Viva la Libertad, Carajo. Pero para pagar una licencia de software en la Argentina de 2026, la libertad todavía no llegó. El software es hoy uno de los sectores que más dólares genera para el país: casi USD 3.000 millones al año. Sin estas trabas, el sector podría estar exportando USD 4.000 millones. Mil millones de dólares que no se pierden por falta de mercado ni de talento, sino por falta de acceso al propio dólar. Para pagar una licencia -Microsoft, AWS, Freshworks- cualquier pyme del sector se topa con la traba de siempre. Y ahí está el problema real.
El BCRA exige devengamiento previo: no autoriza el giro hasta que el servicio ya se prestó. En criollo, pretende que el software se pague como un alquiler vencido, no como lo que es. En ningún lugar del mundo el software se paga así. Nadie contrata Microsoft 365 o AWS y paga a los doce meses de haberlos usado: se paga por adelantado, como cualquier suscripción, porque así funciona el modelo hace veinte años. Pedirle a una multinacional que otorgue un año de crédito para activar una clave de acceso no es una condición: es pedirle algo que ninguna empresa del planeta está dispuesta a ofrecer.
Ese es el quid de la cuestión: no es una restricción cambiaria razonable, es una ficción regulatoria sin correlato en ningún mercado real. Así que la pyme resuelve el pago desde afuera: abre una cuenta en Uruguay, en Estados Unidos, donde sea, compra dólares por CCL y paga directamente desde el exterior.
El cepo no existe para frenar al software: existe, en teoría, para cuidar las reservas del Banco Central. Pero logra lo contrario. Empuja a que la operatoria comercial internacional de un sector entero se resuelva afuera del sistema que se supone debía protegerlo. La actividad se sigue generando en la Argentina -el trabajo, los sueldos, las oficinas- pero la operación financiera que la sostiene ya no pasa por acá. Ni un dólar de esas transferencias toca el MULC. Ninguna estadística oficial las registra.
Es una pyme que factura en Buenos Aires y paga desde Montevideo. Que emplea en Argentina y paga a sus proveedores desde una cuenta que el Banco Central no ve. Cuanto más cepo, menos control real: lo único que logra desplazar es el lugar donde ocurre la transacción, no la transacción en sí.

Y no termina ahí. Una vez que la pyme aprendió a operar desde afuera, descubre que ahí todo es más simple: menos fricciones, menos costos, menos trámites. Entonces el negocio entero -no solo el pago de una licencia- empieza a resolverse desde esa subsidiaria. No es una pavada: el cepo enseña a internacionalizarse. Y una vez que una empresa aprende a operar así, volver es muy difícil. Por eso los USD 3.000 millones que exporta hoy el software argentino, acumulados en años de fricción cambiaria, probablemente sean un piso: hay negocios de exportación enteros que ya no aparecen en las cuentas nacionales, porque se generan con talento argentino pero se facturan, se cobran y se declaran desde otro país.
Menos cepo, más libertad. No como consigna: como diagnóstico. Cada restricción que se agrega no achica la salida de dólares. La traslada afuera del radar. Viva la Libertad, Carajo, pero con Cepo. Es una locura: ¿soy libre o tengo cepo? Algo, como dirían los informáticos, no compila.