En diciembre de 2014, la periodista Nadia Galán llegó hasta el PH del barrio porteño de Belgrano donde Berta “Pochi” André convivía con Ricardo Barreda. No tenía una entrevista pactada. Tocó el timbre y esperó. Del otro lado estaba la mujer que había sido decisiva para que el odontólogo pudiera dejar la cárcel seis años antes.
"Ya salgo", respondió Berta cuando Galán le propuso conversar sobre su relación con Barreda. Pasaron unos minutos hasta que abrió la puerta. "Tardé un poco porque me estaba poniendo linda", se disculpó.
"Pochi", una docente jubilada, era muy coqueta. Tenía 77 años, caminaba algo lento pero esa tarde aceptó sin problemas posar para el fotógrafo Pablo Cuarterolo. Barreda, en cambio, no quiso salir: se asomó por la ventana y enseguida corrió la cortina.
André y Barreda convivían hacía más de seis años, y la Justicia había puesto la mirada en ellos porque un informe psicológico había advertido sobre problemas en el vínculo. El juez Raúl Dalto debía resolver si podían continuar viviendo juntos. Pochi relativizó lo que ocurría puertas adentro. Y eligió tirarse arriba de la granada como otras tantas veces. “No pasan cosas graves entre nosotros, son sólo peleas de convivencia”, le confesó a la periodista.

Sin embargo, a medida que avanzó la conversación dejó una frase que, vista desde el final de la historia, resumía buena parte de lo que había ocurrido entre ellos. “Yo esperaba que cambiara y no cambió nunca, una lástima”, soltó. Barreda fue siempre el mismo.
Berta Carolina André no había llegado a la cárcel buscando a Ricardo Barreda. En 1998 fue a la Unidad 9 de La Plata para visitar a un familiar que estaba detenido allí. Barreda llevaba seis años preso por matar a toda su familia (su esposa, Gladys McDonald; sus hijas Cecilia y Adriana; y su suegra, Elena Arreche), en uno de los casos policiales más estremecedores de la historia argentina. Allí se conocieron.
Pochi era docente jubilada y soltera. No tenía hijos. Barreda era uno de los presos más famosos del país junto a criminales como Carlos Eduardo Robledo Puch, Arquìmedes Puccio o Luis "El Gordo" Valor. Había sido condenado a prisión perpetua.
El vínculo comenzó a crecer entre visitas y correspondencia. Berta regresó a verlo. Después volvió otra vez. Durante años, la cárcel fue el escenario de una relación que sobrevivió a los muros, las rejas y la condena que pesaba sobre él.
Hay una foto de aquellos tiempos que los muestra juntos durante una visita en la Unidad 12 de Gorina, el establecimiento de régimen semiabierto al que Barreda fue trasladado para atravesar la última etapa de su detención antes de acceder al arresto domiciliario. Están sentados uno al lado del otro. Para entonces, Pochi ya había tomado una decisión que cambiaría la vida del odontólogo. Y la suya.

En 2006, cuando Barreda tenía 72 años, Berta se presentó ante la Justicia y ofreció su vivienda para que cumpliera allí la condena. No era un detalle menor. Para abandonar el penal necesitaba un lugar donde residir y Pochi puso a disposición el suyo: un PH de la calle Vidal al 2300, en el barrio porteño de Belgrano.
El 23 de mayo de ese año, Barreda dejó la Unidad 12 de Gorina. Habían transcurrido casi 16 años desde la masacre de La Plata y más de una década desde su condena a perpetua. Del penal fue trasladado hasta la casa de la mujer que durante años había ido a visitarlo.
La llegada de Barreda a Belgrano no fue del agrado de los vecinos. Hubo algunas quejas pero con el tiempo desaparecieron. Barreda había dejado atrás su vida de presidiario, pero recién pudo salir a la calle tres años después, a fines de marzo de 2011, cuando la Sala I de la Cámara de Apelaciones de La Plata le otorgó la libertad condicional.
Su primera salida fue a una parrilla del barrio porteño de San Telmo, donde curiosamente se encontraba cenando Bono, el cantante de U2. Los fotógrafos que estaban haciendo guardia para obtener una imagen del artista internacional cambiaron de objetivo identificaron al múltiple homicida.
Días después, salió del PH de Vidal al 2300 acompañado por una mujer que no era su pareja y comenzó a caminar por Belgrano. Llegó hasta Congreso, se detuvo en una parada de la línea 169 y después emprendió el regreso. En el camino ocurrió algo todavía más llamativo: recibió saludos, besos y bocinazos. “Es Barreda, ¿lo viste? Se me puso la piel de gallina”, le comentó una mujer a otra después de reconocerlo.
En el verano de 2013 Barreda y André viajaron a las sierras de Córdoba. Pasaron unos días en Salsipuedes y la presencia de Barreda volvió a atraer a periodistas y curiosos. Berta asumía muchas veces el papel de protectora frente a esa exposición.
El periodista y escritor Rodolfo Palacios, autor del libro Conchita. Ricardo Barreda, el hombre que no amaba a las mujeres, compartió encuentros con la pareja y reconstruyó posteriormente la forma en que el odontólogo trataba a la mujer que lo había recibido en su casa.
Barreda la llamaba “Chochán”. El apodo, según relató Palacios, estaba lejos de ser una expresión afectuosa. Hacía comentarios sobre su cuerpo, lo que comía y también la descalificaba intelectualmente. En alguna ocasión se refirió a ella simplemente como “la gorda”.
La paradoja era difícil de ignorar: la mujer que había sido decisiva para que pudiera abandonar la cárcel se había convertido en objeto de sus burlas y desprecios.
Años después, la propia Berta admitiría parte de aquella dinámica ante Nadia Galán. “Es un buen hombre, pero los años fueron pasando y no recibo un aliento con algo. Hay que hacer mucho trabajo con ese muchacho”, decía.
Cuando le preguntaron directamente si Barreda la maltrataba o alguna vez le había pegado, lo negó, aunque inmediatamente hizo una salvedad: “A veces me insulta, pero yo también puteo, así que no puedo hacer tanta historia”.
Al poco tiempo, la salud de Berta comenzó a deteriorarse. Los profesionales que seguían a Barreda advirtieron problemas en la convivencia y la situación terminó nuevamente en los tribunales.

El propio odontólogo había señalado ante psicólogos que no se llevaba bien con ella y hasta había hablado de problemas neurológicos de su pareja. La Justicia comenzó entonces a preguntarse si era conveniente que ambos continuaran viviendo bajo el mismo techo.
Berta todavía intentaba quitarle dramatismo. “Por el momento no nos vamos a separar; mañana no sé”, dijo en aquella entrevista de diciembre de 2014.
Sin embargo, el final de la relación terminó llegando pocos días después. El 22 de diciembre de 2014, la Justicia revocó la libertad condicional de Barreda y dispuso que volviera a prisión. Los informes incorporados al expediente habían encendido las alarmas sobre la convivencia con Berta y el riesgo que podía implicar mantener aquella situación.
La historia que había comenzado en una cárcel volvía así, de una manera inesperada, al mismo lugar. Pochi ya atravesaba un fuerte deterioro de su salud. Barreda dejó el PH de Belgrano y regresó detrás de las rejas.
Berta André murió el 24 de julio de 2015, a los 78 años. Barreda no fue a despedirla.