, secretario para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales de la Santa Sede —el equivalente al ministro de Relaciones Exteriores del Vaticano— llegó también a Moscú.
Gallagher mantuvo este martes una reunión con Serguéi Lavrov y reclamó avanzar de manera urgente hacia el final de la guerra en Ucrania. Durante el encuentro se analizaron posibles caminos para una salida diplomática y cuestiones humanitarias relacionadas con las víctimas del conflicto, especialmente los niños.
La coincidencia adquiere otra dimensión por un detalle: Gallagher tampoco viajaba a Moscú desde 2021.
Su último encuentro presencial con Lavrov había ocurrido ese año, antes de la invasión de Ucrania. La reunión de este martes constituyó, de hecho, el primer diálogo presencial de ese nivel entre representantes rusos y del Vaticano en cinco años.
No existen por el momento elementos que permitan sostener que la misión estadounidense y la del Vaticano formen parte de una operación coordinada. La agenda pública de Gallagher tiene un contenido esencialmente diplomático y humanitario, mientras que el objetivo concreto de Ratcliffe permanece bajo reserva.
Sin embargo, resulta difícil ignorar la fotografía política.
Un jefe de la CIA que no viajaba a Moscú desde la antesala de la invasión de Ucrania y el máximo responsable de la diplomacia vaticana que tampoco visitaba Rusia desde 2021 coincidieron nuevamente en la capital rusa el mismo día, mientras Europa registra una sucesión de incidentes con drones, amenazas, sabotajes y operaciones híbridas.
La pregunta que comienza a recorrer las capitales occidentales es hasta dónde está dispuesto a avanzar el Kremlin.
Por ahora, afirmar que Rusia prepara un ataque militar directo contra un miembro de la OTAN sería ir más allá de la información disponible. Lo que sí está documentado es que la inteligencia estadounidense observa una mayor predisposición de Putin a asumir riesgos sobre territorio aliado y que Washington decidió, en ese contexto, enviar personalmente a Moscú al hombre que conduce su principal agencia de inteligencia.
La última vez que ocurrió algo semejante fue en noviembre de 2021.
Tres meses después, Europa entró en guerra.