Andrés Serbin pasó buena parte de su vida tratando de comprender las transformaciones políticas y sociales de América Latina. Antropólogo, doctor en Ciencias Políticas, investigador y activista internacional por la paz, vivió más de dos décadas en Venezuela, participó de los acercamientos entre Cuba y Estados Unidos y conoció personalmente a Hugo Chávez. Sin embargo, a los 77 años decidió sumar una nueva identidad: la de escritor de relatos atravesados por el humor, los viajes, la gastronomía y la incorrección política.
Durante su paso por El Living de NewsDigitales, Serbin presentó Room Service en la Selva, su nuevo libro publicado por Editorial Dunken, pero también dejó definiciones sobre la Argentina, el avance de las derechas, la crisis de representación y los riesgos que observa detrás de los liderazgos disruptivos de Javier Milei y Donald Trump.
“Cada crisis que viví me generó la necesidad de reinventarme y hacer cosas nuevas”, aseguró al reconstruir una trayectoria marcada por el exilio, la política, la academia y la pérdida de Mireya, su compañera durante 44 años.
Serbin llegó a Venezuela después de abandonar la Argentina en medio de la violencia política. Tras una breve estadía en México, comenzó a trabajar en la Universidad Central de Venezuela, donde desarrolló investigaciones antropológicas y realizó trabajos de campo en comunidades indígenas de la Gran Sabana, cerca de las fronteras con Guyana y Brasil.
En esas aulas tuvo como estudiante a quien años después se convertiría en uno de los dirigentes más influyentes de América Latina. “El momento de quiebre ya lo veía venir porque Chávez había sido estudiante mío”, reveló.

La relación no quedó limitada al ámbito universitario. Según contó Serbin, ambos mantuvieron contactos profesionales y sociales, y el futuro presidente venezolano le propuso en reiteradas oportunidades que se incorporara a su proyecto político.
“Varias veces me propuso trabajar con él y yo le dije que no, porque no podía trabajar con un golpista”, afirmó en referencia al intento de golpe de Estado encabezado por Chávez en febrero de 1992.
El rechazo se mantuvo incluso después de que el dirigente bolivariano llegara al poder por elecciones. Para entonces, Serbin asesoraba a la Cancillería venezolana y ya advertía el rumbo que podía tomar aquel proceso. “Cuando ya había sido electo presidente, insistió. Yo me di cuenta hacia dónde iba todo esto”, recordó.
Su testimonio adquiere una dimensión particular porque no proviene de un adversario externo al proceso venezolano. Serbin se define desde una tradición progresista, trabajó por la inclusión de comunidades indígenas y dedicó décadas a estudiar la desigualdad latinoamericana. Sin embargo, distinguió esa identidad política del respaldo automático a un liderazgo que consideraba autoritario.
Desde esa experiencia, Serbin analizó el presente de la Argentina y el avance de liderazgos de derecha. Para el especialista, la irrupción de Javier Milei no puede explicarse únicamente por sus cualidades personales ni por la eficacia de su campaña: también fue una reacción frente al agotamiento del ciclo político anterior.
“Cuando un partido o un grupo político se eterniza en el gobierno, tarde o temprano viene una reacción en el sentido de elegir lo opuesto, porque la gente no está satisfecha”, explicó.
La comparación con Estados Unidos apareció de manera inevitable. Después de Barack Obama llegó Donald Trump; tras años de predominio peronista, la Argentina eligió a Milei. Serbin advirtió, además, que las redes sociales favorecen la construcción de figuras extremas, presentadas como las únicas capaces de romper con un sistema desacreditado.
“Las redes sociales contribuyen a esta visión de que ciertos personajes, por el hecho de ser tan disruptivos, son los que pueden salvar la situación”, señaló.
Sin embargo, evitó presentar el avance conservador como un fenómeno permanente. Según su lectura, América Latina atravesó una “marea rosa” de gobiernos progresistas que terminó desgastándose y ahora transita una “marea de derecha” cuya duración todavía resulta incierta.
“No sabemos cuánto va a durar porque tampoco sabemos qué va a pasar con Trump. Cuando desaparezca como referente, habrá que ver hacia dónde derivan los demás movimientos de derecha”, sostuvo.

