"¿Y adónde va a ir? ¿Al cielo o al infierno?", le preguntó Pablo Marti Krenz a Ricardo Barreda en una de sus últimas conversaciones. "Voy de cabeza al infierno", le respondió el múltiple homicida.
El odontólogo, que en el año 1995 asesinó a su esposa, sus dos hijas y su suegra en su casa de la ciudad de La Plata, estaba internado y transitaba la última etapa de su vida cuando mantuvo con el escritor y biógrafo una serie de conversaciones en las que volvió sobre algunos de los capítulos más oscuros de su historia.
Habló del cuádruple femicidio, pero también de sus relaciones extramatrimoniales, de su esposa y sus hijas, de su suegra, de las supuestas brujerías dentro de la casona de La Plata y de lo que ocurrió durante el juicio que terminó con su condena a reclusión perpetua.
Las charlas forman parte del material recopilado por Marti Krenz para "No me olviden", el libro de próxima aparición sobre Barreda, y adquieren ahora otra dimensión a partir del reciente estreno de Barreda, la película protagonizada por Luis Machín que volvió a poner en escena uno de los casos criminales más resonantes de la historia argentina.
Barreda murió el 25 de mayo de 2020, a los 83 años. Casi tres décadas antes, el 15 de noviembre de 1992, asesinó a escopetazos a su esposa, Gladys McDonald; sus hijas Cecilia y Adriana; y su suegra, Elena Arreche, dentro de la casa familiar de la calle 48 entre 11 y 12 de La Plata.
En un tramo de la conversación, Marti Krenz puso a Barreda frente a la posibilidad imaginaria de empezar nuevamente. Primero le preguntó si se arrepentía, si cambiaría todo y si haría las cosas de otra manera. Luego fue más directo: quiso saber si, de tener la oportunidad de volver a vivir, elegiría nuevamente a su esposa y a sus hijas y evitaría “que pase lo que pasó”.

“Sí, yo creo que sí”, respondió el múltiple homicida.
La respuesta resulta significativa frente al discurso que el odontólogo sostuvo durante buena parte de los años posteriores a los asesinatos, cuando atribuyó a los conflictos y humillaciones que, según aseguraba, sufría dentro de su casa el clima que precedió a la masacre.
En otro tramo, Marti Krenz le preguntó qué era la vida para él. “Algo muy compleja”, contestó Barreda, quien agregó que uno debía tratar de llevarla bien.
Barreda también habló de su vínculo con Elena Arreche, su suegra. Ante la pregunta de si siempre se había llevado mal con ella o si habían existido momentos felices entre ambos, Barreda terminó admitiendo que hubo períodos en los que mantuvieron una buena relación.
Cuando le preguntó sobre sus amoríos, el odontólogo habló de una mujer con la que mantuvo una relación durante un período prolongado y recordó un episodio hasta ahora poco conocido.
Según surge de la charla, la mujer habría quedado embarazada y ese embarazo terminó en un aborto. El escritor buscó ampliar esa información y le preguntó directamente si había tenido un hijo fuera de su matrimonio. Barreda respondió que no. Pero con dudas.
Entre los recuerdos también reapareció uno de los elementos que durante años rodearon el relato de Barreda sobre lo que sucedía dentro de su casa: las supuestas brujerías.
—¿Era verdad que le hacían brujerías, Ricardo? —le preguntó Marti Krenz.
—Sí.
El escritor fue entonces sobre un episodio concreto: la versión según la cual Barreda había encontrado un muñeco pinchado dentro de un placard.
“Sí, señor”, confirmó el odontólogo.
Barreda también habló de la estrategia desplegada durante el proceso judicial. Cuando el biógrafo le preguntó si durante el juicio había contado siempre la verdad o había modificado su relato, respondió: “Siempre”.
La conversación avanzó entonces sobre el orden en que habían ocurrido las cuatro muertes y las indicaciones que habría recibido de sus abogados para presentar una secuencia diferente. Barreda reconoció que aquella cuestión había formado parte de la estrategia de la defensa, aunque ese tramo de las conversaciones sus respuestas son breves y poco claras.
Lógicamente, la muerte también estuvo presente en las conversaciones que Marti Krenz mantuvo con Barreda. En uno de esos intercambios apareció la posibilidad de que, una vez muerto, fuera cremado y sus cenizas terminaran en la cancha de Estudiantes de La Plata, el club del que era fanático. “Eso me gusta”, respondió.
—¿Y adónde va a ir? ¿Al cielo o al infierno?
— Voy de cabeza al infierno.