Cuánto daría por volver a enojarme con Pekerman porque no te puso.
Cuánto daría por volver a criticarte porque alguna estrofa del himno no salía de tu boca.
Cuánto daría por volver a verte terminar segundo en un Mundial, con ese nudo en la garganta que te ahogó a vos... y a millones de argentinos.
Cuánto daría por volver a no creerte cuando dijiste que dejabas la Selección.
Cuánto daría por volver a verte abrazar a los tuyos después de levantar la Copa del Mundo en 2022.
Quisiera volver a todo aquello que te trajo hasta este momento. Porque eso significaría que todavía faltaría mucho para despedirte.
Pero te vas yendo de a poco. De a cuentagotas. O mejor dicho... de a "cuenta goles".
Como el artista que sabe que está viviendo su última gira y despide una canción tras otra, vos nos vas regalando un último gol, un último partido, un último recuerdo.
Y nosotros, sin querer admitirlo, empezamos a aprender la parte más difícil del fútbol: imaginar una Selección sin vos.
Pero como todavía no quiero que te vayas, hago de cuenta que al tiempo le dieron un suplementario eterno.
Entonces me sumerjo en actuaciones que representan el punto justo. El punto exacto. El punto excelso de un futbolista.
Qué atrevidos fuimos. Cuánto nos apurábamos cuando las cosas no salían.
¿Quién querría arrancar un fruto antes de que madure? Nadie. Pero con vos lo hicimos.
No sabíamos que las obras maestras también necesitan tiempo.
Y ahora, mientras saboreamos cada partido, entendemos que ya quedan pocos gajos de este manjar.
Porque así es la vida, Leo.
Muchas veces comprendemos el verdadero valor de las cosas justo cuando empezamos a despedirlas.
Y quizá esa sea la mayor enseñanza que nos dejás: que todo llega cuando está listo... y que nosotros recién aprendimos a disfrutarte cuando vos ya empezás a irte.