Una de las críticas más fuertes de Serbin no estuvo dirigida exclusivamente a un espacio ideológico, sino a la falta de formación de buena parte de la dirigencia.
“Hay mucha ignorancia en la política. Mucha gente que está en ella no tiene la capacitación adecuada para entender las cosas que pasan en la sociedad y los asesores generalmente también fallan”, cuestionó.
Para el antropólogo, existe una brecha entre las condiciones reales de vida y la lectura que realizan quienes toman decisiones. Esa desconexión lleva a que la sociedad sea observada únicamente mediante encuestas o cálculos electorales, sin comprender cómo inciden la desigualdad, la exclusión y las diferencias culturales.
Serbin sostiene que no es necesario vivir en una comunidad indígena o en un barrio vulnerable para entender esas realidades, pero sí reconocer su existencia y su capacidad para condicionar el rumbo de una sociedad.
Su trayectoria estuvo atravesada por esa preocupación. Participó del surgimiento de movimientos indígenas argentinos, investigó comunidades mapuches y trabajó sobre las tensiones territoriales. También presidió durante más de 25 años la Coordinadora Regional de Investigaciones Económicas y Sociales (CRIES), una red latinoamericana dedicada a la investigación, la integración regional, la diplomacia ciudadana y la prevención de conflictos.
Otro capítulo central de su carrera fue su participación en el Taller Académico Cuba-Estados Unidos, conocido como TACE. El espacio fue impulsado por CRIES junto con instituciones académicas cubanas y estadounidenses después de la llegada de Obama a la Casa Blanca y del reemplazo de Fidel Castro por Raúl Castro.

Durante cinco años, investigadores, economistas y especialistas de ambos países trabajaron sobre posibles mecanismos de acercamiento. Algunas de sus propuestas fueron incorporadas posteriormente al proceso de normalización diplomática anunciado en diciembre de 2014.
Serbin considera aquella experiencia uno de los episodios más importantes de su vida profesional, aunque reconoce sus límites. “Las decisiones no las toma uno, las toman las élites respectivas”, reflexionó.
También cuestionó al gobierno cubano por no haber aprovechado plenamente la oportunidad abierta durante la administración de Obama. En su mirada, el retroceso posterior no fue responsabilidad exclusiva de Washington: La Habana demoró reformas económicas que sus propios especialistas venían recomendando.
La muerte de Mireya, su esposa y compañera durante 44 años, marcó el comienzo de otra transformación. Después de acompañarla durante una enfermedad prolongada, Serbin dejó la presidencia de CRIES y debió decidir cómo continuar.
“Tenía dos alternativas: ir a llorar a los rincones y vivir un duelo permanente o reinventarme y vivir la vida de otra manera”, contó.
La respuesta fue la literatura. Primero publicó Comida: diario de un antropólogo hambriento y ahora presentó Room Service en la Selva, un volumen de 160 páginas que reúne relatos inspirados en viajes, relaciones afectivas, historias familiares y personajes extravagantes.
“No todo lo que escribo es autobiográfico. Trato de hacer literatura e imaginar cosas, pero tengo una experiencia acumulada que me permite volcarla”, explicó.
La obra recupera también la historia de las mujeres de su familia, atravesadas por la Revolución rusa, las guerras mundiales, las migraciones y el desarraigo. Serbin nació en Buenos Aires dentro de una familia vinculada con los emigrados rusos blancos, dirigió de joven una revista de esa colectividad y comenzó su recorrido político como anarquista.
Room Service en la Selva combina memoria y ficción con un tono deliberadamente provocador. El autor habla de gastronomía, sexualidad, vínculos y experiencias que muchas veces quedan excluidas de los relatos académicos.
“Hay mucha transgresión porque cuento historias que en general no se cuentan. Algunos me dijeron: ‘¿Estás loco? ¿Cómo contás esas cosas?’”, relató.

Esa libertad narrativa también expresa una posición política. Serbin cuestiona la corrección política cuando funciona como un sistema de censura social o impone reglas rígidas acerca de lo que puede decirse.
“Cuando te meten en una camisa de fuerza con normas establecidas sobre qué hace que te cancelen o no, estamos en problemas”, afirmó. No se trata, en su caso, de reivindicar la agresión, sino de defender la posibilidad de incomodar, reírse de uno mismo y discutir los consensos establecidos.
Después de analizar revoluciones, gobiernos, guerras y procesos de paz, Serbin encontró en la literatura una forma menos solemne de continuar observando a la sociedad. Su nueva etapa no significa un retiro de la política: es otra manera de intervenir en ella.
Como resumió al final de la entrevista, recuperando una frase atribuida a la antropóloga Margaret Mead: “Cuando uno está insatisfecho con la sociedad, estudia sociología; cuando está insatisfecho consigo mismo, estudia psicología; y cuando está insatisfecho con la sociedad y consigo mismo, estudia antropología”.