Alemania invadió Polonia al amanecer del 1 de septiembre de 1939 y puso en marcha el conflicto más devastador de la historia. El ataque comenzó sin una declaración formal de guerra y estuvo precedido por una operación de propaganda con la que el régimen de Adolf Hitler intentó presentar la ofensiva como una respuesta defensiva.
La noche anterior, miembros de las SS simularon un ataque polaco contra una emisora alemana situada en Gleiwitz. El montaje formaba parte de una serie de provocaciones preparadas por el nazismo para construir la imagen de que Alemania estaba siendo atacada. Horas más tarde, Hitler utilizó esos episodios como argumento público para lanzar la invasión.
Cerca de 1,5 millones de soldados alemanes avanzaron sobre Polonia, acompañados por más de 2.000 tanques y una enorme fuerza aérea. La ofensiva combinó movimientos rápidos de tropas, blindados y bombardeos destinados a quebrar las defensas y aislar a las principales ciudades.
La estrategia quedó posteriormente asociada al concepto de Blitzkrieg, o “guerra relámpago”, aunque la victoria alemana también estuvo determinada por su enorme superioridad material y por la difícil posición estratégica del territorio polaco.
Reino Unido y Francia declararon la guerra a Alemania el 3 de septiembre, en cumplimiento de sus compromisos con Varsovia. Sin embargo, la intervención no logró evitar la derrota polaca.

El escenario empeoró el 17 de septiembre, cuando la Unión Soviética invadió Polonia desde el este. Moscú y Berlín habían firmado semanas antes el pacto Molotov-Ribbentrop, acompañado por un protocolo secreto que establecía el reparto de áreas de influencia en Europa oriental. Polonia quedó así atacada desde dos frentes.
Varsovia resistió bombardeos y ataques de artillería hasta su rendición el 28 de septiembre, mientras las últimas unidades organizadas continuaron combatiendo hasta comienzos de octubre. La desaparición del Estado polaco no significó el final de la resistencia: se organizó un gobierno en el exilio y comenzó a desarrollarse una de las mayores redes clandestinas de la Europa ocupada.
Para la población civil, la invasión marcó el comienzo de seis años de persecución. Alemania anexó regiones occidentales y estableció en el centro del país ocupado el denominado Gobierno General. El régimen nazi ejecutó dirigentes, expulsó comunidades, sometió a miles de personas a trabajos forzados y concentró a la población judía en guetos. Más tarde instaló en el territorio polaco ocupado centros de exterminio que se convertirían en piezas centrales del Holocausto.

La ocupación soviética también estuvo marcada por arrestos, deportaciones y ejecuciones, entre ellas la masacre de oficiales polacos en Katyn. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Polonia había perdido alrededor de seis millones de ciudadanos, aproximadamente la mitad de ellos judíos. Sus fronteras fueron modificadas y el país quedó bajo un gobierno comunista alineado con Moscú.
A 87 años de aquella madrugada, el 1 de septiembre continúa recordando no solo el inicio de la Segunda Guerra Mundial, sino también cómo una agresión preparada con anticipación fue presentada ante la población como un acto de defensa. Lo que comenzó en Polonia terminaría extendiéndose por continentes enteros y dejando decenas de millones de muertos.